En la antigüedad, Dios, a través del profeta Jeremías, dijo a su pueblo: ‘Que no alardee el sabio de sabiduría, que no alardee el poderoso de poder, que no alardee el rico de riqueza’ (Jeremías 9:23). Sin embargo, curiosamente, la propia Palabra de Dios invita al orgullo sobre un único tema y argumento. Sigue diciendo Jeremías de parte de Dios: ‘Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia; porque estas cosas quiero, dice Jehová’. (Jeremías 9:24).

Y es precisamente aquí, donde queremos colocar el énfasis. Parece ser que, según Dios, hay un solo asunto acerca del cual es legítimo para el ser humano el sentirse orgulloso, y es el hecho de entender y conocer a Dios. Y ¿qué es conocer a Dios? ¿Podría ser algo más que la mera creencia de que Él existe y que no nos ha dejado solos, a nuestra suerte? ¿Podría ser algo más que tener cierta información acerca de Él o saber algo de historia sagrada? ¿Podría ser algo más que tener una ‘vida religiosa’, con el cumplimiento de una serie de ritos y ceremonias?

Durante su tiempo aquí en La Tierra, Jesús dijo en una ocasión: ‘Y esta es la vida eterna: que te CONOZCAN a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado’ (Juan 17:3). Jesús está manifestando que el conocimiento de Dios y de su enviado, o sea, Jesús mismo, es de tal naturaleza que tiene como consecuencia la posesión de la vida eterna. Esto nos muestra que dicho tipo de conocimiento no es superficial, ni tampoco ritual o ceremonial. Si el resultado es la vida eterna, tal conocimiento de Dios necesariamente va a tener que implicar y abarcar otros aspectos más profundos que los de una simple información, o ciertas liturgias religiosas, por ejemplo.

Quizás nos ayude a comprender el significado de los verbos ‘entender’ y ‘conocer’ en relación a Dios, si analizamos la expresión de Jesús arriba citada: ‘vida eterna’. Estas palabras, sin duda, hacen referencia a la duración de la vida, la cual es para siempre, sin fin. Pero a la vez, no solo se nos habla de la duración de esta clase de vida, sino también de calidad. La vida eterna es, la vida de Dios. Y esta vida, que es eterna, y que sin duda disfrutarán en el cielo los que creen en Él y le siguen en su vida terrenal, ya se comienza a disfrutar en esta tierra. La vida eterna, vivida en el cielo en toda su plenitud, es experimentada ya aquí, en La Tierra, por aquellos que han depositado su confianza en Jesucristo, probando, aunque sea parcialmente, el gozo, el amor, la paz, la bondad… que son características de la vida de Dios mismo.

Indudablemente, en el conocimiento de Dios tiene lugar el elemento intelectual de la persona. Por medio del intelecto, el hombre conoce, obtiene información de quién es Dios y lo que Él ha hecho por cada ser humano. Pero después de este primer acercamiento a través de la mente, cada persona tiene que decidir si profundiza en un conocimiento que supera la esfera del entendimiento, y que pasa a ser experimental, donde juega un papel fundamental la fe y la confianza en Dios y en su Palabra: ‘… la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje se oye mediante la Palabra de Cristo’(Romanos 10:17).

Solo se puede conocer a Dios a través de su Revelación y Él se ha revelado por medio de su Hijo Jesucristo, ‘Dios habló en otro tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas, y lo hizo en distintas ocasiones y de múltiples maneras. Ahora, llegada la etapa final, nos ha hablado por medio del Hijo…’ (Hebreos 11:1,2). Es imposible conocer a Dios a parte de Jesús. Él es el camino al Padre, el único camino, ‘Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar hasta el Padre si no es por mí’ (Juan 14:6). Quien cree en Jesucristo y le sigue, conoce a Dios y participa de la vida divina, la vida eterna, aquí y en el más allá.

Desde luego que podemos sentirnos orgullosos de otras cosas en esta vida, pero sin duda, para aquellos que han creído en Jesucristo y su obra redentora en la cruz del Calvario, su mayor orgullo, su mayor gloria, es saberse hijos de Dios, y esto, por la eternidad. Ante esta realidad, cualquier otra cosa de este mundo, ya sea sabiduría, o poder, o riqueza, todo, absolutamente todo pierde su brillo.

 

Elisabeth Ramos Enrique


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