“Creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:24). Éstas fueron las palabras con las que un padre desesperado contesta a Jesús. Había acudido a él para solicitar la liberación de su hijo de un espíritu maligno que le exponía continuamente a situaciones peligrosas para su vida. No recurrió a Jesús con la plena certeza de que tuviera la capacidad de hacerlo: “Si puedes hacer algo”, le dice, “ten misericordia de nosotros y ayúdanos”. Jesús, desde luego, tenía el poder para hacerlo, pero la cuestión que Jesús le expone es si estaba dispuesto o no a depositar su plena confianza en él: “Si puedes creer”, contesta Jesús, “al que cree todo lo es posible”.

Muchas personas se acercan a Jesús como este padre. Cuando ya no saben a dónde recurrir le buscan, pero sin la certeza de si él será capaz de ayudarles y por tanto merecedor de su confianza. Quizás estén deslumbrados por su personaje, por lo que han oído acerca de él, quizás le consideren un gran maestro, se identifiquen con muchos aspectos de su mensaje, o puede que incluso hayan sido testigos de su poder milagroso actuando sobre otras personas, pero en el fondo subsiste en ellos un sustrato de incredulidad. Interesados más en recibir un posible beneficio que en quién lo puede dar, no rechazan a Jesús abiertamente aunque tampoco se identifican plenamente con él.

De todos nuestros problemas, el mayor de ellos es el resolver que pasará con nosotros al final de nuestra vida. Jesús afirmó de manera contundente: “El que cree en mí tiene vida eterna” (Juan 6:47). ¿A qué tipo de creencia se refería Jesús? ¿Basta en dar como cierto que Jesús fue quien dijo ser?

Para contestar a esta pregunta vayamos al evangelio de Juan capítulo 12. Se nos narra allí el colosal milagro de la resurrección de Lázaro, a quién Jesús resucitó cuatro días después de haber fallecido. Se nos describen las diversas reacciones de los testigos de dicha resurrección.  Algunos creyeron y otros no, como sigue pasando en la actualidad ante la muestra de evidencias de cualquier asunto. Curiosamente,  el evangelista Juan señala un tipo especial de personas entre las  que creyeron. El versículo 42 dice: “Sin embargo, hubo muchos que sí creyeron en él—entre ellos algunos líderes judíos—, pero no lo admitían por temor a que los fariseos los expulsaran de la sinagoga, porque amaban más la aprobación humana que la aprobación de Dios.”

¿Sirve de algo una fe en Jesús así? Evidentemente no, porque no puede recibir la aprobación de Dios. La creencia o fe que verdaderamente valora  es aquella que le fue exigida al padre de nuestra historia, la que es capaz de poner su plena confianza en el poder salvador de Jesús y se identifica con él.

¿Con qué actitud te estás acercando a Jesús? ¿Cuál es el tipo de creencia que tienes en él? Si en tu interior hay dudas o incredulidad haz la misma confesión y petición que hizo aquel padre: “Creo; ayuda mi incredulidad”. Él recibió a su hijo sano y salvo y tú puedes recibir al menos la salvación de tu alma y la bendición continua de estar unido a él.

Miguel Ángel Simarro Ruiz

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