Como gotas de agua en un océano

La mayoría de las personas disfrutamos cuando pasamos tiempo en contacto con la naturaleza. Probablemente, en estos días veraniegos, muchos de nosotros hayamos optado por alquilar un alojamiento rural en alguna de las preciosas zonas de montaña de nuestro país. Yo mismo visité la Sierra de Cazorla, en Jaén, recientemente.  No puedo decir más que fue un auténtico deleite para mis sentidos.

Vivimos muy deprisa y apenas dedicamos tiempo para reflexionar. Sin embargo, estar en medio de la naturaleza disfrutando de unos días de descanso, invita a ello. Concretamente venían a mi mente las palabras del Salmo 8,3-4: “Cuando contemplo tus cielos,  obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto: «¿Qué es el hombre, para que pienses en él?   ¿Qué es el ser humano, para que lo tengas en cuenta?»”.

Cuando miro las montañas y los ríos, cuando observo por la noche las estrellas y me doy cuenta de la inmensidad del Universo, veo la tremenda creatividad de Dios al crear todo cuanto existe. No me hace falta depositar una fe ciega en él para llegar a esta conclusión. Para mí es más que obvio y mucho más fácil de creer que la posibilidad de que seamos un mero accidente del azar.

Pero si me reconforta conocer de dónde procedo, aún  esta experiencia es  mayor  al saber que este Dios tan grande, creador de un enorme Universo en medio del cual nuestro planeta es como una gota de agua en un océano, se preocupa por cada uno de nosotros. No somos insignificantes para él, no nos ha dejado abandonados a nuestra suerte. Al contrario, nos tiene en cuenta. Su preocupación ha llegado a tal punto que nos ha visitado haciéndose como uno más de nosotros en la persona de Cristo Jesús. Ha pasado las mismas experiencias que nosotros, sufre con nosotros y se identifica con nuestro dolor.

El profeta Isaías muchos años antes del nacimiento de Jesús, hablando del Mesías, del Cristo que habría de venir, escribe lo siguiente: “Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz,   y gracias a sus heridas fuimos sanados.” (Isaías 53:4-5).

Separarnos de Dios y dejar de reconocerle para seguir nuestros propios caminos, lo que la Biblia denomina como pecado, echó al traste sus planes  para una creación que en un principio era enteramente buena (Génesis 1:31). Consecuencia de ello es todo el dolor que vemos a nuestro alrededor. A través de Cristo tenemos la oportunidad de volvernos a Dios y reconciliarnos con él, para comenzar una nueva andadura de restauración personal de acuerdo a su propósito original para nuestras vidas.

Somos como gotas en medio de un océano, pero de incalculable valor para Dios.

Miguel Ángel Simarro Ruiz

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