Luces… Cámaras… Acción…

 

 

Luces… cámaras… acción…, bien podrían valer estas palabras para dar comienzo a la fiesta de la Navidad, como si fuese el escenario de una gran película o una obra de teatro. Las calles de las ciudades, los centros comerciales, las casas, se llenan de luces de colores, de árboles de navidad, de figuras de renos, de reyes magos, de regalos, todo encaminado a hacernos creer que vivimos una época distinta del año. Evidentemente con unos fines específicos, los comerciantes intentando hacer “el agosto” aunque sea en Diciembre, para que compremos en unos días, lo que no hemos comprado en el resto del año, haciendo actos benéficos, actos solidarios, como si intentásemos arreglar los problemas del mundo en unos días, y no existiesen esos problemas el resto del año.


Si preguntásemos a cualquier persona por la calle el porqué celebramos la Navidad, muchos nos dirían que celebramos el nacimiento de Jesús, y nos podrían hacer referencia a un pesebre con animales y un niño entre ellos junto a su padre y a su madre. ¿Sería entonces esto el motivo realmente de la celebración de esta fiesta?, ¿el nacimiento de un niño…? ¿Y para esto tanto alboroto y tanta fiesta…?

 

Lo cierto es que de cualquier de los hechos que han ocurrido nunca en la humanidad, ninguno tan importante como el que celebramos en la Navidad. La navidad no son luces, ni fiestas, ni regalos, es el hecho más transcendental que pueda haber sucedido para el hombre. Dios ha mandado a su Hijo unigénito a esta tierra, con el fin de preparar un camino de Salvación para la humanidad, un camino no tan festivo como el que parece que celebramos en Navidad, un camino difícil que va a llevar al Hijo de Dios a morir en una cruz y resucitar al tercer día, con el fin de salvar a la humanidad y proveerla de un camino directo a Dios.


Estos si son motivos para celebrar una gran fiesta, la Salvación del hombre a través de Jesús. Todo estaba previsto por Dios “Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz (Isaías 9:6)”, y el nacimiento de Jesús es el cumplimiento de esta promesa.


Por lo cual el celebrar la Navidad no se debería de circunscribir a un espacio temporal determinado, muy al contrario, debería de ser una celebración constante en nuestros corazones a lo largo del año, en agradecimiento a la muestra de amor de Dios en acción con el hombre. “Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre (Juan 1:12)” . Solamente queda rendirnos ante la evidencia de ese amor y aceptar la salvación que nos ofrece, para que entonces la Navidad tenga verdaderamente significado.


Pedro Pablo Simarro

 

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