Sin lugar a dudas el cristianismo es atacado y denostado por muchas personas a causa del comportamiento y el abuso de autoridad que se ha dado entre algunos de  sus dirigentes a lo largo de los siglos. Éstos, valiéndose de sus cargos, han utilizado falsamente el nombre de Dios en su propio beneficio, cometiendo actos viles de abusos de difícil calificación. Pero, ¿puede ser considerado el cristianismo un fraude a causa de ello?

Personalmente no me sorprende lo más mínimo que hayan habido y aún hoy, tristemente, sigan habiendo personas que se arrogan la autoridad de Dios para sus intereses particulares. Lamentablemente estas cosas han venido ocurriendo así desde que Dios se ha relacionado con el ser humano. Y no me refiero solamente al cristianismo, sino que podemos verlo igualmente en el judaísmo, del cual es su continuación. Las Escrituras sagradas judías, lo que para nosotros es el Antiguo Testamento en nuestras Biblias, apuntaban a la venida del Mesías (traducción hebrea del término Cristo). Pero, ¿qué hicieron con él cuando finalmente vino? Quitárselo de en medio entregándolo a las autoridades romanas bajo falsas acusaciones.

Realmente este hecho tiene mucho que ver con el tema que nos ocupa. Consideremos la siguiente parábola que Jesús dirigió a los líderes espirituales de la nación judía  tan solo unos días antes de su muerte:

Un hombre plantó un viñedo, se lo arrendó a unos labradores y se fue de viaje por largo tiempo. Llegada la cosecha, mandó un siervo a los labradores para que le dieran parte de la cosecha. Pero los labradores lo golpearon y lo despidieron con las manos vacías. Les envió otro siervo, pero también a éste lo golpearon, lo humillaron y lo despidieron con las manos vacías. Entonces envió un tercero, pero aun a éste lo hirieron y lo expulsaron.
Entonces pensó el dueño del viñedo: “¿Qué voy a hacer? Enviaré a mi hijo amado; seguro que a él sí lo respetarán.” Pero cuando lo vieron los labradores, trataron el asunto. “Éste es el heredero —dijeron—. Matémoslo, y la herencia será nuestra.” Así que lo arrojaron fuera del viñedo y lo mataron. ¿Qué les hará el dueño? Volverá, acabará con esos labradores y dará el viñedo a otros. Al oír esto, la gente exclamó: ¡Dios no lo quiera! Mirándolos fijamente, Jesús les dijo: Entonces, ¿qué significa esto que está escrito: “La piedra que desecharon los constructores
ha llegado a ser la piedra angular”? Todo el que caiga sobre esa piedra quedará despedazado, y si ella cae sobre alguien, lo hará polvo.
(Lucas 20:9-18).

Aunque pueda parecer extraño sus contemporáneos entendieron muy bien el significado de esta historia, de modo que en el siguiente versículo, el 19, Lucas nos dice: “En aquella hora, los principales sacerdotes y los escribas procuraban echarle mano, porque comprendieron que contra ellos había dicho esta parábola”. La razón de ello es que este mismo símil fue utilizado por el profeta Isaías varios siglos antes, y sabían bien de qué les estaba hablando. El dueño de la viña es Dios.  La viña representa a su pueblo, en este caso la nación de Israel. Para su cuidado espiritual Dios había designado a un grupo de élite, los sacerdotes. Ellos debían encaminarles por el camino correcto de acuerdo a lo que Dios les había ordenado. Lo que el Antiguo Testamento nos muestra una y otra vez es que ellos no fueron fieles en su cometido. Por esta razón Dios les mandó profetas que les advirtieran de su mal proceder. Estos son los distintos siervos que van para recoger el fruto pero vuelven con las manos vacías después de ser maltratados. Y así fue de hecho. El mensaje que ellos llevaban de parte de Dios resultaba tan impopular que algunos fueron incluso asesinados. Solo nos queda conocer quién es el hijo del dueño de la viña. Éste representa al propio Jesús, el Hijo de Dios. Y lo que Jesús les está diciendo es lo que van a hacer con él en muy pocos días, asesinarlo. De hecho, como ellos no tenían autoridad civil para ejecutarle, pues estaban sometidos a las autoridades romanas, lo que intentaron hacer fue acusarle falsamente de delitos contra Roma, lo que finalmente consiguieron por coacción al gobernador de Judea, Poncio Pilato.

Lo más tremendo que ilustra esta historia es que ellos de cierto sabían quién era Jesús, sabían que era el hijo del dueño de la viña, y voluntariamente actuaron en contra de Dios. Todo esto se hizo en el nombre de Dios por los representantes de Dios. Los líderes espirituales del pueblo asesinaron  al Hijo de Dios.

Y esta es la historia que se sigue sucediendo y repitiendo a lo largo del tiempo. Hombres supuestamente  investidos de la autoridad de Dios cometen las mayores atrocidades en su nombre.

Pero Dios nada tiene nada que ver con ellos, de hecho Jesús mismo pregunta y contesta: “¿Qué les hará el dueño? Volverá, acabará con esos labradores y dará el viñedo a otros”. Y así fue efectivamente como les ocurrió a los judíos: el reino de Dios les fue quitado, el Templo de Jerusalén destruido (símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo) y toda la nación dispersada.

El reino de Dios hoy en día no se encuentra en una localización física. Por más que les pese a muchos tampoco está en ninguna iglesia u organización. Es invisible en un sentido, porque se compone de aquellas personas que voluntariamente han decidido seguir y someterse al Rey, a Jesucristo. No hay otro camino para llegar al Cielo. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6).

Tristemente muchos seguirán intentando administrar lo que no les pertenece para su propio provecho,  y cometerán las mayores atrocidades en el nombre de Dios, pero eso no debe hacernos dudar del verdadero cristianismo, de quién es realmente Jesucristo y lo que ello significa.

Miguel Ángel Simarro

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