Venid a mi todos los que estais trabajados y cargados


Percepción.
Primero fijémonos en la percepción de Cristo de aquellos a su alrededor. Les vio “trabajados y cargados” y con esto no estaba refiriéndose a los sacos o cestos que Ilevasen encima. El descanso que EI ofrecía y sigue ofreciendo, no era descanso para sus cuerpos sino, según vemos en el verso 29 del mismo evangelio de Mateo, para sus almas y el peso molesto de sus pecados.

En otra ocasión en este mismo evangelio de Mateo 9:36 leemos, que Jesús “al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. La metáfora es diferente, pero la verdad de ellas es la misma. Ambas Escrituras nos dan una percepción clara y un conocimiento profundo de lo que había en el corazón del Salvador.

Las preguntas para los que no creen o les importa poco Jesucristo y su oferta de salvación y descanso para sus almas, serian ¿te sientes tan seguro de ti mismo, y de tu propia suficiencia para rechazar la ayuda que te ofrece el mismo Hijo de Dios? ¿Piensas que al final todo será igual porque con la muerte acaba todo?… Lo que nos asegura la Palabra de Dios no es eso. El apóstol Pablo en su epístola a los Romanos 3:23-24 afirma: “… por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesus”, añadiendo en el capitulo 6:23 de la misma carta: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva (el regalo) de Dios, es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. Tenemos que creer en la Palabra de Dios, la Biblia, pues como el mismo apóstol señala: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores…”; “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos…” (1ª Timoteo 2:5-6). Todo esto, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El” (Evangelio S. Juan 3:16-17). Jesucristo es la provisión de Dios para todo aquel que crea en El, y le acepte como su Salvador. “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4), y habrá un juicio cuando tendremos que comparecer ante Dios y responder por nuestros hechos y nuestras acciones en la tierra.

También hay preguntas para los creyentes en Cristo en general, y para los que predican y presentan el Evangelio en particular. ¿Como vemos a la gente de nuestro alrededor, que Ilenan los supermercados y los centros comerciales? ¿A nuestros amigos y compañeros, Incluidos nuestros hijos y nuestros familiares? ¿Cómo percibimos a nuestros semejantes, nuestro prójimo? Un político ve a la gente como posibles votantes. Un agente de  publicidad los observa como posibles compradores de los productos que anuncie… Lo que somos, hasta cierto punto, determina en nosotros como vemos a los demás; y si somos seguidores de Cristo deberíamos mirar a las personas a través de los ojos del Maestro, el Señor Jesús.

Alguien dijo: “Amo a la humanidad, es a la gente a la que no tolero”. Ante esta afirmación podemos sonreír, pero  ¿no estaremos afectados por el mismo modo de pensar? Solemos estar de acuerdo con grandes proyectos tales como la santidad en nuestras vidas, seguir el cristianismo puro de amor, paz y santidad que nos ofrece Dios en su Palabra Santa, la Gran comisión que dejo Jesucristo de predicar el Evangelio a toda criatura, el medio ambiente, las campañas por mitigar el hambre en los países subdesarrollados, la paz en el mundo, la igualdad entre hombres y mujeres… Pero cuando miramos al pueblo real que a diario se mueve a nuestro alrededor, somos indiferentes a sus necesidades tanto materiales como espirituales. No sentimos responsabilidad por su bienestar eterno, y, para nuestra vergüenza, lo que es peor es que citamos la soberanía de Dios para disculpar nuestra posición y permanecemos insensibles a la compasión y amor que impulsó a Jesucristo “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Evangelio de Lucas 19:10).

El mensaje verdadero del Evangelio que queremos y debemos ofrecer a los que no creen en Jesucristo no es ese. Debemos de ver a nuestros semejantes como el Señor Jesús los vio: “trabajados y cargados” y en desesperada necesidad de salvación.

Invitación. En segundo lugar, notemos que una debida percepción nos Ileva a una adecuada invitación. Jesucristo llama a El a los pecadores trabajados y cargados, y dice: “Venid a mi”. Es importante fijarnos en esta breve frase. Jesús no dice: Id a Pedro, o a Juan o a cualquier otro discípulo, o incluso a su propia madre la bienaventurada virgen María; porque no hay otra forma de que nuestros pecados sean perdonados y nos reconciliemos con Dios Padre, sino es por medio de Jesucristo, quien en el evangelio de S. Juan 14:10, dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mi”. A esto, el apóstol Pablo en su primera carta a Timoteo 2:5 añade: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.

Los cristianos evangélicos solemos invitar a gente a la iglesia, a nuestros cultos, reuniones u otras actividades. Y tal vez, pensando en que “nosotros no somos como los otros…”, busquemos interesarles en nuestra teología, nuestras características, y nuestras diferencias de otras iglesias u organizaciones. Ninguna de estas cosas están necesariamente mal, pero en nuestra proclamación del Evangelio, si no tenemos cuidado, podemos olvidar fácilmente el anunciar que el descanso de nuestras almas que conlleva el perdón de los pecados se encuentra en Jesucristo y solamente en El. “Somos aceptos en el Amado”, pero si no creemos en Cristo Jesús, y no obedecemos su Palabra, de ningún modo podremos ser aceptados por Dios.

En consecuencia, para que los pecadores vengan al conocimiento del Señor Jesús, y no a nosotros, tenemos que anunciar y predicar a Jesucristo y a este crucificado (1ª Corintios 1:23 y 2:2). Esta fue la invitación de Jesucristo, y debe de ser la nuestra.

Expectativas. A aquellos que aceptan su invitación, Cristo les anticipa lo que pueden esperar. Llevarán su “yugo”. Es de notar que como primera opción no les ofrece paz y después la opción de ser sus compañeros de yugo. Leamos con cuidado los versículos siguientes a la referida invitación, y veremos que el descanso del alma en Jesucristo es la consecuencia de Ilevar su yugo. “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazon; y hallareis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29-30).

Un creyente fiel que exponga y comente el Evangelio, explicara que la salvación en Cristo conlleva estar unido a El por su yugo. Pero como el mismo Señor Jesús nos dice: “…mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Estaremos crucificados con El por el caprichoso y obstinado pecado, que nos hace deambular por la vida sin ninguna esperanza para una gozosa vida eterna en la presencia de Dios. Pero de la crucifixión con Cristo somos resucitados a una novedad de vida, y como consecuencia nos rendimos a Jesucristo como instrumentos de justicia. En su epístola a los Romanos capitulo 6 el apóstol Pablo explica maravillosamente todo esto, diciendo en el versículo 6 “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

Donde quiera que el Señor nos dirija los creyentes iremos, porque estamos unidos a EI. Su paz será nuestra paz, su amor será nuestro amor, su propósito también será el nuestro, y seremos guiados por la voluntad y el Espíritu de Cristo en lugar de la sabiduría de este mundo.

La recompensa de seguir a Cristo es incalculable: Salvacion, vida eterna y gozo inefable, “hallaremos gozo para nuestras almas”. Para los que no han aceptado la invitación de ir Cristo, no dudes y ven a EI, porque Jesús dice: “… al que a mí viene no le echo fuera”. Esto es una promesa de Dios, y sus promesas son siempre fieles y verdaderas.

 

Marcos Román Chaparro

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