“La colada volcánica avanzaba hacia el mar sepultando casas, carreteras, campos de cultivo e invernaderos…”

Esta ha sido la crónica más dura de las últimas semanas. Palabras e imágenes asombrosas que captaban completamente nuestra atención y nuestro interés. Una mezcla inusual entre la belleza y la devastación originadas por un fenómeno natural vivido en directo.

Testimonios desgarradores que hacían brotar nuestras lágrimas, historias humanas que quedaban en nuestra mente mientras solo alcanzábamos a decir: “Pobre gente, lo ha perdido todo”.

Realmente es un fin cruel para toda una vida de lucha por conseguir un hogar, un lugar donde disfrutar de los últimos años de vida con tus seres queridos.

¡Pero no es nada nuevo! La fugacidad de la vida y la mutabilidad de nuestros bienes son una verdad recurrente.

Hubo una vez un hombre muy rico, tan rico, que pensó en construir nuevos graneros para almacenar todo el fruto que había cosechado y todos sus bienes. Después de mucho trabajar, pensó que había llegado el tiempo de descansar y disfrutar… “Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; descansa, come, bebe y regocíjate.”

Pero él también se encontró con un final inesperado, iba a perder todo en un momento, pues la muerte llegaría a su encuentro esa misma noche. No era una mala persona, no había hecho nada incorrecto. Se había esforzado durante su juventud para disfrutar de una buena vejez. Al igual que los habitantes de la isla de La Palma, al igual que cada uno de nosotros… Pasamos nuestros mejores años formándonos, trabajando, esforzándonos en la crianza y educación de nuestros hijos, dando lo mejor de nosotros mismos a nuestra sociedad, cuidando a nuestros seres queridos y anhelando llegar a un buen estatus económico cuando se acercan los sesenta… Pero, ¿quién nos asegura que nuestros planes se cumplirán? ¿Cómo sabemos que no se desvanecerán en un instante? ¿Qué ocurrirá entonces?

El hombre de esta historia fue llamado necio porque su mirada sólo se extendió hacia el horizonte. Confió exclusivamente en aquello que podía ver y alcanzar por sus propias fuerzas. Olvidó que no podemos dibujar, ni siquiera, un boceto de nuestro futuro. Olvidó que también existen los finales tristes.

Cambiar la dirección de nuestra mirada hacia arriba, hacia el cielo, enriquecerá nuestra vida. Nos hará comprender que, aunque no podamos completar nuestro proyecto de vida y aunque no seamos dueños de nuestro futuro, nuestro final no tiene por qué ser triste.

Encontrar al creador de todo cuanto existe, a aquél que nos ha dado la capacidad de aprender, de trabajar y de amar es un proyecto con final feliz. Lo es porque Dios nos ofrece algo que nada ni nadie puede arrebatarnos. Lo es porque nos da una visión más completa de la vida, que nos revela el verdadero valor de las cosas. Lo es porque nos confiere confianza y seguridad en su compañía y ayuda todos los días de nuestra vida, en los de ganancia y en los de pérdida.

Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco, y ellas me siguen. Les doy vida eterna, y nunca perecerán. Nadie puede quitármelas.” Juan 10:28-29

“No se inquieten por lo que van a comer o lo que van a beber. No se preocupen por esas cosas. Esas cosas dominan el pensamiento de los incrédulos en todo el mundo, pero su Padre ya conoce sus necesidades. Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás, y él les dará todo lo que necesiten.” Lucas 12:29-31

Marta López Peralta

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