Mucho peor que tener dudas respecto a algún asunto, es tener una falsa seguridad. Creer que se está seguro cuando la realidad indica que no es así, puede acarrear consecuencias fatales.

Este fue el caso de unas personas que en cierto momento conversaban con Jesús. Comentaban acerca de la injusticia que Pilato, gobernador de Judea, había cometido al dar muerte a unos compatriotas mientras sacrificaban en el Templo. Jesús detectó de inmediato la forma de pensar de ellos. Pensaban que los fallecidos tendrían pecados ocultos y por esta razón Dios había permitido su muerte de ese modo. En realidad era el pensamiento que tenían respecto a cualquier persona que muriese por un desastre natural o accidente.

Sin embargo Jesús aclara que esto no era así: “¿Pensáis que esos galileos, por haber sufrido así, eran más pecadores que los demás? ¡Os digo que no! De la misma manera, todos vosotros pereceréis, a menos que os arrepintáis. ¿O pensáis que aquellos dieciocho que fueron aplastados por la torre de Siloé eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? ¡Os digo que no! De la misma manera, todos vosotros pereceréis, a menos que os arrepintáis” (Lucas 13:2-5).

Estas personas vivían bajo una falsa seguridad. Se creían más justos que los fallecidos y que por tanto eran aceptables ante Dios bajo la premisa de sus propios méritos, pero no era así. Jesús les llama la atención hacia la necesidad de arrepentirse. De hecho el arrepentimiento, junto a creer en quién él dijo ser, constituyen desde el principio de su ministerio la base de su predicación (Marcos 1:14-15).

La necesidad de arrepentimiento no era exclusiva de estas personas a las que Jesús se dirige en este caso concreto, sino universal para todo el género humano. Nadie puede albergar la esperanza de llegar a ser aceptable a Dios en base a su forma de vivir, por buena que ésta le pueda parecer. Realmente, aunque sea en diferente grado, todos somos culpables de haber pecado contra Dios. Todos en algún momento hemos mentido, nos hemos dejado llevar por la ira, hemos guardado malas intenciones contra otros, etc.

Todos necesitamos arrepentirnos por la vida que hemos llevado. Necesitamos reconocer que ofendemos a Dios y a nuestros semejantes en muchas ocasiones y de distintas maneras, pedir perdón a Dios por ello y apartarnos de esa manera incorrecta de vivir. En esto consiste el arrepentimiento.

Si hacemos así seremos perdonados y aceptables a los ojos de Dios, gracias a que Cristo ya pagó en la Cruz por nuestros pecados.

¿Te estás jugando tu destino eterno en base a una falsa seguridad? Recuerda que el arrepentimiento y la fe en Cristo Jesús son la llave de entrada al Reino de los cielos.

Miguel Ángel Simarro Ruiz