Es peculiar el hecho de que cada mes de diciembre se celebra un evento sucedido hace dos mil años. La Biblia dice que ‘cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a Su Hijo…’, (Gálatas, capítulo 4, versículo 4). La llegada de Jesús a nuestro mundo ya había sido profetizada por hombres de Dios desde los tiempos más remotos. Es más, en el mismo momento en que el hombre en el huerto del Edén tomó la terrible decisión de desobedecer a Dios, en ese mismo momento, Dios, que es justo pero a la vez misericordioso, prometió que enviaría  un Salvador para hacer posible una nueva relación espiritual del hombre con Dios.
Desde entonces muchos hombres y mujeres que amaban a Dios esperaban ver cumplida esta promesa. Sin embargo los años pasaban y las generaciones se iban sucediendo, pero el Enviado de Dios seguía sin venir. Algunos perdieron la esperanza, pretendiendo que Dios les había olvidado. Otros, que sí ‘…fueron aprobados por su fe…’ , sin embargo, no llegaron a ver ‘… el cumplimiento de la promesa.’ (Hebreos, capítulo 11, versículo 39),  no llegaron a ver al Prometido por Dios.
No obstante, en su momento y, no antes ni después, Jesucristo vino a este mundo. Y precisamente esto fue lo que ocurrió en un pequeña aldea llamada Belén, dos mil años atrás: JESÚS NACIÓ. Pero… ¿para qué nació Jesús? ¿cuál era su misión? ¿cuál era el propósito de su llegada a este mundo? Hacer posible el reencuentro del hombre con Dios Padre. La Palabra de Dios declara que ‘… todos hemos pecado y no tenemos derecho a gozar de la gloria de Dios’ (Romanos, capítulo 3, versículo 23). Todo ser humano se ha separado de Dios a causa de su pecado y desobediencia, y por mucho que lo intente y por mucho que lo desee, nada puede hacer para alcanzar la salvación de Dios. Nadie, ni hombre, ni mujer, es capaz de satisfacer la santidad de Dios, ya que nada que no sea totalmente perfecto y puro puede presentarse delante de Dios.
Es por ello, que Dios mismo decidió poner una solución al problema del hombre. ‘Dios, …, nos demostró su amor al enviar a Cristo a morir por nosotros, aun cuando éramos pecadores’ (Romanos, capítulo 5, versículo 8). ‘Porque el salario del pecado es la muerte, mientras que el don (regalo) de Dios es la vida eterna por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos, capítulo 6, versículo 23). Cristo murió por nosotros, pagando por nuestras maldades. Y a cambio nos ofrece, gratuitamente, vida eterna. El único requisito para disfrutar de esta vida eterna es, no el hacer algo, sino creer que Jesucristo es Dios y, que sólo en Él hay salvación: ‘… a quienes le recibieron y creyeron en Él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios’ (Juan, capítulo 1, versículo 12), arrepintiéndose y dejando atrás la vida que desagrada a Dios. Jesús mismo dijo: ‘Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre si no es por mí’ (Juan, capítulo 14, versículo 6).
El nacimiento de Jesús no era un fin en sí mismo. Era parte de un plan, plan que perseguía y aún hoy persigue acercar al hombre a Dios a través de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. La historia de la navidad comenzó en Belén, pero termina unos 30 años más tarde, en una cruz y más aún, tres días después, en una tumba vacía.
Desde estas líneas te invitamos a que pienses en esto y que más allá de la celebración y todas sus implicaciones, medites en Aquel que nació, vivió, murió y resucitó para darte gratuitamente la oportunidad de acercarte libremente a Dios y disfrutar de la vida que Él te ofrece.

 

¡¡¡ FELIZ NAVIDAD !!!

Elisabeth Ramos Enrique

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