Pero, ¿qué esta queriendo decir realmente Jesús en este pasaje? No se está refiriendo a que son felices todos aquellos que de manera estricta lloran por cualquier causa. Si nos ceñimos al contexto exacto donde Jesús pronuncia esta bienaventuranza, descubrimos que esta precedida por otra que dice “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Por tanto son ellos y solo ellos los receptores de la bienaventuranza, es decir, solo aquellos que forman parte del reino de los cielos. Solo ellos pueden ser felices ante su lloro porque saben que serán consolados. Toda persona que verdaderamente es cristiana -ciudadana del reino de los cielos-, no por un rito que se haya podido hacer sobre ella o por una decisión voluntaria que en algún momento pudiera haber tomado, necesariamente debe ser pobre en espíritu, es decir, debe haber reconocido su vida de pecado que le separaba de Dios y su incapacidad para poder cumplir con sus justas demandas. Esto necesariamente le debe llevar a sentir dolor en su corazón al tomar consciencia de que fueron sus pecados por los que Cristo tuvo que pagar ocupando su lugar en la Cruz. La verdadera conversión a Cristo implica derramar lágrimas de dolor al comprender la situación de ruina personal en que uno se encuentra y que obligó a que Dios enviara a su Hijo para rescatarnos de ella (Lucas 19:10). Pero también implica recibir la consolación de parte de Dios, el consuelo de saberse perdonado, de no tener que cargar mas con ningún sentimiento de culpabilidad por los actos realizados en el pasado. Dios declara libre de culpa a todo aquel que se vuelve a Él (Romanos 8:1) y literalmente lo convierte en nueva persona (2 Corintios 5:17).


Quizás estés llevando una vida de tristeza y frustración tratando de vivir una vida digna que te permita llegar a Dios por tus propios esfuerzos. Pero esto es imposible, porque solo podemos llegar a Él reconociendo precisamente nuestra incapacidad. No por nuestros méritos, sino por los suyos, de aquel que tiene autoridad por su triunfo en la Cruz para destruir el documento legal que nos acusa de nuestras faltas delante de Dios Padre (Colosenses 2:13-15). Es una experiencia dolorosa, sí, pero también el principio de una nueva vida plena, en la que se experimenta la felicidad de sentirse perdonado y reconciliado con Dios.


Miguel Ángel Simarro Ruiz

 


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