¿A quien no le gusta que le inviten a una fiesta, a una boda, una celebración, donde todo es alegría y jolgorio, las risas son continuas, no se habla de problemas, sino que se disfruta del momento, pasándoselo bien, dejando todo aquello que nos aqueja a un lado por unas horas? Nos gusta que esté todo planificado de antemano, que el anfitrión, tenga el lugar bien limpio, acondicionado para la ocasión, que cuando lleguemos al lugar de la celebración, haya sitio para todos, que no tengamos que darnos codazos para poder sentarnos, que los alimentos estén ya cocinados y bien preparados, para que se puedan servir puntualmente un plato después de otro, sin que estén fríos.

Si fuésemos nosotros los anfitriones, estaríamos atentos a todos los detalles para que todo esté perfecto y que nuestros invitados estén bien atendidos, ya que han tenido la deferencia de aceptar nuestra invitación, porque anteriormente a la celebración del banquete hemos cursado invitaciones a aquellas personas que queríamos que estuviesen con nosotros. Cuanto tiempo gastado en preparar para que todo este a gusto de los invitados, y ahora está a punto de llegar el momento de la celebración, donde todo el esfuerzo se verá recompensado con la visita de nuestros invitados, y disfrutaremos tanto de los manjares preparados para la ocasión como de la presencia de todos los invitados que han acudido a la cita.

El evangelio de Lucas en su capítulo 14:15-24 nos cuenta una de las parábolas contadas por Jesús dirigida principalmente a la clase religiosa de Israel, los fariseos, donde “Un hombre hizo una gran cena, y convidó a muchos. Y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los convidados: Venid ya está todo preparado” (16-17). Éste hombre ya había provisto todo lo necesario para que sus invitados acudiesen a su cena. Ya todo el trabajo estaba hecho. Solamente quedaba disfrutar de este esfuerzo realizado, solamente faltaban los invitados. Pero cual fue el asombro de este hombre cuando su siervo volvió con una respuesta negativa por parte de aquellos que ya habían sido invitados previamente, y que llegado el momento de la verdad, no quisieron acudir. La verdad que las excusas que ofrecieron no tenían desperdicio “He comprado una hacienda y necesito ir a verla” (18), “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas” (19), “acabo de casarme” (20). Todas estas excusas peregrinas enfadaron al hombre, ya que no tenían base ninguna para dejar de acudir a la invitación, puesto que todas estas cosas se podrían dejar para otro momento, después de haber acudido a la invitación.

Por tanto el hombre toma una nueva decisión y le dice a su siervo “Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos” (21). Tras el resultado de la primera invitación, el hombre tuvo que cambiar ya que todo lo tenía preparado.

Duro mensaje para estos fariseos que estaban escuchando a Jesús. Ellos, el pueblo de Israel, el pueblo escogido por Dios, habían sido invitados a disfrutar del Reino de los Cielos, eran unos privilegiados ya que estaban obteniendo la invitación de primera mano, incluso Jesús el Hijo de Dios estaba entre ellos, pero la estaban declinando, estaban poniendo excusas para no aceptar el amor de Dios expresado a través de Jesús, ese amor que se culminaría en la Cruz donde el salvador del mundo, carga sobre su cuerpo el pecado de la humanidad “Mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros” Romanos 5:8.

Al igual que estos fariseos, conocedores de la ley de Dios en toda su extensión, los cuales escurrieron el bulto a la hora de la invitación, nosotros también tenemos la invitación en la mano. Tú que lees estas palabras en este momento, yo que las estoy escribiendo. La extensión de la invitación del Reino de los Cielos es para toda la humanidad, incluidos, cojos, mancos, ciegos, todos están invitados sin excepción, no hay clases para estar invitado, la humanidad tiene la invitación en su mano.

Pero aunque todos tenemos la invitación, no todo el mundo, al igual que paso en los tiempos de Jesús, quiere aceptar la invitación. El evangelista Juan, testigo en primera persona del paso del Hijo de Dios por este mundo, en su primer capítulo nos dice: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho, pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:9-11). El mundo contemporáneo de Jesús, esgrimió excusas difíciles de asumir, como los invitados a la gran cena. Y hoy, nos presentamos igualmente, con la invitación en la mano, su sacrificio para liberarnos del pecado, y una decisión que tomar, porque el tiempo para tomar la decisión es limitado, limitado al tiempo que vamos a vivir en este mundo y que no sabemos cuánto es. Porque como en la parábola de la cena, acaba con la imposibilidad  de los convidados que rechazaron la invitación de poder cambiar de parecer “porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados, gustará mi cena” (Lucas 14:24). Tras la muerte del ser humano no es posible cambiar de decisión.

Todavía es tiempo de aceptar la invitación, con todos los beneficios que ello conlleva. El aceptar que somos pecadores, que no podemos autojustificarnos delante de Dios por nuestras obras, aceptar que solamente el sacrificio del Hijo de Dios nos puede llevar a la entrada en el Reino de los Cielos, nos permite entrar a formar parte de la familia de Dios “Mas a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). ¿Qué vas a hacer con tu invitación…?

Pedro Pablo Simarro Ruiz

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