Existe un viaje en la vida, el cual sólo será viaje de ida. Es el último y no hay posible retorno. Se trata de ese momento en que nuestra parte inmaterial se separará de nuestra parte material, el cuerpo, cerrando así nuestros ojos a esta nuestra existencia terrestre. Curiosamente, no será necesario preparar ningún equipaje ‘porque nada trajimos al mundo y nada podremos llevarnos de él’ (1ª Timoteo 6:7).

El tiempo en que esto acontecerá no está en manos del ser humano, ya que sólo es Dios quien da la vida y quien decide tomarla de nuevo, porque ‘nadie es dueño de su vida ni es capaz de conservarla; no hay poder sobre la hora de la muerte’ (Eclesiastés 8:8). Es notoria la rapidez con que este instante se acerca, pues ‘nuestros días en esta tierra son como la hierba, como la flor del campo que florece y muere, y que el viento se lleva y desaparece para siempre’ (Salmo 103:15-16).

Para cualquier salida que hagamos durante nuestro caminar en esta tierra, si algo no ha ocurrido como esperábamos, o nos hemos equivocado de destino, o no hemos acertado con el hotel…, siempre es posible el subsanar errores para la siguiente ocasión. En el postrer viaje, por el contrario, esta posibilidad no existe.Y precisamente, por ser el viaje final, es el más importante de todos, ya que si bien, nuestros otros viajes han podido dejar una profunda huella en nuestro ser, este último trasciende el tiempo tal y como lo conocemos y nos abre paso a la eternidad porque ‘… está establecido que todos los seres humanos deben pasar por la muerte una sola vez para ser a continuación juzgados…’ (Hebreos 9:27).

Dos son los únicos destinos de este último periplo: vivir por la eternidad lejos de la presencia de Dios y sus bendiciones, ‘puesto que todos pecaron y todos están privados de la gloria divina’ (Romanos 3:23), o gozar para siempre de la morada que Jesucristo ha preparado para aquellos que han confiado en Él, ya que ‘ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido autor de nuestra salvación’ (Hechos 4:12).

Es fácil encontrarse con personas que creen que nada ocurrirá después de la muerte. Sin embargo Dios afirma y avisa en su Palabra, que de la misma forma que la muerte es real, también es real que después hay un juicio. Pero hay más: de igual manera es totalmente cierto que ‘Cristo se ofreció una sola vez para cargar con los pecados de la humanidad… para salvar a quienes han puesto su esperanza en él’ (Hebreos 9:28).

Si estuvieras al borde de un precipicio a punto de caerte, correríamos para avisarte del gran peligro que te acecha. Sería de insensatos no hacer caso de la advertencia de Dios, jugando de este modo con tu propio destino eterno, ‘porque la muerte te espera y es bueno pensar en ello mientras te quede tiempo’ (Eclesiastés 7:2). ‘Prepárate para venir al encuentro de tu Dios’ (Amós 4:12).

 

Elisabeth Ramos Enrique

 

 

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