Una clara exposición del camino hacia la felicidad según Dios nos lo propone, la encontramos en el pasaje de Mateo 5:3-10. Realmente  no hay camino alternativo que pueda satisfacer plenamente al ser humano. Este pasaje, conocido como las bienaventuranzas, es el preludio de un magnífico sermón en el que Jesús sintetizó gran parte de su enseñanza. Allí encontramos una norma superior de vida ética y moral que debe caracterizar a los ciudadanos del reino de los cielos. Jesús nos dice que tales ciudadanos son felices, dichosos, bienaventurados.

Para ser felices necesitamos que nuestras vidas estén en armonía con todos aquellos que nos rodean, con las personas que a diario compartimos nuestra vida. Los conflictos personales, el odio y rencor que generan y la falta de perdón amargan nuestra existencia, impidiendo que podamos ser felices. Jesús, a lo largo de los capítulos 5 al 7 del evangelio de Mateo, trata todas estas problemáticas como algo superable para aquellos que pertenecen al reino de los cielos.

Por eso vayamos al principio, al comienzo de este pasaje, y allí encontraremos la clave para todo lo demás: La clave para ser felices está en pertenecer al reino de los cielos y restaurar todas nuestras relaciones rotas, con Dios en primer lugar y con nuestro prójimo seguidamente. Si podemos entender esto, no estamos lejos de poder dar nuestro primer paso hacia la felicidad: Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece (Mateo 5:3).  Esta es la puerta de entrada al reino de los cielos: la pobreza en espíritu.

¿Qué significa ser pobre en espíritu? Los pobres en espíritu no son personas pobres en el plano material, ni tampoco en el de su personalidad. Se trata de una actitud interna de la persona, en cuanto cómo se ve a sí misma. Pobre en espíritu es aquel que se ve a sí mismo en bancarrota, en quiebra en cuanto a su situación moral y espiritual. Nadie, absolutamente nadie, puede acercarse a Dios, ni pertenecer a su reino si primero no se ve de este modo. Es necesario ser conscientes de que somos deudores de Dios, que hemos procedido mal, que somos pecadores, incapaces de cumplir con las demandas morales que Dios nos exige, y que por tanto nuestra relación con Él está rota.

Pero ¡qué maravilla! Jesús nos dice que los que se ven de tal manera son felices y pueden pertenecer a su reino. No hay nada más que podamos hacer sino el reconocer nuestra incapacidad y venir a sus pies, pidiéndole perdón por todo lo que ha supuesto nuestra vida anterior. No importa  que nos consideremos demasiado  malos, porque en Jesús tenemos el completo perdón de todos nuestros pecados (Isaías 53:5); o que pensemos que no somos tan malos como para necesitar su perdón, porque  aún nuestros “pequeños” pecados nos separan de Dios y también necesitan ser perdonados (Romanos 3:23).

Es necesario dar este paso para comenzar el  camino hacia la felicidad; un camino que nos conduce a la reconciliación con Dios, a formar parte de su reino y a recibir la capacidad para poder restaurar las relaciones rotas con nuestros semejantes.

¿Lo has dado ya?

Miguel Ángel Simarro Ruiz

Mas artículos de esta serie

¿Puedo ser feliz? (I)

Leave a Reply