¿Por qué buscais entre los muertos?

Los sucesos se habían precipitado en las últimas horas. Jesús es arrestado en la noche, juzgado de forma ilegal, condenado, maltratado y crucificado. Su cuerpo ya sin vida, enterrado. Final del cometido: acabar con la vida de este alborotador de masas, que además de autoproclamarse ‘Hijo de Dios’, nos llama hipócritas y sepulcros blanqueados.

Los que amaban al Maestro, aquellos que le conocían de cerca, que habían aceptado su mensaje y creído en Él, allí estaban, mirando de lejos todos estos acontecimientos, mas sin entender nada. Sobrecogidos por el temor, ven a Jesús, ven al que había sanado a los enfermos y dado vida a los muertos, alzado en una cruz, dirigiéndose de forma ineludible hacia el desenlace final, su propia muerte. Cuántas ilusiones truncadas. Nunca más le servirían, nunca más escucharían sus enseñanzas, nunca más gozarían de su compañía. Se había ido; la muerte se lo había llevado.

No habían sabido escuchar, no habían sabido leer, no habían sabido interpretar. Ya Moisés y los profetas habían anunciado la muerte expiatoria del Mesías. Como escribiera Isaías: “… fue herido por nuestras faltas, triturado por nuestros pecados; aguantó el castigo que nos salva, con sus heridas fuimos curados.” (Isaías 53:5). Jesús mismo, repetidas veces les había dicho que el Hijo del Hombre tenía que sufrir mucho, que sería rechazado, que lo matarían, (Marcos 8:31) y que Él “no había venido para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Marcos 10:45). “Pero ellos no entendieron nada de esto. Y tampoco se atrevían a preguntarle.” (Marcos 9:32). No entendían que al Buen Pastor, nadie le quitaba la vida, sino que Él la daba de su propia voluntad, teniendo poder para darla…, (Juan 10:18).

Con sus esperanzas rotas y un profundo vacío interno, sus seguidores sienten el desamparo de su ausencia. Es ya el tercer día después de su muerte, y ellos, los discípulos, están juntos, pero temen. Las puertas de la estancia donde se encuentran están bien cerradas, (Juan 20:19). Su tristeza y su llanto es evidente, (Marcos 16:10).

Ellas, fieles servidoras de Jesús, con los perfumes preparados, se dirigen a rendir su último homenaje al que tanto bien les había hecho. Será como un adiós para siempre. No se equivocarían de sepulcro. Sabían cuál era. Ellas, con el corazón roto por el dolor, habían estado presentes mientras el cuerpo del Maestro era sepultado, (Mateo 27:61).

Sin embargo, se equivocaron. No se equivocaron de sepulcro, sino que se equivocaron por ir a un sepulcro. Y es que fueron a buscar entre los muertos al que estaba vivo. Jesús ya no estaba allí: HABÍA RESUCITADO.

Ninguno, ni ellos, ni ellas, habían entendido ni a los profetas, ni a Jesús mismo. Y aunque lo habían oído, no lo recordaban. Cada vez que Jesús les había hablado de su muerte, también lo había hecho de su resurrección. Ante la propia tumba de su amigo Lázaro, había dicho de Sí mismo: “Yo soy la resurrección y la vida; y ninguno de los que viven y tiene fe en mí, morirá para siempre.” (Juan 11:25). Le habían oído decir que Él, el Buen Pastor, no solo tenía poder para dar su vida, sino que también tenía poder para volverla a tomar, (Juan 10:18).

Por eso los ángeles tienen que iluminar la mente de aquellas piadosas mujeres: “Recordad que Él os habló de esto cuando aún estaba en Galilea. Ya os dijo entonces que el Hijo del Hombre tenía que ser entregado en manos de pecadores y que iban a crucificarlo, pero que resucitaría al tercer día.” (Lucas 24:6,7).

Entonces sí, entonces ellas recuerdan (Lucas 24:8). Se acaban de dar cuenta de su error, tremendo error: buscaban a Jesús en el lugar equivocado. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado.” (Lucas 24:5).

Qué fácil es buscar a Jesús en el sitio equivocado. Incluso de todo corazón y con toda sinceridad, qué fácil es buscar a Jesús en el lugar en el que no se halla. Y si Jesús no está allí donde se le busca, indudablemente no se le va a encontrar. De ahí la tremenda importancia de saber dónde está. A Jesús no lo podemos encontrar en una tumba. A Jesús, ni siquiera podemos encontrarle en la cruz, aunque la sufrió con toda su crueldad. A Jesús lo encontramos resucitado, sentado al lado de Dios Padre, preparando una morada para todos aquellos que creen en su Nombre y en su promesa, (Juan 14:1-3). Y es precisamente Su Palabra, la Biblia, que da testimonio de Jesús, (Juan 5:39).

Ellas, las piadosas mujeres,

cuando vieron a Jesús

abrazaron sus pies y lo adoraron.

El Maestro había resucitado.

Elisabeth Ramos

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