Cada vez más existe en nuestra sociedad una animadversión contra todo lo que significa la vida humana. Es curioso que, desde las mismas instituciones legislativas, precisamente aquellas que tienen el deber de hacer leyes para proteger al individuo, estén dando un giro en contra de las garantías que salvaguardan los derechos a la misma existencia del ser humano. En la sociedad actual existe un alarmante menosprecio por la vida del hombre y eso se refleja, por ejemplo, en leyes a favor del aborto o la eutanasia.

Según Amnistía Internacional, 1 de cada 4 embarazos en todo el mundo acaba en aborto. Es decir, el 25 % de los embarazos acaban con la vida de un nonato. Concretamente, en España la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) la puede solicitar cualquier mujer que no desee gestar, por el motivo que sea. Según el Ministerio de Sanidad, en nuestro país se atiende una media de 100.000 abortos IVE al año. Estos datos demuestran que la vida, tal y como se concibe hoy en día, es un producto digno de ser manipulado según nuestros intereses personales. Si a esto añadimos leyes a favor de la eutanasia, como el suicidio asistido, etc., podemos hacernos una idea de que el futuro del ser humano no está muy lejos de parecerse a una fábrica de productos de moda, una vez inservibles o con alguna tara se eliminan y listo.

La verdad es que, no es de extrañar que esta corriente de antipatía por la vida sea más popular cada día, sobre todo, cuando el adoctrinamiento impuesto por la sociedad actual atenta sistemáticamente contra instituciones sagradas como el matrimonio o el núcleo familiar diseñado por Dios desde el origen de los tiempos.

Sin embargo, en el epicentro de toda esta cuestión, existe un ámbito espiritual que va más allá de nuestros gustos o modas convencionales. Y es que, la vida no es una creación humana, la cual está sujeta a cambios o movimientos filosóficos, políticos o económicos, sino que es un don inmerecido de Dios, el cual ha dado al ser humano como la máxima expresión de su gracia y amor. Es por lo que, el sexto mandamiento -no matarás- alude al hecho de que el ser humano no tiene derecho para quitar la vida de otra persona o la propia en un ejercicio de juicio personal, sino que el ser humano es a la vez el receptor y la garantía de que este don sea guardado y respetado como el mayor tesoro que Dios ha dado a la humanidad.

Por tanto, decidir qué hacer con una vida nos convierte en “dioses” capaces de dar y quitar la gracia a nuestro antojo. A este mundo le encanta vestirse de juez y girar su dedo hacia abajo en un circo lleno de gladiadores que marchan hacia la muerte sin protección alguna. Quitar la vida a un bebé es la demostración más denigrante que el ser humano puede llegar a hacer para satisfacer su propia egolatría y sus ansias por tener el mismo poder de Dios. Un nonato ahogándose en su propia sangre o partido por la mitad y succionado por un tubo nunca será capaz de dar las gracias a su madre por su corta vida, pero tampoco será capaz de señalar a nadie por lo que acaban de hacer.

Cuando Jesús dijo: “…Yo soy la vida…” Juan 14: 6, al menos, estaba indicando que fuera de él no hay vida, solo existe el olvido eterno y la muerte. Dios no solo concede la vida, sino que intrínsecamente es la vida. Y esa vida no se circunscribe solo al ámbito terrenal sino que tiene implicaciones directas con la eternidad celestial. Es por lo que, quitar la vida a un ser humano es prohibir el derecho a recibir un regalo de Dios, es negar la oportunidad de saborear y amar a Jesús observando su creación y conocer todo lo que él ha hecho por nosotros.

Recuerdo cuando mi esposa estaba embarazada, que sentí una fuerte responsabilidad por aquella personita que estaba dentro de un vientre cada vez más hinchado. Pero, esa responsabilidad iba más allá de la protección propia que un padre debe de dar a sus hijos nada más nacer, temía que el bebé estuviera pidiendo algo que su propio padre no alcanzaba a escuchar. Un día, pensando en este dilema, recordé una canción que cantábamos con los niños en la iglesia, sacada del Salmo 139: 13 “Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre”.

Dios iba formando las entrañas de mi hija a pesar de mis ansiedades y problemas, ¡esto es asombroso! -pensé. Lo que estaba sucediendo en el vientre de mi esposa era demasiado maravilloso como para que mis temores influyeran en la gracia y el regalo que Dios quería ofrecernos. Si Dios estaba tejiendo a mi hija, cómo no iba a estar atento a sus peticiones independientemente de lo que pasaba en el exterior. Él la amaba y la sigue amando infinitamente más que yo y podía estar seguro de que todo estaría bajo su control.

Hoy día, miles de vidas claman a gritos desde lo más profundo de su alma que los dejen vivir. Mientras tanto, Dios va tejiendo sus entrañas, a pesar de aquellos “jueces” que giran sus dedos desde el palco para acabar con sus existencias, sordos a la vida, sordos al milagro de Dios.

Por favor, dejadme vivir.

José Valero Donado

Leave a Reply