Hace unos días leía en un periódico de tirada nacional una noticia que me sorprendió. Indonesia, un país devastado por la pandemia que estamos sufriendo a nivel mundial, ha impuesto un castigo ejemplar a aquellos negacionistas que rechazan ponerse la mascarilla. El castigo es, cavar las tumbas de aquellos fallecidos por el covid-19.

El negacionismo según la RAE, es: la actitud que consiste en la negación de hechos históricos recientes y muy graves que están generalmente aceptados. Es decir, es negar un hecho real y empírico ante la evidencia histórica y social. Generalmente, los negacionistas optan por creer otras cosas más “confortables” según su ideología e intereses particulares. A sí que, el negacionismo nos puede mostrar, por ejemplo, que el Holocausto no ocurrió o que el cambio climático no tiene nada que ver con la acción humana. Dos ejemplos claros que nos muestran más que una simple negación de los hechos. Detrás de estas posturas, con toda seguridad, hay ideologías racistas e intereses económicos o políticos. Aun así, el negacionismo rechaza la evidencia como primer y último recurso ante la realidad de los hechos.

Si bien esta ideología no es nueva, sino que está intrínseca en el ser humano como una herramienta para evadirse de la realidad, la Biblia nos da buena cuenta de ello. Concretamente, el evangelio de Juan cap. 10: 22-42 nos relata un suceso muy significativo entre los judíos y Jesús. Nos dice el evangelio que era la fiesta de la dedicación del templo y Jesús estaba allí, justo en la entrada. Entonces, unos judíos -con no muy buenas intenciones- le rodearon y empezaron a increparle exigiéndole que le dijeran si era o no el Mesías. Jesús les respondió: “Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho”. Lógicamente, estas palabras no apaciguaron la ira de estas personas y siguieron acusándole, esta vez por blasfemia. Jesús en esta ocasión les respondió: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”. Evidentemente, estas palabras tampoco fueron bien aceptadas y Jesús tuvo que huir de allí.

Es interesante observar que Jesús apela a las obras milagrosas para dar evidencia de una realidad existente. Y es que, los ciegos veían, los paralíticos andaban, los endemoniados volvían a ser libres, incluso los muertos eran resucitados. Jesús demostró por sus obras que él era el Ungido de Dios, el Mesías. Pero ante esta evidencia no le creyeron.

Un día escuché un debate entre un cristiano y un ateo. Una de las conclusiones a la que llegó el ateo fue que, mientras no viera con sus ojos físicos a Jesús no creería. Bien, pues estos judíos aunque no eran ateos, vieron a Jesús y tampoco creyeron. Es más, mucha gente contemporánea a Jesús no creyó en él ni por sus palabras ni por sus obras.

Sin embargo, la evidencia de la vida y obra de Jesús es más que aplastante a través de la historia. Tanto la arqueología, la literatura, la ciencia, etc., revelan este hecho. Además, La Biblia es la misma Palabra de Dios que nos da a conocer su persona y sus propósitos de salvación para con el hombre. Aun así, parece que nada es suficiente y el negacionismo toma posiciones en contra de no creer lo que es evidente.

“Os lo he dicho, y no creéis…”, dijo Jesús. Hoy en día, el Señor nos sigue invitando a creer en él y rechazar un negacionismo que, sin duda, nos llevará a cavar nuestra propia fosa en un intento de evadir la realidad.

José Valero Donado

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