Era un día especial; Jerusalén estaba en fiesta y cientos de personas venían de otros lugares a celebrar La Pascua. Había cantado el gallo hacía poco tiempo, la amargura de Pedro y el cansancio de una noche marcada por la violencia, habían dejado una huella imborrable en la cara de Jesús. Estaba oscuro, sólo el fuego dejaba entrever los rostros de la gente que gritaba y reía, a la vez que injuriaba y resolvía la suerte del reo.  Entretanto, la mente de Jesús recorría sus más de 30 años de existencia, dando buena cuenta del cariño de sus padres, de sus amigos, de sus discípulos.  Ya faltaba poco; sabía que cada paso era un escalón más para cumplir su misión y el embargo de tantas emociones ponían más peso en sus ya débiles espaldas.  Una noche más, sólo una noche y todo habría acabado.

Amaneció; la penumbra de la noche dejó su lugar a una cortina de colores brillantes,  solapando cada centímetro de oscuridad, acariciando cada rastro, cada huella, cada estela. El Sol no apareció como un día más. Desde su nacimiento había sido testigo de muchas historias, unas con finales felices y otras con la tragedia amarga del dolor y del sufrimiento. De manera que, cumpliendo el deber que le encomendó el Creador, apareció el astro, abriendo sus grandes ojos de fuego, para ser testigo una vez más del devenir de un día que cambiaría la historia de la humanidad.

Al primer rayo del día, Jesús miró al cielo observando su creación una vez más, lanzando un ramillete de amor a cada rincón del Universo, imprimiendo una onda de ánimo y de esperanza a una tierra que esperaba ser redimida, ser liberada de un sufrimiento marcado por la tragedia del pecado.  Pero el tiempo pasaba y Pilato reclamaba su presencia para ser juzgado por sus “crímenes”. Después del interrogatorio Pilato hizo algo que marcaría el devenir de los hechos, lo declaró justo y lo condenó a muerte. A partir de ese momento no hubo vuelta atrás. El engranaje profético cumplía paso a paso su itinerario, atando y esclareciendo acontecimientos que el Mesías debía de pasar, obedeciendo a la voluntad de Dios. Jesús moriría en una cruz y resucitaría el tercer día.

Pero el creador del Universo estaba ahora en manos de los hombres. Antes de subir a la cruz, el cuerpo de Jesús fue atormentado y escarnecido. Las mismas manos que él había diseñado, estaban ahora cumpliendo el propósito de un mundo que se revelaba contra Dios y que rechazaba a su Creador.

No hubo consuelo para Jesús. Llevó la cruz, sufrió la hendidura de los clavos desmenuzando sus tejidos y como un vulgar ladrón fue desnudado, clavado en un madero y como un trofeo en un día de fiesta,  presentado a las masas como un espectáculo más. Ni siquiera colgado a varios metros del suelo, fue libre de insultos y de desprecios. Pero aún quedaba una cosa más, un cartel encima de la cabeza declarando la resolución de la causa: Este es Jesús, el Rey de los Judíos.

El tiempo en la cruz se había parado, todo estaba oscuro, la misma respiración daba paso a un esfuerzo incontrolable por seguir viviendo, seguir apreciando incluso la pequeña brizna de aire acariciando el rostro quebrado por el golpe de aquel romano. La misma creación había parado el tiempo y la razón, el Universo contenía la respiración viendo al Santo ponerse en el lugar de los impíos y recibiendo la Ira del Padre, en un ejercicio de amor hacia la humanidad.

Consumado es; esas fueron sus últimas palabras en un día lleno de espanto y de oscuridad, un día marcado por el sufrimiento sin límites del Hijo de Dios, un sufrimiento sólo soportado por el gozo puesto delante de él como diría el autor del libro a los Hebreos. Un día, en sólo un día Cristo consumó lo que en millones de eternidades el hombre habría sido incapaz de hacer. El inmortal murió en un día, para que nosotros vivamos por toda la eternidad. 

En ese día, muy pocos se dieron cuenta que verdaderamente era el Hijo de Dios, el salvador del mundo. Hoy sigue siendo igual que en ese día, millones de personas vuelven a la cruz a contemplar a un Jesús moribundo, lleno de sangre y vituperio. Su rostro agonizante despierta el morbo del momento como el dolor frio de un niño a quien le han quitado su juguete, pero olvida el momento nada más recuperarlo.  No, Jesús no quiere la compasión del hombre, ni la devoción empaquetada en siglas religiosas. Cristo Jesús murió en una cruz para perdonar nuestra maldad, aquella que sirvió para condenar las vidas de los hombres a un infierno sin Dios y sin esperanza alguna.

La salvación de Jesús es el acontecimiento más importante que el Universo ha visto y verá jamás. Ese día tú y yo estábamos en la mente del Redentor, como parte y causa del mayor sacrificio de amor que nadie ha hecho.  A Dios gracias por su inmenso amor, a Dios gracias porque un día Cristo nos salvó.

José Valero Donado

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