Son muchas las cosas que igualan a todo ser humano: la necesidad de alimento, la estructura corporal, la respiración, la cantidad de horas disponibles cada día, la muerte… En estos tiempos podemos añadir algo más: una pandemia. Una pandemia, que si bien no ha atacado a todos los habitantes del planeta, es raro el lugar al que no hayan llegado sus efectos, tales como el confinamiento, la distancia social, el uso de mascarillas y gel hidroalcohólico,  así como las terribles consecuencias sanitarias, económicas y sociales a las cuales ningún ser humano puede escapar. En estos días, la pandemia nos hace a todos iguales.

Todos por igual, todos, es también la conclusión a la que llega Dios cuando, a través del salmista, mira al ser humano: “[…]; ¡no hay uno solo que haga lo bueno!” (Salmo 14:1). Y es que Dios ha buscado para ver si alguien es diferente a la mayoría y se comporta de una forma opuesta a la del resto: “El Señor mira desde los cielos a toda la raza humana; observa para ver si hay alguien realmente sabio, […]” (Salmo 14:2). Parece que el Señor está buscando a alguien con inteligencia, con sensatez. Pero, ya que está en juego nuestra propia reputación, podríamos pensar: “de eso, de inteligencia y sensatez está el mundo lleno”. No hay más que mirar los grandes logros del ser humano a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, no hay más que mirar, acuciados por la urgencia de nuestros días, el gran discurrir de la mente humana para desarrollar una vacuna que nos inmunice  contra la Covid-19, o para idear toda clase de artilugios que eviten que seamos infectados por el coronavirus. Una vez más es patente que “la necesidad agudiza el ingenio”.

Sin embargo, no es esta la clase de ingenio, inteligencia o sensatez que Dios está buscando en el ser humano. Lo que el Señor quiere encontrar es esa clase de sabiduría que se traduce y se evidencia en un buscarle a Él: “[…], observa para ver si hay alguien realmente sabio, si alguien busca a Dios” (Salmo 14:2). El concepto “sabiduría” en la Palabra de Dios tiene un significado muy diferente del que le damos los seres humanos. En la Biblia el sabio es aquel que busca a Dios y le reconoce como la fuente de la vida y de toda bendición, cuyo caminar es una total y perfecta obediencia a su voluntad. Una completa descripción de lo que Dios ve cuando observa y busca la encontramos en Romanos 1:18-32. Después de inquirir e indagar, este el resultado final del sondeo: “Todos se han desviado, a una se han corrompido; […]” (Salmo 14:3). Y para que no quede ninguna duda, y sin esperanza de otra posible conclusión, añade: “[…]; no hay quien haga el bien, […]” (Salmo 14:3). Pero la tragedia no puede ser mayor cuando finalmente él mismo asevera: “[…], no hay ni siquiera uno.” (Salmo 14:3). Como cuando la leche se agria o algo se vuelve totalmente inservible, que no requiere más que ser desechado por su inutilidad e ineficacia, así ve Dios ve a toda la raza humana, sin excepción, “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). El veredicto de Dios es que todos hemos pecado. Todos somos iguales, exactamente iguales: pecadores.

En estos días la pandemia iguala nuestras vidas. El pecado, la insensatez de no buscar a Dios también iguala nuestras vidas de una forma universal y mucho más dramática. Pero hay una diferencia. Una diferencia que no se desvanecerá, sino que perdurará por la eternidad, cuando ya los virus no confinen al ser humano ni le arrebaten la vida. Esa diferencia la marca una cruz, ya que somos “[…] justificados (declarados justos) gratuitamente por su gracia (favor inmerecido), mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24). A pesar de que, sin excepción, nadie busca a Dios, es Dios el que ha buscado al ser humano para decirle que lo acepta, lo aprueba, lo declara justo si deposita su fe en Jesucristo, su Hijo, el que murió en la cruz en lugar del pecador.  Esto establece una diferencia entre los seres humanos: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.” (Juan 1:12). Este hecho, recibir a Jesucristo, creer en él, confiar en su persona, establece una diferencia que trasciende nuestras circunstancias, nuestro mundo y nuestro tiempo. Por encima de cualquier igualdad o desigualdad entre los seres humanos durante su paso por esta vida, esta diferencia, el hecho de ser hijo de Dios o no serlo, se proyecta hasta la eternidad, un estado donde el tiempo ya no se contará en minutos, ni en días, ni en años, sino que será a perpetuidad, de incomparable horror para aquellos que hayan rechazado a Cristo o de sublime gozo para aquellos que, reconociendo su impotencia para hacer algo bueno, se hayan acogido a la oferta de salvación que Dios les ofrece a través del sacrificio de Cristo en la cruz.

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.”

Elisabeth Ramos

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