Desde que Nietzsche anunciara  “La muerte de Dios”, muchos se han creído liberados de ese “dictador” que al fin de todo les pediría cuentas, sintiéndose así mismo libertos de ser coaccionados en sus maneras de actuar en la vida y andar sin restricciones.

Pero, ¿qué sentido tiene pronunciar unas palabras sin el rigor de una base que científicamente lo pruebe? ¡Ninguno! Pronunciar que “Dios ha muerto”, no tiene nada de objetivo. Viene a ser como aquél que se pone a relatar el cuento de “Los tres cerditos”, y a buen seguro que, si el cuentacuentos es bueno, no van a faltar personas chicas y grandes que se sugestionen con facilidad, porque era eso lo que esperaban oír. El hombre de nuestra sociedad está predispuesto al ateísmo y, para que un concepto que niegue a Dios sea creído por él, no es necesario romperse la cabeza para dar ejemplos que lo convenzan. De manera que el aserto de Nietzsche, vino a saciar la sed de tantos que, de hecho, esperaban que alguien diera la voz de alarma de la muerte de Dios para alzar las campanas en alto, cavar la tumba y darle sepultura. Pero lo que previamente no había percibido Nietzsche, era que el mundo no puede subsistir sin Dios, y ahora no había ninguno que pudiera substituirlo. Si el mundo se concienciaba de semejante afirmación, vendría la anarquía, la violencia y el caos, y él mismo llegó a convencerse de que el pretendido “remedio” vendría a ser peor que la “enfermedad”.

Ahora, en mi azotea surge una pregunta: ¿Qué es lo que, con tanta fuerza, impele al hombre y a la mujer a negar la existencia de Dios? ¿Por qué defiende su tesis con tanto ahínco? Me reservo la respuesta por amor al espacio. Pero diré que, quien conoce la revelación de Dios en la Biblia y su trato con el hombre, se dará cuenta que Dios ama al hombre más allá de lo que podemos entender con nuestras mentes finitas. Dios no quiere que nadie se pierda sino que todos vengan al conocimiento de la Verdad, que es Él.

El objeto de la venida de Jesucristo a este mundo no era otro que el de cargar sobre sus hombros con los pecados de los hombres, saldar su cuenta ante Dios y librarlos de la perdición eterna. Si bien afirmó el Señor Jesús: “El que en mí cree, será salvo, pero el que no cree, será condenado”. Así lo afirma el mismo apóstol Pablo: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”. Así te invitamos a que descubras al Dios de la Biblia, al Dios verdadero, el Dios que no puede morir.

José Valero Rodero

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