El Árbol Que Está En El Centro (1ª Parte)

Un esposo que golpea a su esposa; unos niños que se insultan y se pelean; alguien que, en medio de la ira, le clava un cuchillo a su semejante; alguien que entra en un hogar para despojarlo de las pertenencias de sus legítimos dueños; alguien que secuestra, maltrata y abusa de un menor; alguien que se autolesiona; alguien que no cumple con lo prometido; alguien que no habla según verdad;  alguien que defrauda; alguien que guarda rencor; alguien que siente envidia. El mundo entero, nuestro continente, nuestro país, nuestras ciudades están llenos de casos como éstos u otros similares. Nadie puede negar la existencia del mal. Hacerlo sería cerrar neciamente los ojos a la cruda realidad.

Sin embargo, en el principio no fue así. La Palabra de Dios nos revela que Él creó al hombre del polvo de la tierra. Adán fue creado, creado diferente a los animales. Estos fueron creados, sin más. El hombre fue creado a la imagen de Dios, ‘Dijo entonces Dios: hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza, Génesis 1:26′, es decir, con una capacidad mental, moral y espiritual que lo distingue y lo diferencia del reino animal. El hombre fue creado con un sentido de justicia, de belleza, de creatividad, con conciencia de sí mismo, con capacidad para relacionarse espiritualmente con el Dios Creador.

Dios proveyó para Adán de un lugar especial para vivir, lleno de todo tipo de árboles cuyo fruto eran para su sustento y deleite, el Huerto del Edén. Él podía moverse libremente y comer de todo lo que quisiera, con plena libertad. Edén era su casa. Mas había una limitación, porque la libertad siempre ha de tener un límite: no podría tomar alimento del árbol que estaba en medio del Huerto, del árbol del conocimiento del bien y del mal. ¿Por qué? Porque Dios era el Creador, el Dueño, y Él tenía todo el derecho de poner normas a su criatura. Porque el Creador quería que su criatura le amase, como Dios le amaba a ella, y quería que ese amor fuera una elección de Adán, una elección en plena libertad. Y es que el amor a Dios y la obediencia a lo que Él demanda van íntimamente ligados, son dos cuestiones inseparables. Pero han de hacerse en plena libertad, la libertad que tenía Adán para escoger. No iba a necesitar para su sostén del fruto de aquel árbol prohibido pues en Edén había abundancia de toda clase de árboles, hermosos y apetitosos. Mantenerse fiel al mandamiento del Creador no tendría que ser difícil. Todas sus necesidades de alimento estaban satisfechas con el fruto de los demás árboles.

Pero Dios, al crear a Adán en libertad, corrió el riesgo de que éste escogiese desobedecerle. Una posibilidad era que él le obedeciese; la otra posibilidad era la contraria, la desobediencia. Adán y su mujer tuvieron que enfrentarse con el profundo dilema de hacer una elección responsable: confiar en Dios quien era su Creador, su Sustentador, con el cual tenían una comunicación perfecta, o desconfiar de Él y de la Palabra que había pronunciado. Adán y Eva, a través de la tentación de comer del fruto prohibido, se enfrentaron a la mayor y más trascendental cuestión de su vida: confiar en Dios o desconfiar de Él.

Comenzaron las pequeñas inseguridades sobre el amor de Dios hacia ellos. Comenzaron las suspicacias sobre las terribles consecuencias que les sobrevendrían si desatendían las indicaciones de su Creador. Comenzó la terrible seducción de dejar de ocupar el lugar de criaturas para colocarse en el mismo lugar de Dios, el Creador, (Génesis 3:1-5). Y finalmente, en lugar de aferrarse a la Palabra que con toda claridad Dios les había dicho, aunque no lo comprendieran todo, la mujer toma del fruto, come y le ofrece a Adán, el cual también come, (Génesis 3:6). Su elección fue clara, rotunda y evidente: desconfiar de Dios, desconfiar de su amor, desconfiar de su Palabra.

Las trágicas consecuencias no se hicieron esperar. Ya Dios lo había advertido: el día en que comas de él (del árbol del conocimiento del bien y del mal), tendrás que morir’, Génesis 2:17. Y aunque la muerte física no llegó hasta muchos años más tarde, sí hubo muerte. Porque la muerte es en primer término separación, separación de lo que antes estaba unido. Y el hombre quedó separado de Dios, de aquella perfecta comunión y comunicación que había entre el Creador y su criatura. El hombre desconfió de Dios, se rebeló contra Él y le dio la espalda. Las consecuencias: la soledad del hombre consigo mismo, la alienación, disociado de su propia esencia y propósito; la separación respecto de otros seres humanos, el hombre acusando a la mujer, la mujer acusando a la serpiente, el hombre se convierte en enemigo del hombre; la naturaleza en contra del propio hombre, que ya no producirá abundantemente, sino que su fruto serán espinos y cardos; y la más grave, de la cual derivan todas las demás, la separación de Dios mismo, la fuente de toda vida. Como dijera siglos más tarde el profeta Jeremías: ‘… mi pueblo cambió su Gloria por algo totalmente inútil. …un doble crimen cometió mi pueblo: abandonarme a mí, fuente de agua viva, y excavarse pozos, pozos agrietados, que no retienen agua’, Jeremias 2: 11-13.

Adán y su mujer tomaron una decisión, la decisión de desconfiar de la Palabra que Dios les había dado. Esa decisión les llevó a cometer una acción, la acción de desobedecer a Dios. Esa acción trajo unas consecuencias, consecuencias que perduran hasta el día de hoy a través de los siglos: …el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron’,  Romanos 5:12.

Podría decirse que, aunque no estábamos presencialmente en Edén, por medio de Adán, el representante de toda la raza humana, todos hemos comido del árbol prohibido. Todos hemos decidido la independencia de Dios, la fuente de Vida. Y lejos de la vida no hay más que muerte. Todos decidimos cada día llevar a cabo esas acciones que acarrean, vez tras vez, la misma consecuencia: la separación, la muerte.

‘Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo’, Efesios 2:4,5. Dios amaba a su criatura aun en el momento de la rebelión. Y de tal  manera esto es así que, cuando allí en Edén Dios declara cuáles serán específicamente las consecuencias de haberle abandonado a Él, la Vida, al mismo tiempo proclama la llegada de Alguien que vencerá  para siempre al pecado y a la muerte. A su debido tiempo Dios envió a Su Hijo para que tomara sobre Sí mismo el pecado y la culpa del ser humano y pagara por ello con su muerte en la cruz en sustitución de todo aquel que en Él crea, que crea sin desconfiar de su Palabra y de sus promesas, ‘Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna’, Juan 3:16. El hombre se rebeló contra Dios, pero Dios le sigue ofreciendo al hombre la oportunidad de que aquella antigua amistad del Creador con su criatura sea restablecida a través de la fe en Jesucristo, su Hijo amado. Todo lo que el pecado ha separado y ha roto es restaurado y hecho nuevo por medio de Cristo Jesús, ‘De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas’, 2ª Corintios 5:17.

Elisabeth Ramos

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