La palabra ‘diamante‘, del griego antiguo, significa invencible o inalterable. El diamante se forma a partir de complejas combinaciones de átomos de carbono dando como resultado, a través de un largo proceso, el tan preciado mineral. Son muchas las características físicas del diamante entre las que destaca su dureza. El diamante es uno de los materiales más duros que existen.

¿A quién no le gustaría tener esta joya en su patrimonio? Y más en estos tiempos de tanta incertidumbre económica. La posesión de un solo cristal de este carísimo mineral otorgaría a más de uno la seguridad finaciera tan ansiada en la actualidad.

Dios nos habla en su Palabra acerca de los diamantes. Y lo hace, no para dar información sobre esta gema, sino para referirse al estado del corazón de las personas: ‘Endurecieron como un diamante su corazón…’ (Zacarías 7:12). Esta dureza de corazón se manifiesta en no prestar oído a las palabras de Dios negando una respuesta obediente a las demandas divinas. Y no tenemos más que mirar a nuestro alrededor. Nuestra sociedad se caracteriza por un caos tremendo en todos los órdenes. Interminables e injustas guerras en nombre de la paz, trato inhumano para con los seres humanos, abuso hacia los que carecen de capacidad para defenderse, acumulación dineraria a costa de los que poco o nada tienen, creciente y desbordante delincuencia… La lista sería interminable.

Podemos escuchar las palabras que antaño dijera Dios: ‘Que cada cual se convierta de su mala conducta y mejore su conducta y sus acciones’ (Jeremías 18:11). O esta otra palabra de Dios a través de Zacarías: ‘Juzgad con justicia y equidad, y practicad con vuestros hermanos el amor y la fidelidad. No oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero o al pobre, y no maquinéis en vuestro interior nada malo contra el prójimo’ (Zacarías 7:9,10). Y casi al instante podemos oir la respuesta dada por los hombres: ‘Nada de eso, seguiremos nuestros planes, actuaremos según nuestro perverso y obstinado corazón’ (Jeremías 18:12).

El corazón del hombre se ha endurecido como un diamante al dar la espalda a Dios como si de un feroz enemigo se tratara el cual deseara nuestra destrucción. Y sin embargo, es precisamente ese distanciamiento de Dios el que nos conduce al desastre en todos los ámbitos. ‘… todo el que comete pecado es esclavo del pecado’ (Juan 8:34), dijo Jesús. Creemos ser libres al alejarnos de Dios y de sus mandamientos, y es precisamente esa actitud de rebeldía la que lleva a cada ser humano a la mayor y más esclavizante de las servidumbres.

¿Cuál es la solución? ¿Una mejor educación? ¿Mayor tolerancia? ¿Gobiernos justos? ¿Solidaridad, transparencia y honradez? Todo esto y mucho más es urgente y necesario. Pero el verdadero cambio no puede venir de afuera, de lo exterior, de lo que se ve, de las acciones. El verdadero cambio, el que realmente va a producir una verdadera y permanente transformación viene del interior, del corazón. Pero ese cambio no puede realizarlo el ser humano. Ese cambio solo puede realizarlo Dios mismo. ‘Os arrancaré del cuerpo el corazón de piedra y os daré un corazón de carne’ (Ezequiel 36:26). Esta es la libertad y la vida que Dios otorga a todo aquel que está cansado de ser esclavo y de vivir como esclavo. ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’ (Juan 8:31, 32). Jesús dijo: ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí’ (Juan 14:6).

Jesús le dijo a Nicodemo: ‘…el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios’ (Juan 3:3). Este nuevo nacimiento, este cambio del corazón, esta transformación interior se produce porque Dios da nueva vida a todo aquel que cree que Jesucristo es el Señor y el Salvador, creyendo no solo de forma intelectual, sino depositando toda la confianza en la muerte de Jesús en la cruz, para salvación de todo aquel que cree en Él.

Quizás seas una buena persona e intentas ayudar a los demás y comportarte como un buen ciudadano. O quizás te sientas esclavizado por algún pecado actual o del pasado, o hayas hecho cosas terribles de las que sientes espantosa vergüenza. No importa cuál sea tu condición. Acude tal cual eres a Jesucristo. Él desea darte nueva vida y hacerte libre. Él dijo: ‘…al que a mí viene, no le echo fuera’ (Juan 6:37). ‘Todo el que invoque el nombre del Señor será salvo’ (Romanos 10:13). Millones de personas podemos asegurarte que hemos confiado en Jesucristo, y no hemos sido defraudados. Lee su Palabra y pídele a Dios que se muestre a tu vida. Si haces esto sinceramente con el deseo de encontrar al verdadero Dios, el Dios de la Biblia, Dios cambiará tu corazón de diamante por un corazón de carne. Disfrutarás de vida eterna y perdón total. Confía en Dios.

Elisabeth Ramos

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