«El ministro de Interior de Ucrania lo ha dicho claramente hace unos minutos: la guerra ha empezado». «La guerra que Ucrania tanto temía y parte del mundo no quiso creer ha empezado».

Estas son algunas de las noticias que publicaba el periódico El Mundo la mañana del 24 de Febrero. El despertar no podía ser más desalentador. Y como si esto no fuera suficiente, sumada al resto de guerras de nuestro planeta, la amenaza siempre presente, pero ahora más, de un tercer enfrentamiento mundial.

En medio de este escenario, si alguien nos dijera: «Tranquilo, mantén la calma», pensaríamos que precisamente esto es lo más fácil de decir y al mismo tiempo lo más difícil de hacer. Afirmaríamos que quien así habla no está en su cabales. Pero, si quien nos dice: «Tranquilo, mantén la calma», está expuesto a un contexto bélico, bajo amenaza de guerra y además, tiene en su poder información exclusiva e incluso acceso a los más altos niveles de mando, quizá desearíamos escuchar las razones de su consejo.

La amenaza de invasión era inminente y muy real. Dos naciones, una de ellas hermana, Israel, resultado de la división años atrás del pueblo escogido de Dios, y Siria, se habían aliado para conquistar Judá, ante la negativa de ésta de formar coalición con ellas para juntas atacar al resurgente imperio asirio, antes de que su recién entronizado y ambicioso monarca comenzase la conquista de los pueblos de su alrededor. Israel y Siria, viejos enemigos, habían dejado de lado sus diferencias para defenderse del potencial y cercano invasor, y pretendían que Judá se uniera a la fuerza con ellos con ese mismo fin.

Aunque estos hechos ocurrieron en el siglo VIII a.C. parece una crónica contemporánea. Tan solo habría que sustituir nombres antiguos por nombres actuales. El panorama político internacional de aquellos tiempos era extremadamente complicado. Hoy día, más de lo mismo. Las ambiciones y la codicia de los seres humanos y las tácticas para convertirlas en realidad, las mismas ayer y hoy. El impacto en la población en cualquier época, idéntico: miedo. El rey de Judá y su pueblo sintieron temor y sus corazones se estremecieron «[…] lo mismo que los árboles del bosque azotados por el viento.» (Isaías 7:3). En el fondo nada ha cambiado.

La primera decisión del rey de Judá, rechazar la tripartita coalición, fue correcta. Sin embargo, la segunda no lo fue en absoluto. Y es que bien se puede dar un paso firme y seguro, y al siguiente tambalear de tal modo que se produzca una estrepitosa caída. El argumento del rey: aliarse con el más poderoso, Asiria, para así poder deshacerse fácilmente de sus fastidiosos vecinos Israel y Siria. Tenía otra opción, pero no la consideró y si lo hizo, no la estimó suficiente para el problema que tenía entre manos.

Llega entonces el hombre enviado por el más alto mandatario, con información privilegiada dada de primera mano: Isaías, mensajero de Dios, con Palabra de Dios. El profeta se acerca al rey para que recapacite y entre en razón. El rey tiene su confianza en la fuerza humana, y ¿quién mejor que el poderoso imperio asirio? El profeta de Dios le da otra solución que empieza con esta directa, sencilla y, a la vez, extraña proposición dadas las circunstancias: «[…] Ten cuidado y no pierdas la calma. […]» (Isaías 7:4). En momentos de dificultad y angustia, lo más natural es mirar alrededor y ver con qué «arsenal» se cuenta. La solución, pensamos, vendrá del uso estratégico de cosas o personas que puedan aportar ayuda. Y es verdad que la solución en muchas ocasiones viene por esta vía. Pero, para hacer las cosas de forma exitosa es necesario dar otro paso antes: mirar al Dios del cielo, confiar en él y entonces, seguir la estrategia que él marque, conocedor, como lo es, del futuro y de lo que es mejor para cada uno. El rey conocía a Dios y su ley escrita. Conocía cómo su pueblo fue liberado de la esclavitud de Egipto a través de la poderosa mano del Altísimo. Él, como descendiente del rey David, sabía que Dios había prometido el trono para siempre a su linaje. Sin embargo, ahora, acobardado y asustado, pretendía venderse a un imperio con el riesgo de convertir a su pueblo en vasallo, perdiendo así su libertad y la independencia de su gente. Sabiendo del amor y generosidad del Dios todopoderoso que se había comprometido con ellos, prefería un desconocido monarca humano, despiadado y ambicioso.

