Una de las palabras que más se aluden en estos tiempos de crisis sanitaria es: cambiar. Básicamente, casi todo ha tenido que cambiar. La forma de trabajo, los protocolos de enseñanza, la vida doméstica, incluso nuestras relaciones sociales han sufrido un cambio debido a las medidas sanitarias para no contagiarnos por el Covid-19.

La verdad es que, los cambios en sí no son malos, siempre y cuando vengan por una buena razón, y tengan un resultado positivo. En este caso, los cambios han sido originados por una tragedia global que ha removido nuestro estado de bienestar y nos ha forzado a reinventar nuevos hábitos de existencia. Estos cambios, en muchos casos solo estéticos, nos han proporcionado una nueva forma de ver la vida y un deseo de cambiar de actitud frente a un futuro incierto.

No es la primera vez que la humanidad ha tenido que adaptarse frente a una crisis que ha atentado contra los mismos fundamentos de la supervivencia. Guerras, revoluciones, crisis economías, crisis sanitarias, etc. Aun así, en todas ellas, las personas tuvieron que cambiar para adaptarse a los nuevos tiempos que se les presentaban por delante. Aprender del pasado para avanzar en el futuro es un buen principio para estos tiempos tan convulsos en los que nos han tocado vivir.

Sin embargo, como dice el dicho, el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra. Bueno, habría que matizar que, el hombre no es un animal y tropezar dos veces en la misma piedra me parece poco realista, más bien, “repetidas veces” quedaría más acorde con nuestra naturaleza. La tozudez humana nos juega malas pasadas porque nos enreda en los mismos errores del pasado y eso nos impide avanzar en el futuro.

El famoso novelista ruso Leo Tolstoy dijo una vez: Todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. Cambiar de hábitos está bien para adaptarse a los nuevos tiempos, pero si no pensamos en cambiar nuestro interior estaremos dando una fina capa de pintura a una fachada que se cae en pedazos y como consecuencia tropezaremos una vez más en la misma piedra.

En cierto sentido, es lo que le pasó al joven rico que se entrevistó con Jesús y encontramos en el Evangelio de Lucas cap. 18: 18-23. Este joven vino a Jesús con inquietudes espirituales dispuesto a cambiar cualquier cosa en su vida, con tal de ir al cielo. Posiblemente, habría oído enseñar a Jesús en otras ocasiones y tenía el convencimiento de que el Maestro le daría la fórmula secreta para entrar en el reino de Dios. Así que, fue directo al grano y le hizo la pregunta del millón: ¿qué haré para heredar la vida eterna?

A primera vista, esta pregunta nos inclina a pensar que este joven estaba dispuesto a todo con tal de alcanzar la meta celestial. Desde su juventud se había esforzado por cumplir los mandamientos, así que, lo único que necesitaba era la contraseña para abrir la puerta del cielo, puesto que según él, el camino más difícil parece que ya lo había recorrido. Sin embargo, Jesús le dice: “Una cosa te falta: vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme”. El siguiente versículo nos relata la reacción de este joven: “Entonces él, oyendo esto, se puso muy triste, porque era muy rico”.

Este joven no se puede decir que fuera una mala persona, era una persona decente y religiosa que intentaba encontrar respuestas a sus inquietudes espirituales. Aun así, Jesús le señaló el problema principal que lo separaba de la vida eterna. Al final, el joven prefirió las riquezas a que su interior fuera cambiado radicalmente por Jesús. Es interesante ver cómo Jesús concluye su respuesta: “…y ven, sígueme”. Evidentemente, vender todas las riquezas y darlas a los pobres no era la formula para entrar en el cielo, sino la demostración de un cambio interno hecho por Jesús en su corazón. Seguir a Jesús suponía un cambio profundo en la manera de ver la vida, en la manera de creer que lo material es pasajero pero lo celestial es eterno.

En este sentido, mucha gente piensa que un futuro mejor depende de los políticos, de los gobiernos, de la economía, etc. Y no cabe duda de que este planteamiento es plausible, pero no es el centro del problema. Mientras el corazón del hombre no cambie, los hábitos externos seguirán tropezando en la misma piedra y abocados al fracaso como lo está un corazón sin Dios. Por tanto, el verdadero cambio no depende tanto del hombre, porque el hombre ha demostrado su incompetencia para cambiarse a sí mismo, sino del poder y la gracia de Dios actuando en los corazones arrepentidos que vienen hacia él y le siguen.

¿Quieres cambiar? El joven rico dijo que no ¿y tú?

José Valero Donado

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