No cabe duda que, a lo largo de la historia, lo han intentado muchos, pero la gran mayoría han fracasado, excepto unos cuantos, debido a lo harto difícil que debe resultar. Al respecto, oí en cierta ocasión que, un sujeto, hace unos cincuenta años, se acercó al alto dignatario de un país y le dijo: “Señor presidente: Dígame qué tengo que hacer para inventar una nueva religión.  – Muy fácil hombre: Hágase crucificar y resucite al tercer día”.

Curiosamente, ninguno de los profetas, ni hombres ni mujeres que desfilan a lo largo de las amplias páginas de la Biblia, intentaron algo parecido; ni aún Juan el Bautista se atrevió a cometer semejante felonía. Al contrario, Juan dijo de Jesús que no era digno de desatar las correas de sus zapatos. ¿A qué se debe tanta humildad? Al hecho de que Jesús fue reconocido como el Hijo de Dios, el Mesías anunciado por los profetas, que fue concebido y humanado por una virgen, según el anuncio del ángel. Estaba escrito que sería traicionado por un amigo, que entregaría su vida hasta la muerte en lugar del pecador y que todo el que en Él confiara, sería salvo de la ira que vendrá.

Cristo probó ser quien era. Nadie en la Historia ha hecho ver a los ciegos, andar a los cojos, sanar a los tullidos o levantar de la tumba a los muertos. Nadie nos trajo un mensaje de amor tan grande como Jesús. Nadie nos amó tanto como El nos amó y nos ama hoy. Nadie infunde tanto gozo en el corazón como Él cuando caminamos de Su mano.

¡Te invito a que te cojas a Él!

José Valero Rodero

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