¡ SER O NO SER…! pero… ¿ÉSA ES realmente LA CUESTIÓN?

¡Ser o no ser, ésa es la cuestión!  Es posible que alguna vez hayamos mencionado estas palabras sin saber, o quizás sabiendo que son parte de la ‘La Tragedia de Hamlet’ del dramaturgo inglés William Shakespeare. ¡Ser o no ser…!  Pero…  ¿ésa es realmente la cuestión?

Podemos reconocer muchas diferencias entre las personas. Diferencias por razón de sexo, por razón de edad, por razón de nivel de educación, del lenguaje, del color de la piel, del nivel económico… y así podríamos continuar hasta agotarnos. Sin embargo, a lo largo de la historia de la humanidad podemos advertir que en el fondo, y a pesar de estas y otras diferencias, el ser humano es básicamente igual en todo lugar y época.

Nos reímos cuando algo nos hace gracia o nos resulta sumamente chocante. Lloramos cuando algo nos entristece o cuando, sin tratarse de algo que produzca aflicción, nos emociona. Nos avergonzamos cuando nuestras debilidades quedan manifiestas a los demás. Nos crecemos cuando son nuestros logros o virtudes las que quedan patentes. No importa cuál sea nuestro lugar de origen, nuestra cultura, la lengua que hablemos, la ropa que vistamos, o el color de piel que tengamos. La realidad es que en lo esencial y más rudimentario de nuestro ser todos somos iguales.

Existe otra gran similitud universal a través de todos los tiempos: el hombre es pecador. El hombre ha fallado, falla y seguirá fallando el código de santidad de Dios, el Creador y Dueño de todo cuanto existe. ‘Puesto que todos pecaron y todos están privados de la gloria divina’, dice el apóstol Pablo en su carta a los Romanos 3:23. Y puesto que todo hombre en todo lugar y en toda época ha pecado, ineludiblemente sufre la consecuencia de su pecado: la muerte. ‘Porque el salario del pecado es la muerte’,  Romanos 6:23.

No hay nada que el hombre pueda hacer para evitar el trágico final. Más tarde o más temprano, toda persona, en todo lugar, habrá de enfrentar esta última batalla. El panorama es funesto y ante la magnitud y trascendencia de este inapelable hecho, no es ‘ser o no ser’ la cuestión, sino otra: CREER o NO CREER.

Jesucristo dijo:‘El que cree en el Hijo no será condenado; en cambio, el que no cree en Él, ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios’, evangelio de Juan 3:18. La única gran diferencia entre los seres humanos que perdurará más allá de esta existencia terrenal no está en las diversidades mencionadas más arriba  o cualquier otra que se pudiera añadir, sino en el hecho de si creyeron o no creyeron en el Hijo de Dios, si depositaron toda su confianza en Él, obedeciéndole y comprometiéndose con Él o por el contrario le rechazaron con incredulidad y desconfianza.

Nada hay que el hombre pueda hacer para acercarse a Dios. ‘…todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento’, Isaías 64:6. Sin embargo, es Dios el que se acerca al hombre, y hace todo lo necesario para obtener nuestra salvación: ‘Cristo se ofreció una sola vez para cargar con los pecados de la humanidad… para salvar a quienes han puesto su esperanza en él’, Hebreos 9:28.  El amor de Dios por el hombre pecador se manifestó en la cruz del Calvario:Tanto amó Dios al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino tenga vida eterna’, evangelio de Juan 3:16.

Podemos tomar una decisión equivocada y sufrir las consecuencias el resto de nuestra vida. Pero al menos sabemos que esa consecuencia tiene un límite: la duración de nuestra vida. Mas la decisión equivocada en lo que a Cristo se refiere, ya tiene sus consecuencias en esta vida, y sin duda, por la eternidad.

 CREER o NO CREER ¡Ésa es la cuestión, la verdadera y más relevante cuestión que existe para todo ser humano!

Elisabeth Ramos

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