El lienzo premiado con el reconocimiento de la prensa mundial y por supuesto de un estipendio nada desdeñable de 10.000 dólares…  consistía en lo siguiente:  Un paisaje de Sudán, una niña pequeña y un buitre.  Quizás si esto hubiera sido simplemente así, incluso podríamos tener sin ningún reparo esta foto en nuestra mesita de noche; a no ser, que la niña estaba falleciendo por la hambruna y el buitre estaba esperando con paciencia recibir su nutritivo alimento.

Según comentaría después Kevin Carter; estuvo más de 20 minutos disparando con su flash para conseguir el momento álgido y con ello, realizar el “cum laude” de su carrera.

La niña; dando el último aliento y cabeceando en tierra sin más sostén que el mismo suelo, pone en bandeja de plata el momento de su destino.  Ella sería protagonista de un papel con brillo, presentado ante un jurado formado por intelectuales, capaces de juzgar si la instantánea que tienen en sus manos recoge o no, todo lo que el fotógrafo quería expresar… y entre decisiones y premios, la pobre niña es enterrada bajo la supervisión de un carroñero, que busca vivir en medio de la muerte.

Kevin Carter no pudo superar esta experiencia y después de recibir el premio, la fama y el reconocimiento mundial… a los dos meses, se quitó la vida.

En mi niñez, cerrábamos los ojos cuando salía algún monstruo en los dibujos animados; hoy en día, un niño de 12 años está harto de matar a monstruos y ver morir a gente en la Playstation o en televisión.   El “corazón” es un músculo que se desarrolla con la práctica de lo que recibe.  Y cada vez, necesitamos cosas más espectaculares para que sintamos “algo” que pueda mover nuestros sentimientos.

En el año 1994 durante 20 minutos, Kevin fue el resultado de la dureza de su corazón, al no dar ni siquiera la mano a una pobre niña que salía de este mundo con la única culpa de haber nacido en país tercermundista.  Hace un mes aprox., en una cadena puntera de televisión, en el horario más concurrido del día, proyectaron una imagen de dos niñas muriendo de hambre, con la “suerte” que una de ellas murió en directo y la otra quedó en agonía.

¿Todo vale?  ¡Qué nos está pasando!    Me aterra pensar el tétrico panorama que dejaremos a nuestros hijos y nietos en los decenios futuros.  El hombre es un ser capaz de permanecer impasible ante el sufrimiento ajeno y lo peor de todo es que es premiado y reconocido por esta sociedad. La impasibilidad ante el sufrimiento, no es algo casual en nuestro ser, sino que es inherente en nuestro ADN espiritual.

La Biblia nos habla de alguien que fue atormentado, apaleado, escupido y al final muerto, colgado en una cruz. Y lo mismo que la niña de Kevin Carter,  este personaje también murió solo, incluso abandonado por sus mejores amigos.  Me refiero a Jesús de Nazaret.

Hace algo más de 2.000 años Jesús murió en una cruz y muchos sigue mirando a esa cruz, impasibles, sin inmutarse y sin reaccionar.  Los Cristos colgados en las iglesias y en los pasos de Semana Santa, inmortalizan el designio de la maldad del hombre, porque las lágrimas que puedan derramar ante estas figuras, son secadas con la misma realidad de su pecado, si este no ha sido perdonado por Dios.

Estamos equivocados si creemos que debemos sentir lastima por Cristo, más bien; como diría el mismo Jesús en el vía crucis a esas mujeres: “no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas”.   Quien se está muriendo no es Jesús, sino el hombre.  La epístola a los Romanos nos dice que el hombre está “muerto en sus delitos y pecados”, por tanto; nosotros somos como esa niña abandonada a su suerte, esperando la muerte eterna.

Pero en este caso la historia es bien distinta; Jesús tuvo compasión de ti y de mí al no dejarnos abandonados, a merced de nuestro nefasto destino. La muerte del Salvador es el precio que Cristo pagó, para que no muramos ante la eterna soledad de la separación de Dios.  Jesús no fue, ni es impasible ante el cruel destino del hombre, aunque el mismo hombre permanece impasible ante su cruel destino sin Dios.

Dios, por medio de la muerte de Jesús, nos brinda su mano para salvarnos.  ¿Te quedarás también impasible ante tal ofrecimiento?

Pepe Valero  Donado

 

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