El pasado 12 de junio de 2025, los medios de comunicación se hacían eco de una trágica noticia. Sunjay J. Kapur, el multimillonario indio, moría en Windsor (Inglaterra) mientras jugaba al polo. En el transcurso del partido, una abeja se metió en su boca y le provocó un shock anafiláctico provocándole un ataque al corazón. El magnate, de 53 años, era dueño de una empresa líder en componentes de automoción. Su valor, según la revista Forbes, se estimaba en unos 1.200 millones de dólares.

En los tiempos del Nuevo Testamento, vemos también a gente muy rica que había sido prosperada en sus actividades comerciales. Algunos judíos, como bien dice el libro de Santiago 4: 13-17, habían visto la posibilidad de recorrer algunas ciudades y hacer negocios que reportasen grandes beneficios. Concretamente, en el versículo 13, nos habla de que a un año vista las ganancias serían muy sustanciosas: “Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos un año, y traficaremos, y ganaremos…”. Lo cual, no es nada reprochable, si tenemos en cuenta que el dinero es necesario para nuestra subsistencia. Sin embargo, si seguimos leyendo el texto, nos daremos cuenta de algunas cosas: “…cuando no sabéis lo que será de mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece”.

En primer lugar, lo que vemos en el texto es que no deberíamos adelantarnos al futuro. Es decir, hacer planes de futuro tiene la limitación de nuestra propia incapacidad para ver más allá de nuestro presente. A veces, nuestras intenciones o deseos van más allá de la realidad y podemos crear expectativas que condicionen seriamente nuestra manera de vivir. Pensar en el futuro está bien, pero no deberíamos condicionar nuestra vida con planes a largo plazo que echen a perder nuestro presente. Por tanto, no saber lo que ocurrirá mañana nos habla de nuestras limitaciones, no de nuestras capacidades para controlar algo que todavía no ha pasado.

En segundo lugar, vemos que no deberíamos ser soberbios en cuanto al futuro. Dice Proverbios 27: 1 “No te jactes del día de mañana; porque no sabes qué dará de sí el día”. Los comerciantes judíos daban por hecho que, en ese viaje de varios meses, iban a hacer grandes negocios y obtener gran cantidad de beneficios. Es decir, daban por hecho muchas cosas: buena salud, buen viaje, buenas perspectivas comerciales, buenas oportunidades… Sin embargo, olvidaron que los planes de futuro no solo dependen de nuestra condición frágil y débil, sino de las condiciones externas que no podemos controlar. El deseo de someter el porvenir a nuestra voluntad es un acto demasiado pretencioso, que evidencia nuestra soberbia ante algo que se escapa a nuestro control.

Por tanto, ante esta perspectiva, el apóstol Santiago nos recuerda algo muy importante: “En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (vr. 15). Seguro que Sunjay J. Kapur, cuando se levantó de la cama aquel trágico día, no entraría en sus planes morir de un shock anafiláctico provocado por una abeja en un campo de polo. De la misma manera, seguro que ninguno de nosotros nos levantamos por la mañana pensando en lo peor que nos puede pasar. Quizás creamos que nuestro futuro depende de nosotros, de nuestras capacidades, de nuestra fuerza, de nuestra inteligencia. Y quizás tengamos la confianza suficiente para jactarnos de que nuestro porvenir descansa en nuestras sabias manos y no en las de Dios.

De hecho, la acumulación de bienes materiales, la influencia política o el reconocimiento público pueden otorgar ciertos privilegios en esta vida gracias a nuestros esfuerzos, pero de ninguna manera constituyen un escudo frente a la fragilidad de nuestra existencia. Vivimos proyectándonos hacia el futuro, haciendo planes, construyendo sistemas que proporcionen seguridad y progreso, y todo esto está bien, pero la realidad es que la muerte nos recuerda a todos que el control absoluto es una ilusión y que, más allá de nuestras diferencias sociales, todos compartimos la misma vulnerabilidad.

Si el Señor quiere…” debería ser el lema de toda persona que se siente vulnerable ante un futuro incierto. Esta frase encierra no solo la confianza en un Dios todopoderoso, sino la certeza de que todo lo que pase está bajo su control. Depender de Dios es confiar en que Él ya está obrando en aquel mañana que nos preocupa hoy. La decisión de entregar nuestra vida a Dios infunde una esperanza profunda, reconociendo que el devenir de nuestros días no depende de nuestras capacidades humanas, sino de su gracia divina. Solo cuando ponemos nuestros tiempos en las manos de Dios y buscamos su voluntad haremos lo que tengamos que hacer, si el Señor quiere.

José Valero Donado

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