Una de las recomendaciones que más hemos estado escuchando en estos últimos tiempos es la expresión distanciamiento social. Para evitar la propagación de la Covid-19 se nos ha pedido que guardemos una distancia de seguridad con las personas que nos rodean. Esto quizá no sea ningún problema en muchos lugares; sin embargo, en otros es muy complicado. Recuerdo una época en la cual me era necesario tomar el metro o el tren con cierta frecuencia. En muchas ocasiones el viaje lo tenía que hacer literalmente pegado a otras personas: como sardinas en lata. Jesús también experimentó algo parecido cuando se veía rodeado de las multitudes que le seguían para oír sus enseñanzas.

En el relato bíblico  de Marcos 5:21-43, se nos dice que cuando Jesús llegó a cierto lugar una gran multitud salió a recibirle, entre los que se encontraba el jefe de la sinagoga, Jairo. Este hombre vino desesperado buscando la ayuda de Jesús, ya que su única hija estaba al borde de la muerte. El Señor, ante la solicitud de este padre, accedió a acompañarle y a ayudarle en su necesidad. Pero cuando se dirigía a la casa de aquella familia no lo hizo solo, sino que una gran cantidad de personas les seguía. De repente, y mientras se dirigía a la casa, fue interrumpido por una inoportuna mujer. Así es como probablemente la vería el padre de la niña y los mismos discípulos de Jesús. Pero para el Señor, donde nosotros vemos una interrupción, él ve una perfecta ocasión para sus planes de restauración y renovación. Es esto lo que vemos en los dos milagros que realiza Jesús en este relato.

Aquella mujer también tenía una necesidad. No estaba al borde de la muerte, como la hija de Jairo, pero su situación le estaba haciendo sufrir desde hacía doce años. Había padecido a nivel físico, pues sufría una enfermedad crónica: a nivel económico, pues había gastado todo su dinero en médicos: y a nivel social, pues su condición la obligaba a mantener una distancia física con los que la rodeaban. Pero esta mujer conocía la reputación de Jesús. Había oído hablar acerca de su poder y compasión por los necesitados, por lo que aprovechó aquella oportunidad. Su fe en Jesús era tal que creyó que el simple hecho de tocar su ropa sería suficiente para ser sanada. Y así ocurrió. Se acercó a Jesús y tocó su manto sin que éste se diera cuenta, siendo completamente curada al instante.

Aunque era mucha la gente que apretujaba a Jesús, sin embargo, él fue consciente del poder sanador que salió de sí mismo. Muchos le tocaban de manera accidental, pero solo una persona le tocó de manera intencional, lo que hizo que Dios manifestase su poder de una forma especial. La mayor parte de las personas que acompañaban a Jesús lo hacían solo por curiosidad, pero la mujer estaba allí por necesidad, buscando la ayuda y la misericordia del Señor. Y Jesús se dio cuenta de ello. Por eso se paró y preguntó: “¿Quién me ha tocado?“. Esta pregunta aparentemente absurda, ya que todos le tocaban, descolocó en un principio a los discípulos. Pero el Señor miraba alrededor para ver quien le había tocado de aquella manera.

Aunque Jesús estaba rodeado de mucha gente, él se preocupaba por cada persona de manera individual. Puede que tú te consideres insignificante e invisible entre tanta gente que te rodea. Pero para Jesús, ni tú ni nadie pasa desapercibido. Más aún, a él le importa lo que tú estas pasando en este momento. Y si alguien le pide su ayuda, él se parará y preguntará: “¿Quién me ha tocado?” Los discípulos, al igual que sucede muchas veces con aquellos que nos llamamos cristianos, no fueron capaces de percibir lo que estaba pasando a su alrededor. Pero Jesús sí es consciente de lo que está sucediendo. Por eso pregunta: ¿Quién me ha tocado? Es decir, ¿quién me ha tocado con la intención de recibir mi ayuda?

Lo cierto es que, cuando la mujer se da cuenta de que ha sido descubierta, decide con temor y temblor dar un paso al frente y confesar lo que había sucedido diciendo toda la verdad (v.33). En aquel momento Jesús le ofrece a la mujer la oportunidad de confesar públicamente su sanación, algo muy necesario, porque como diría el apóstol Pablo: “Con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Ro.10:10).

Una vez que ella confesó toda la verdad, no solamente desapareció su aflicción, sino también su temor. Jesús le dijo: “¡Hija, tu fe te ha sanado! … Vete en paz y queda sana de tu aflicción”. Jesús le dice que ha sido sanada por su fe, no por el hecho de haber tocado el borde de su manto, el cual no tenía ningún poder mágico. Jesús le recuerda a ella, como lo hace también con nosotros, que nadie puede ser salvo por creer en supersticiones o en el poder de imágenes, objetos o cualquier otra cosa. Tanto en aquel momento como ahora, solo es posible la salvación si se deposita la fe en Jesús. Es por eso que ella pudo irse en paz, expresión que no significa solo que podía irse tranquila, sino que hacía referencia a su completa restauración.

Pero cuando el gozo y la paz inundaron a aquella mujer, el profundo dolor llegó para Jairo al escuchar la terrible noticia de que su hija había muerto (v.35). Quizá por un instante pensó que si Jesús se hubiera dado prisa y no se hubiera entretenido con aquella mujer, a lo mejor podría haber llegado a tiempo para salvar a su hija. Pero Jesús, que también había oído la noticia, sin hacer caso de ella, le dijo a aquel padre: “No temas, cree solamente”. Es decir, deja de temer y limítate sólo a confiar en mí.

Jesús le recuerda a Jairo, y a nosotros, que hay solo una manera de enfrentar el temor y la muerte, y es creyendo, confiando en él. El Señor fue a la casa de aquel padre donde se encontraba su hija recién fallecida, y tomándola de la mano le dijo a la niña que se levantara. Enseguida se levantó y comenzó a caminar ante el asombro de sus padres y los propios discípulos que estaban presentes.

Querido [email protected], el mismo Jesús que no rechazó a esta mujer ni a este padre desesperado, sino que estuvo dispuesto a ayudarles en su necesidad, es el mismo que hoy sigue recibiendo a todos aquellos que acudan a él. “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por siempre” (Hebreos 13:8). Quizá sientes vergüenza por tener que hacerlo ahora, en estos momentos en los que estás experimentando el temor, después de haberle rechazado por tanto tiempo … Sin embargo, él sigue con sus brazos abiertos dispuesto a recibirte tal como estás, sin importar en qué condición te encuentres.

El mayor problema del hombre y de la mujer en el día de hoy, no es la COVID-19, ni la falta de trabajo, de salud, o tener que escuchar la dolorosa noticia del fallecimiento de un ser querido… Tu problema, por muy doloroso que este sea no tiene nada que ver con lo terrenal. El mayor problema del ser humano es espiritual, que tiene que ver con lo eternal. Pero la Biblia dice que, “de tal manera amó Dios al mundo, que ofreció a su único Hijo, para que todo aquel que en él cree no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Ese Dios te dice hoy: NO TEMAS, CREE SOLAMENTE.

Benjamín Santana Hernández

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