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Existen ciertos países en el mundo, donde está vigente la pena de muerte. Existen distintos tipos de castigos que se imponen a los hombres, desde la  privación de libertad temporal, pudiendo llegar a ser a perpetuidad, a castigos físicos, o sanciones económicas. Pero ninguno llega al límite que establece la pena de muerte, castigo máximo que se puede aplicar a un ser humano, con el propósito de dar fin a la existencia de la vida del condenado. Hemos visto muchas veces por televisión el famoso corredor de la muerte en los Estados Unidos, donde los reos permanecen durante años intentando salvarse, haciendo apelaciones a los tribunales, hasta que al final una inyección letal recorre sus venas, acabando en unos pocos minutos con sus vidas.

Según en el país en el que residas y las garantías que pueda ofrecer su sistema judicial, garantía que en algunos países no existe, se podría apelar a diferentes estamentos judiciales, intentando que la condena se revoque, disminuya la pena, o incluso que se pueda salir en libertad.

Pero en todo esta maraña judicial, diferentes en cada país el mundo, no existe la figura del sustituto, o sea, una persona que pueda cumplir la condena impuesta a otra persona. Como mucho, si la pena es una sanción económica, alguien podría prestar dinero para pagarla. No obstante no pasaría de prestar, regalar dinero a otra persona. Pero nadie puede cumplir la pena de cárcel por otro, y menos morir en lugar de otra persona.

Cuando el ser humano parta de este mundo para rendir cuenta ante Dios, se evidenciará su culpabilidad, quedando patente la condición global de todo hombre: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;  no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.”(Romanos 3:10-12), lo que conlleva a: “por cuanto todos pecaron y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), como consecuencia natural del pecado.

El hombre esta privado de la gloria de Dios, y no tiene los medios para poder cambiar este estado por sí mismo. Estamos condenados, sin posibilidad de que nuestros esfuerzos puedan equilibrar la balanza del peso del pecado que nos asedia. No hay nadie que haga lo bueno, nadie. Por lo tanto todos estamos condenados, con la sentencia ya marcada: el infierno. Trágico el destino del hombre, pero con solución.

Dios permite al hombre cambiar de rumbo. Hay un camino trazado por Él a través de su Hijo Jesús; un camino que el Hijo de Dios encarnado realizó por amor hacia su creación, mostrándonos así su infinita bondad hacia el hombre pecador: Al contrario que sucede en la justicia humana, Jesús va a llevar por nosotros la carga del pecado. Aquí si hay un acto de sustitución, la pena que deberíamos de llevar, ya que no somos justos ninguno, Jesús en la cruz del calvario la va a sufrir. “Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido,  golpeado por Dios, y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeliones,    y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz,    y gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas;    cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él    la iniquidad de todos nosotros. Maltratado y humillado,  ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca. Después de aprehenderlo y juzgarlo, le dieron muerte;  nadie se preocupó de su descendencia. Fue arrancado de la tierra de los vivientes, y golpeado por la transgresión de mi pueblo. Se le asignó un sepulcro con los malvados, y murió entre los malhechores, aunque nunca cometió violencia alguna, ni hubo engaño en su boca.” (Isaías 53:3-9). Que inmenso amor el que Dios nos ofrece, sobre su Hijo recae el peso de nuestro castigo, para que podamos conseguir la paz. Jesús cumple por nosotros el castigo, con lo cual ya no queda deuda, toda la ha pagado Jesús por nosotros. Se ha puesto en nuestro lugar para que la cuenta se quede saldada, y la balanza  equilibrada.

En medio de procesiones y manifestaciones religiosas que el mundo hace en estos días, como si fuese una fiesta, o unos días de vacaciones, o manifestaciones culturales arraigadas en multitud de pueblos del mundo, la cruz de Jesús es mucho más que todo eso, más que una representación teatral. Es amor, bondad, misericordia, nuestra sustitución. Es el poder de Dios manifestado en la resurrección de su Hijo, venciendo a la muerte, para que tengamos vida eterna. “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en el crea, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Nadie en el mundo puede mostrar un amor como este, “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). La amistad que Jesús ofrece, lleva a la vida eterna, ¿quieres ser su amigo…?

Pedro Pablo Simarro Ruiz

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