En el evangelio de Lucas Jesús cuenta al pueblo una parábola acerca de un hombre que plantó una viña y la arrendó a unos labradores (Lucas 20:9-18). Llegado el momento de recoger el beneficio del arrendamiento les envió a uno de sus siervos, pero en lugar de pagarle lo convenido “lo golpearon y lo enviaron con las manos vacías”. Así hizo por varias veces con idéntico resultado. Finalmente no sabiendo ya qué hacer les envió a su hijo pensando que a él sí le tendrían respeto. Pero lejos de ello lo labradores dijeron: “Este el heredero; venid, matémoslo para que la heredad sea nuestra”. Finalmente lo asesinaron.

Enseguida la élite religiosa judía se dio cuenta de que esta historia estaba dirigida a ellos. Efectivamente, ellos habían recibido por encargo de Dios la tarea de cuidar de la viña que era la nación de Israel. Una posesión que no era suya sino de Dios mismo. Tenían la responsabilidad de enseñar e instruir al pueblo en el conocimiento del Señor. Sin embargo ellos y todos los que a lo largo de varios siglos les habían precedido en esta responsabilidad, se habían servido de la “viña” para sus propios intereses y descuidado el encargo recibido. Habían sido reconvenidos a través de distintos profetas enviados por Dios, pero todo fue inútil. Ahora Dios mismo había enviado a su Hijo para solventar este problema, pero su pensamiento era encontrar la manera de acabar con Él: “En aquella hora, los principales sacerdotes y los escribas procuraban echarle mano, porque comprendieron que contra ellos había dicho esta parábola” (Lucas 20:19).

Tristemente esta situación se ha seguido sucediendo en la Iglesia cristiana, de manera que en muchos momentos de su historia y en algunos lugares ha propiciado que no se pudiera reconocer en ella el mensaje del Evangelio de Jesús. Como consecuencia muchas personas rechazan el cristianismo sin entrar a analizar la figura de Jesús y su enseñanza de esperanza y salvación para la humanidad, dejando también de ver el ejemplo y la forma de vida de otros tantos seguidores suyos que se han mantenido fieles a él.

La realidad es que si Jesús es quién dijo ser, él es el heredero y dueño de la viña. El evangelio de Juan nos dice que “Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho” (Juan 1:3), de modo que todos nos convertimos en arrendatarios de lo que tenemos, aún de nuestra propia vida. Ni los dirigentes religiosos pueden servirse de la viña para sus propios intereses, ni nosotros tampoco con respecto a lo que creemos legítimamente nuestro. Todos hemos recibido de parte de Dios unos bienes y unas responsabilidades acerca de las cuales tendremos que dar cuentas.

Vivir despreciando al dueño de la viña es por tanto una auténtica locura porque finalmente él tiene la autoridad y el poder para ejecutarla. Jesús es la piedra angular en la que se apoya el verdadero cristianismo, pero también lo es al mismo tiempo de nuestra propia vida. Fijémonos en la advertencia de Jesús:

Mirándolos fijamente, Jesús les dijo: Entonces, ¿qué significa esto que está escrito:  “La piedra que desecharon los constructores
ha llegado a ser la piedra angular?” Todo el que caiga sobre esa piedra quedará despedazado y, si ella cae sobre alguien, lo hará polvo. (Lucas 20:17-18).

Reconozcamos por tanto al que es dueño del universo y de todo cuanto existe. Vayamos a la Biblia y descubramos verdaderamente la figura de Dios, el cual nos amó tanto que envió amado Hijo Jesucristo para nuestra salvación.

Miguel Ángel Simarro

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