No obstante, se observa asimismo en el hombre moderno, una inclinación natural a presentar delante de Dios, lo que podríamos denominar “méritos personales”, porque cree que Dios se deja sobornar por pequeñeces.

 


El gran rey babilónico, Nabucodonosor, cuya historia es relatada por el profeta e historiador Daniel, en la Biblia, viene a ser el paradigma quizá más característico del orgullo humano. En un afán desmesurado de reivindicar adoración a su persona, ideó una estatua de más de 30 metros de altura, que instaló en la provincia de Lura, en la mencionada Babilonia. El propósito de su erección no era otro que el de poner a prueba a los chicos y grandes de su reino, y conseguir que de hecho lo considerasen un auténtico dios.

La historia nos cuenta como 3 jóvenes judíos: Sadrac, Mesac y Abed-Nego, se negaron a rendir adoración a la imagen, debido al conocimiento que poseían acerca del Dios verdadero. Naturalmente se expusieron a la pena capital, aunque fueron librados del fuego por intervención divina; en respuesta a la confianza depositada en el Dios que los había creado y los había cuidado a pesar de las vicisitudes por las que habían tenido que pasar. Pero el hombre no cambia.

Queda claro en la propia historia del hombre que, éste, siempre se ha caracterizado por su protagonismo en materia de religión. Si acaso no ha demandado adoración, al menos ha intentado ejercer temor y respeto en el pueblo llano, como se observa en las religiones antiguas. No obstante, se observa asimismo en el hombre moderno, una inclinación natural a presentar delante de Dios, lo que podríamos denominar “méritos personales”, porque cree que Dios se deja sobornar por pequeñeces. Así pues piensa que, por el solo hecho de asistir a un acto o servicio religioso con cierta frecuencia, o en su defecto una vez al año, ya se contraen “derechos” plausibles, para seguir agradando a Dios. El orgullo de creerse ser “algo” ante los semejantes, e incluso intentar parecer ser algo ante Dios mismo, resulta una falacia que raya con lo ridículo.

Según la Biblia, los únicos méritos aceptados por Dios son los de Jesús su Hijo, puesto que Él cumplió perfectamente los mandamientos de Dios; se sometió totalmente a la voluntad del Padre, entregando su vida hasta la última gota de su sangre. ¿Y todo por qué? Todo porque era la única forma de que el transgresor de la Ley pudiera hallar perdón. Sí, porque Él pagó la cuenta de tu pecado y del mío, con su propia vida. Pues está escrito  que en el que cree en Él tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 3:16; Juan 5:24; Juan 8:12). El que “cree” no es el que hace o deja de hacer. La Biblia deja claro que la salvación “no es por obras” aunque el creyente sí ha de probar por medio de sus obras que ha sido salvado.

José Valero Rodero

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