Hace unas días estuve con mi esposa en un centro comercial. Nada más entrar nos encontramos con un dispensador de gel hidroalcohólico para las manos y una alfombra en la que limpiar nuestros zapatos. No solo eso, sino que también en cada una de la tiendas a las que entrábamos dentro de dicho centro había un dispensador de gel. Continuamente nos estábamos limpiando las manos. Pudimos observar que todas las personas llevaban su mascarilla y se “guardaba” la distancia de seguridad. Podríamos decir que nos encontrábamos en un lugar seguro. La misma sensación percibimos cuando tuvimos que ir recientemente al aeropuerto para realizar un viaje. El ambiente que se respiraba nos transmitía la sensación de que nos hallábamos en un lugar seguro. Esto mismo es lo que también se les está comunicando a los padres, que sus hijos están en un lugar seguro cuando van a su lugar de estudios. De igual manera, cuando hemos de tomar el autobús, el tren o el metro, se nos dice que no tenemos de qué preocuparnos porque son lugares seguros.

Pero, ¿realmente existe un lugar seguro donde estar a salvo del poder mortífero del coronavirus? Si hay algo que hemos podido aprender en estos meses que llevamos de pandemia acerca de este virus es que nadie está a salvo de esta enfermedad. No existe un lugar seguro donde se nos garantice que no vamos a contagiarnos. Realmente tampoco estamos a salvo de poder contraer otras enfermedades, de sufrir accidentes, de perder nuestro trabajo o de que nuestra situación económica empeore aún más, de sufrir un desengaño amoroso o ver que nuestro matrimonio termina en divorcio, o tener que experimentar el dolor por la muerte de un ser amado. Todos quisiéramos poder vivir en un lugar seguro, un lugar donde no exista la tristeza, el llanto, el desengaño, el dolor, la enfermedad, el sufrimiento, la muerte…

Jesús vino a este mundo para ofrecernos un lugar seguro, un lugar al que la Biblia llama el Cielo. Jesús murió en la cruz no solo para mostrarnos el camino que nos lleva a ese lugar, sino que él mismo es ese camino. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre si no es por mí” (Juan 14:6). Muchas personas piensan que hay diferentes formas de llegar al Cielo. Casi se podría aplicar el antiguo refrán que dice que todos los caminos llevan a Roma. Pero eso no es cierto. Jesús dijo: “Yo soy el camino”, es decir, el único camino. La única manera de llegar al Cielo es a través de Jesús. Todos los demás caminos que podamos tomar son, sencillamente, atajos que nos llevarán a la perdición eterna.

En muchas ocasiones me han dicho que nadie puede tener la seguridad de ir al Cielo. Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda a todos aquellos que hemos creído en Cristo Jesús y que le hemos aceptado por fe como nuestro Señor y Salvador, que por creer en él tenemos la certeza de la vida eterna. El apóstol Juan escribió su primera carta precisamente con ese objetivo: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1ª Juan 5:13). Para todos aquellos que hemos puesto nuestra fe en la persona de Jesús, sabemos que después de la muerte física, la vida continua con Cristo en el Cielo, ese lugar seguro que él ha preparado para todos aquellos que han creído en él, ese lugar seguro donde Dios “enjugará toda lágrima … y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor” (Apocalipsis 21:4).

Sí, es posible que mientras vivamos a este lado del Cielo tengamos que experimentar algunos “coronavirus” en nuestra vida. Pero si hemos depositado nuestra fe en Cristo, podremos decir como el apóstol Pablo que “estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 8:38-39).

Benjamín Santana Hernández

 

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