El don o regalo de Dios es inolvidable e incalculablemente precioso. El Dios eterno no era ni ignorante, ni simple ni descaminado cuando envió a este mundo a su Unigénito Hijo Jesucristo para salvar a los hombres.

En Jesús tenemos un don perfecto adaptado y ajustado a las necesidades de una humanidad perdida. El apóstol Pablo en su epístola a los Romanos 5:6-10 menciona algunas conexiones entre el don y los que lo reciben: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por Él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida”.

El rescate. Primeramente Pablo nos dice que somos débiles e impotentes. No tenemos poder en nosotros para hacer el bien, resistir al pecado o buscar la justicia y la rectitud. No podemos restaurar nuestra comunión con Dios ni mantenerla si la hubiésemos restaurado. Estamos más allá, fuera de la ayuda humana. Necesitamos alguien suficientemente fuerte para que actúe en nuestro nombre. Y Jesucristo justamente es tal poderoso libertador y salvador: “El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ninguna”, nos dice el profeta Isaías en el capítulo 40:29 de su libro.

En segundo lugar, por naturaleza somos impíos. Pablo utiliza esta palabra con alguien totalmente perdido y perverso, que no tiene nada que ofrecer a Dios, como éramos todos nosotros antes de conocer a Dios, su amor y su salvación. El ser una persona de esta clase, significa que nunca podríamos dar por supuesto o por sentado el favor de Dios. Porque positivamente fallamos en merecer lo bueno de Dios, no tenemos ningún derecho a sus bendiciones. Como personas impías, necesitamos alguien que nos rescate, necesitamos que alguien muera por nosotros. Ser pagado un rescate. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros (los impíos), en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros”. Somos pecadores. Somos aquellos que no alcanzamos, que no llegamos al blanco u objetivo al que deberíamos aspirar, como es la gloria y el honor de Dios. Este es el destino que raramente consideramos y que con frecuencia despreciamos.

El apóstol Pablo quiere que comprendamos, que tal amor y gracia son mostrados por Dios, quien nos da nada menos a su amado Hijo por nosotros. El mismo Jesucristo lo expresa muy claramente en el evangelio de S. Juan 3:16, afirmando “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”. Por su parte nuestro Señor Jesucristo, cuando aún éramos pecadores, voluntariamente murió por nosotros para asegurar tal bendición.

Finalmente, somos culpables. Esta es la implicación clara del lenguaje que Pablo en Romanos 5:8-9 usa sobre el pecado y la justificación: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por Él seremos salvos de la ira”. Necesitamos ser justificado para ser declarados justos delante de un Dios santo.

Reconciliación. Como pecadores no merecemos otra cosa sino la condenación y sufrir la ira de Dios. No tenemos justicia para nuestra propia defensa, no podemos mostrar disposición o tolerancia. La justicia exige castigo. ¿Y qué satisfacción se puede proporcionar, aparte de la espantosa pero justa sentencia, cayendo sobre la cabeza del pecador culpable?

Más aún, los humanos somos enemigos de Dios. El pecado se ha convertido en una rebelión habitual, produciendo arraigada y establecida aversión y enemistad con el Dios de justicia. Por naturaleza nuestra relación con Dios no es una de neutralidad, sino de guerra. Los humanos impotentemente están furiosos contra Dios, y Dios implacablemente está en contra de toda iniquidad.

Así que, ¿Dónde puede una persona encontrar paz con Dios? Pues en el mismo asombroso amor de Dios. Es difícil comprender que esta reconciliación requiera nada menos que dar a su amado Hijo, nuestro Señor Jesús. Por medio de Jesucristo, el impotente e ineficaz ser humano encuentra un campeón, el impío un sacrificio, los pecadores nueva vida, los culpables justicia y los enemigos reconciliación. El Señor Jesús es el maravilloso don de Dios, precioso y adecuado al carácter, condición y circunstancias de aquellos que él vino a salvar.

La fe. ¿Aceptas el evangelio de Jesucristo cómo el perfecto don de Dios? Una cosa es reconocer la necesidad, pero otra es aceptar el regalo. Dios ofrece a su encarnado Hijo; y nada más es requerido sino poner nuestra vida ahora y en la eternidad con Él, aceptando a Cristo como tu Señor y Salvador quien es la única respuesta a tus necesidades. Nuestro deseo y oración al Señor es que esa sea tu acertada y positiva decisión.

Marcos Román

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