El lenguaje hablado, junto a la expresión y gestos que acompañan a este lenguaje, configuran una forma de comunicación que diferencia al ser humano del resto de la creación. El ser humano, tiene la capacidad de emitir sonidos de tal manera que un mensaje puede ser comunicado a otro ser humano y este puede llegar a entender lo que quiere expresar el orador. Esta forma de comunicación oral nos permite socializar como seres humanos, hacer llegar a otras personas nuestros pensamientos, nuestras necesidades, nuestros sentimientos, y ser asimilados por el oyente. Pero cierto es que no todos los seres humanos tienen la misma capacidad de expresarse, y tan siquiera utilizan el mismo lenguaje, ya que existen en el mundo multitud de lenguajes que dificultan las relaciones entre personas de distintos continentes, países, razas.

La capacidad de expresarse muchas veces va asociada al sitio donde se vive, asimilando la cultura del entorno, también a las posibilidades de acceso a la educación, permitiendo que a capacidades iguales haya personas en el mundo que no  hayan desarrollado todo su potencial por falta de recursos. La palabra, en sí, es poderosa, una fuente de expresión donde podemos expresar desde emociones y sentimientos, a transmitir necesidades, dar órdenes. Todo un mundo de relaciones con  el mundo.

Es verdad que a través de la palabra, muchos personajes importantes han dado discursos relevantes, que en muchas ocasiones han quedado para la posteridad, y aun hoy en día son recordados por su transcendencia. Podemos recordar a Martin Luther King, hablando sobre los derechos civiles ante 200.000 personas con la famosa frase “I have a dream”, o Winston Churchill en plena segunda guerra mundial “sangre, esfuerzo, lagrimas y sudor”, donde delante de las cámaras de los Comunes pide el esfuerzo para participar en la guerra. Podríamos estar enunciando muchos más discursos interesantes, como el de Abraham Lincoln, Sócrates, Kennedy, Adolf Hitler, todos ellos con el uso de la palabra como elemento principal de comunicación, palabras que hicieron cambiar a la humanidad, según algunos piensan.

Pero todas estas palabras, aunque puedan parecer grandilocuentes, están circunscritas a una realidad temporal, para un público con unas necesidades concretas, y que quizás nos gusten mucho recordarlas, pero cuyo efecto se irá diluyendo por el efecto del paso del tiempo así como del cambio del publico que las oye.

Pero si hay unas palabras que son capaces de traspasar el paso del tiempo y las circunstancias, palabras que pueden transformar al ser humano, que no tienen nada que ver con los discursos de los que hemos estado hablando, éstas son las palabras de Jesús. Ellas son transformadoras, palabras que pueden hacer al ser humano libre, libre del pecado. Cuando Jesús estaba en la tierra, nos relata el apóstol Juan, que sus palabras admiraban a todos aquellos que las escuchaban. Incluso a aquellos que le perseguían, los fariseos. Los principales sacerdotes habían mandado traer a Jesús a su presencia (Juan 7:45-52), y los mismos fariseos no habían sido capaces de traerlo porque habían sido cautivados con las palabras del hijo de Dios “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46). ¿Qué es lo que habían escuchado estos hombres para hacer una afirmación semejante?, ¿habrían escuchado palabras como estas…? “Porque de tal manera amo Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en el crea tenga vida eterna” (Juan 3:16); “El que cree en el Hijo tiene la vida eterna” (Juan 3:36); “Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mi viene, nunca tendrá hambre, y el que en mi cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35). Las palabras de Jesús son palabras atemporales, palabras que traspasan el alma pecadora del ser humano, palabras que ofrecen perdón y restauración. Palabras que son capaces de llevar al ser humano al arrepentimiento de sus pecados, y ofrecerle la posibilidad de una vida eterna al hombre junto a Dios.

Esto es quizás lo que vieron esos fariseos y alguaciles. Quedaron sorprendidos por el mensaje, aunque ellos ya llevaban los suficientes prejuicios para ni siquiera hacer caso a sus palabras, y permitir que estas no fuesen capaces de transformarles. Pero las palabras de Jesús siguen resonando con fuerza hoy, dando la posibilidad a todo aquel que cree en él,  de poder llegar a ser ciudadano del reino de los cielos.

Jesús dijo: Yo soy la luz del mundo, el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). Así son las palabras de Jesús: con poder, no son palabras humanas grandilocuentes. Los mismos discípulos, seguidores de Jesús nos indican el poder de sus palabras, “Le respondió Simón Pedro: Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68), palabras de vida eterna, palabras que pueden hacer pasar al ser humano de muerte a vida, a vida eterna.

Qué razón tenían aquellos hombres que exclamaron cuando escucharon a Jesús: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! (Juan 7:46)

Pedro Pablo Simarro Ruiz

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