Como cualquier otro sábado, al no haber colegio, Álvaro dilataba su tiempo de descanso. Pero en esta mañana fría y gris de Diciembre todo era diferente para el pequeño de siete años.

La navidad a veces puede empezar en Agosto. A pesar de ser una familia modesta, los padres de Álvaro habían decidido recompensar el esfuerzo y buen rendimiento escolar de su hijo regalándole la indumentaria del equipo de fútbol de sus sueños. Para ello se dispusieron a ahorrar el dinero necesario sabiendo que para Diciembre podrían comprarle a su pequeño tan deseado presente. Cuando los padres le comunicaron a Álvaro sus propósitos, a pesar de ser verano, para él ya había comenzado su particular navidad.

Pero las cosas no siempre salen del modo esperado. Una imprevista avería en el camión con el que el padre ganaba el sustento para la famila hizo imposible juntar el dinero. Álvaro vio con gran frustación y dolor de corazón cómo en unos segundos todos sus sueños se venían abajo. Hoy su prolongado descanso en la cama solo era para desahogar su desilusión en un mar de lágrimas.

En la iglesia, sentado al lado de su madre, deseaba que aquella reunión donde se celebraba el nacimiento de Jesús acabase pronto. Sin su regalo, él ya no tenía nada que celebrar. Ni siquiera el atractivo de las luces del árbol le cautivó. Y sin embargo y a su pesar, no podía evitar escuchar las palabras del predicador en aquella noche pareciendo que todavía retumbaran en sus oídos: todas las personas son malas.

—Mamá, ¿son malas todas las personas? —preguntó Álvaro en casa.

—Bueno —la madre contestó a su hijo—, todas las personas son pecadoras. Todas hacen cosas que a Dios no le agradan. Entonces, todas las personas son malas porque hacen cosas que a ofenden a Dios.

A Álvaro no le importaba mucho cómo eran las demás personas. Pero una cosa tenía clara: sus padres no eran malos, papá y mamá eran buenos. La madre tuvo que aclararle que eso no era cierto. Ella, al igual que las demás personas hacía cosas que disgustaban profundamente a Dios. Su padre también le confesó que había maldad en su corazón, que él también era malo. Para Álvaro esto fue muy duro, pues nunca había pensado que su bondadosa mamá y su amante y fuerte papá…  fueran malos.

Pero aún quedaba una pregunta por contestar. ¿También él era malo?  La respuesta de sus padres fue a la vez dura y tierna. Álvaro, que nunca se había visto a sí mismo como un niño malo, se dio cuenta de que era igual a todos los demás.

El padre creyó que era una buena oportunidad para hablar con el pequeño.

—Álvaro —le dijo—, cuando Jesús murió en la cruz Él estaba tomando todas las cosas malas que hacemos mamá y yo, y también las que haces tú, y las convirtió en sus propios pecados, como si Él mismo hubiera hecho todas esas cosas horribles. Y al tomar Jesús todo nuestro pecado sobre sí, Dios, que es justo y castiga el pecado, le castigó a Él, a Jesús, a Su Hijo. Por eso Jesús murió en la cruz, porque allí estaba pagando el castigo de lo que tú, mi pequeño niño, haces mal. Jesús murió para que tú no mueras. Jesús murió para que, si tú confías en Él, puedas ser perdonado por todo lo malo que haces. El castigo ya está pagado por Jesús. Solo queda creer en Él.

Álvaro escuchaba atentamente y, aunque no era la primera vez que oía estas palabras, de algún modo hoy le parecían extrañamente nuevas.

—¿Qué es confiar? —preguntó.

—Es como cuando estás en lo alto y yo te digo que te tires porque que te sujeto abajo. Y tú te lanzas porque te fías de mí, porque crees mis palabras.

—Y ¿qué es perdonar? —volvió a inquirir el pequeño—. ¿Es como el otro día cuando mentí a mamá y yo le dije que lo sentía y ella me abrazó y seguimos jugando como si nada hubiera pasado?

—Sí, es eso, cariño —dijo ella—. Y si tú le dices a Dios que lo sientes de verdad, Él te perdona. Ya no tiene que castigarte, porque todo el castigo lo sufrió Jesús en tu lugar en la cruz.

—Fíjate, Álvaro —continuó su padre— Dios tiene un libro en el que se va registrando todo lo que hace cada persona. Cuando una persona cree de verdad en el Señor Jesús, Él borra de ese libro todas las cosas malas que ha hecho y a cambio es como si en su lugar escribiera todas las cosas que ha hecho Jesús.

—Jesús siempre hacía lo bueno, Él nunca hizo nada malo —interrumpió Álvaro, trayendo a la memoria las enseñanzas de historia sagrada.

—Precisamente eso es lo que te quiero decir. En lugar de las cosas malas que hace esa persona, ahora están las cosas buenas y perfectas que hizo Jesús. Y cuando una persona confía en Jesús, desde ese mismo instante Dios ya no la ve como alguien que hace cosas malas, sino que la ve…

—¡Perfecta! —exclamó el niño, como quien acaba de descubrir la solución de un complicado enigma.

—Sí, hijo, eso es. Dios la ve perfecta, como al mismo Señor Jesús.

—Y si yo le pido perdón a Dios, ¿Él me perdonará todo, todo?  —preguntó pasado un buen rato.

—Sí, hijo, Dios te perdonará todo, todo. Y Él ya no te verá malo, sino como a Jesús…

—¡Perfecto! —pronunció el niño con total calma.

La cena había sido un tiempo de fiesta pues el pequeño Álvaro había dicho que deseaba pedir perdón a Dios por todo lo malo que había hecho. De pronto preguntó:

—¿Y para qué nació Jesús?

—Para vivir una vida perfecta y luego morir en la cruz sufriendo el castigo que merecían todos aquellos que confían en Él —contestó su padre.

—Entonces —continuó Álvaro—, ¿la navidad es una fiesta alegre?

—Sí, es una fiesta alegre, porque nos recuerda que aquel Niño de Belén luego moriría para así poder perdonar todos nuestros pecados —respondió de nuevo.

—¿El Señor Jesús es un regalo?

—Sí, el Señor Jesús es un regalo. Es el regalo de Dios a los hombres —dijo la madre.

Las flores comenzaban a adornar el campo de colores. Una tarta de cumpleaños encima de la mesa con ocho velas aún humeantes. Álvaro de pie encima de una silla delante del espejo no dejaba de mirar su nuevo uniforme de fútbol. Estaba encantado con su regalo. Los padres sonreían ante la enorme felicidad del pequeño.

—Mami, ¿sabes cuál es el mejor regalo que he recibido? ¿Sabes cuál? ¿Sabes cuál?

—¿Cuál? ¿Cuál es el mejor regalo que has recibido? —respondió ella con complicidad, sabiendo que la nueva indumentaria de su amado equipo de fútbol sería la respuesta que sus oídos iban a escuchar.

Estirando sus pequeños brazos hasta lo máximo como queriendo abarcar toda la estancia y con una desconocida solemnidad, Álvaro contestó, para emoción de su madre y alegría de su padre:

—Me ha perdonado todo, todo. El mejor regalo que he recibido es… ¡Jesús!

Elisabeth Ramos

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