¿Necesitamos un nuevo orden social?

Tras estudiar los miles de años de historia escrita que nos preceden y la situación actual de la humanidad, muchas personas piensan que el ser humano ha realizado una progresión  positiva en cuanto a su comportamiento individual y sus normas colectivas de organización como sociedad.

Si bien es cierto e innegable que las sociedades actuales, al menos en occidente, han avanzado muchísimo en cuanto a reconocimiento y protección de derechos de sus individuos, la realidad es que, a día de hoy, aún se siguen produciendo muchas injusticias. ¿Podrá la raza humana llegar a desarrollar un nivel de organización social que erradique completamente la injusticia?

No cabe duda de que una sociedad es la suma de lo que aporten a ella cada uno de sus miembros individualmente. El ser humano, en cuanto a ser creado a imagen y semejanza de Dios, tiene un enorme potencial. Está dotado especialmente de habilidades creativas y de gobierno que lodistinguen del resto de los animales. A través de ellas es capaz de aportar a la sociedad en la que vive muchísimos elementos positivos, pero tristemente también negativos. O lo que es lo mismo, podemos utilizarlas para el bien común o para el beneficio propio por encima del de los demás. Por esta razón todo sistema, a la larga, por bueno que sea en su definición, tiende a corromperse y, finalmente, estará  abocado al fracaso si no se establecen los controles adecuados. Como ejemplo sólo hemos de mirar a nuestra propia situación en España. El “régimen del 78” que hasta hace pocas fechas era considerado como el paradigma de convivencia social, hoy es cuestionado por muchos comoinjusto y malo. Aunque indudablemente nuestro actual régimen de libertades puede y debe ser mejorado, el problema realmente reside en primer lugar en cada uno de nosotros.

En la Biblia Dios nos enseña cómo somos realmente y señala directamente  de dónde procede la raíz de los males que aquejan a nuestra sociedad. Lo que dice acerca de nosotros es que somos pecadores, es decir, que hemos decidido libremente vivir a nuestra manera al margen de las normas que Él ha establecido. Una forma de vivir donde prevalecen nuestros intereses personales frente al interés de los demás, dónde el amor al prójimo pasa a un segundo lugar a favor de amarnos primeramente a nosotros mismos.

Todos estamos aquejados por este problema en mayor o menor medida. La Biblia así nos lo dice:“Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), “No hay justo, ni aún uno”(Romanos 3:10; Salmo 14:1-3). Jesús mismo lo enseñó de manera meridianamente clara: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, la avaricia, las maldades, el engaño, la lujuria, la envida, la calumnia, el orgullo y la insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre” (Marcos 5:-21-23). Ni aún la educación en los mejores ambientes puede evitarlo. Muchos están en desacuerdo con esta forma de pensar, pero haríamos mejor si atendiéramos a las palabras del profeta Jeremías:“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿Quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9).

Por consiguiente, los problemas de nuestra sociedad no pasan tanto por la búsqueda de un mejor régimen organizativo a nivel político y social, aunque esto sea correcto y se deba hacer, como por el que la sociedad esté compuesta por personas que le estén aportando lo mejor de sí mismas de manera desinteresada a favor del bien común.

¿Es posible esto? Sí, si dejamos que Dios transforme por completo nuestras vidas, erradicando el mal que hay en ellas. Ciertamente esto no nos es posible por nuestras propias fuerzas, pero Dios puede operar ese milagro en nosotros. Es necesario para ello reconocer nuestro pecado primeramente ante Él y arrepentirnos de nuestro mal camino. Sólo entonces Dios comenzará en nosotros esa gran obra de restauración personal. Tan profundo es el cambio que Dios desea hacer en nosotros que el apóstol Pablo dijo: “Si alguno esta en Cristo nueva criatura es” (2ª Corintios 5:17).

No nos equivoquemos intentando buscar soluciones dónde realmente no están. Vayamos primeramente a la raíz del problema, volvámonos a Dios, y desde ahí trabajemos por construir con nuestro aporte una sociedad mejor.

Miguel Ángel Simarro Ruiz

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