En estos momentos de conmoción mundial y de grandes dificultades es tiempo de mantener la calma y mirar a Dios. Quizá para unos la estrategia que él marque sea quedarse en medio del conflicto armado. Para otros, irse. Para otros, desprenderse de bienes y tiempo con el fin de paliar las necesidades originadas por la guerra. Muchas otras estrategias pueden escribirse. Pero el primer paso, la primera acción es mirar a Dios y confiar en él. Si no hacemos esto todos, estaremos expuestos a cometer trágicos errores como hizo el rey. Dios le dijo por medio del profeta que Israel y Siria nada podrían hacer contra él y su gente. Pero debía creer. Era una condición innegociable: confiar en la palabra que el profeta le daba de parte de Dios, en definitiva, creer a Dios mismo. Ellos caerán, pero vosotros también si no creéis. «[…] Si vosotros no creyereis, de cierto no permaneceréis.» (Isaías 7:9). Para tener la protección de Dios, el rey debía aprender a creer y a confiar en lo que Dios decía.

Vivimos en un mundo convulso. Guerras y conflictos van y vienen sin que podamos impedirlo. Cada vez la inseguridad es más patente y cotidiana. Los pilares de la sociedad parecen derrumbarse y fácilmente esto nos puede llevar a unirnos a cualquier «aliado» que nos parezca una fácil solución. Cuando termine una guerra, tengamos la seguridad de que no será la última. Necesitamos esperanza. Necesitamos mirar al futuro y tener la seguridad de que habrá un mañana diferente. Ese fue en realidad el mensaje que Isaías, el profeta de Dios con Palabra de Dios, le llevó al rey de Judá. Ese mensaje de esperanza sería una demostración de que sus vecinas Israel y Siria no le iban a invadir. Ese mensaje tenía un nombre: Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Un niño nacería y sus padres, como declaración de la confianza en Dios lo llamarían Emmanuel (Isaías 7:14).

En medio de tanta incertidumbre necesitamos luz y esperanza. Existe una buena noticia en medio de tantas malas: hay luz y hay esperanza. Isaías dice que «[…] una luz ha brillado para los que vivían en tinieblas.» (Isaías 9:2). La razón, «[…] nos ha nacido un niño, Dios nos ha dado un hijo, […].» (Isaías 9:6). Esta profecía se cumplió de forma sublime y absoluta cuando nació un bebé en la pequeña ciudad de Belén, a quien, por instrucción del ángel, se le puso el nombre de «[…] Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» (Mateo 1:21). Por medio de este nacimiento se estaba dando cumplimiento a las palabras entregadas por Isaías tantos años atrás: un niño… Emmanuel… Dios-con-nosotros. De este niño dijo Juan en su evangelio: «La verdadera luz, la que ilumina a toda la humanidad, estaba llegando al mundo.» (Juan 1:9). Jesús dijo de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.» (Juan 8:12).

Difícilmente habrá cambios significativos en nuestro mundo. Tampoco paz duradera. Mientras no cambie el corazón nada cambiará. La mejor opción, la única, es la que no consideró y finalmente rechazó el rey de Judá: ampararse bajo la protección del «Aliado» más fuerte, el que venció al morir en la cruz y resucitó al tercer día, y que nos ofrece su paz y su descanso en medio de las dificultades. Incluso aunque la guerra, en cualquiera de sus formas y dimensiones, llegue a nuestras puertas, aferrémonos a él, a Dios. «¡Mirad a mí y sed salvos todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay otro!» (Isaías 45:22).

Esta es nuestra esperanza para un mañana diferente, sin guerra: Emmanuel, el Príncipe de paz, «reinará sobre todo el mundo y por siempre habrá paz.» (Isaías 9:7).

Elisabeth Ramos

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