Hace un tiempo me invitaron a un “Café de la Muerte”, reunión informal donde, entre café y pastas, los asistentes daban su opinión sobre el tema de la muerte. Fue muy interesante escuchar los diferentes puntos de vista sobre este crucial asunto del que muchas veces evitamos hablar.
Al hacer mención de la muerte se piensa en una persona que ya no puede moverse, ni hablar, ni reír, ni llorar. En definitiva, una persona que ya no puede hacer nada porque su vida ha cesado. Desde la infancia vamos tomando conciencia de la muerte. Quizás a un niño pequeño se le explica el fallecimiento de un ser querido como un viaje muy largo del que ya no volverá. La idea de ausencia está presente. Poco a poco el niño irá entendiendo que ese “viaje largo” afecta a todo ser humano y que tiene nombre propio. Al final todos nos damos cuenta de que la muerte es una realidad cotidiana y es la última batalla que lidiar.
Es de suma importancia, dada la universalidad de la muerte y su certeza, que tengamos la mayor información al respecto. Es precisamente Dios, cuyo conocimiento todo lo abarca y nada se le esconde, quien ha querido hablarnos claramente sobre este asunto crucial, asunto que podríamos llamar de “vida o muerte”. En la Biblia Dios nos revela que muerte significa separación. Eso es precisamente lo que ocurre cuando una persona fallece: su parte material, el cuerpo, se separa de su parte inmaterial, alma, espíritu. Esta es la muerte a la que estamos acostumbrados, la que percibimos, la que vemos a nuestro alrededor, la MUERTE FÍSICA.
Dios nos habla de otra clase de muerte a la que llamamos MUERTE ESPIRITUAL. Ocurrió al principio de la historia de la humanidad, cuando un día Adán y Eva, hasta entonces en total dependencia de su Creador y en perfecta relación con Él, decidieron ser independientes y rebelarse contra su autoridad. Dios les había dicho que no podían comer de cierto árbol. No era una orden arbitraria; Dios tenía sus razones. Escucharon la solemne advertencia: “… el día que de él comas, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Adán y Eva solo tenían que obedecer mientras disfrutaban del resto de árboles sobre los que no había prohibición alguna. Pero no obedecieron, y a partir de ese momento de orgullo y rebeldía, la vergüenza, el miedo y la frustración se adueñaron de su existencia y la relación de completa amistad con Dios quedó totalmente rota. Adán y Eva se saltaron el orden moral establecido por el Creador; se olvidaron de que eran criaturas y de que su vida, en el pleno sentido de la palabra, radicaba en la dependencia y obediencia a su Creador. “Las… palabras de Proverbios 14:12 resumen las consecuencias de una autonomía humana desligada del orden de la creación: ‘Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte’” (J. Wyatt). Se produjo la separación entre las criaturas y su Creador. Y aunque Adán y Eva seguían vivos físicamente, espiritualmente ya habían muerto. Desde ese momento estaban vivos y muertos al mismo tiempo.
La desobediencia de Adán, su pecado, trajo como consecuencia la muerte espiritual, la separación, la soledad respecto de Dios. Pecado y muerte van unidos de la mano: “… la paga del pecado es la muerte…” (Romanos 6:23). El pecado y la muerte del primer hombre son el pecado y la muerte de todos los demás seres humanos: “… así como el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre, y la muerte por medio del pecado, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). De modo que el estado natural de toda persona es que está muerta espiritualmente, separada de Dios, “…por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Como consecuencia de la muerte espiritual, con el tiempo llegaría la muerte física, ya que todo lo que está separado de Dios no puede permanecer con vida. El ser humano, por ser pecador “… vive dentro de la esfera de la muerte y debe considerarse como condenado a muerte” (J. Grau). Desde su nacimiento cada persona está abocada a la muerte. La muerte física no solo es consecuencia del pecado, sino también su castigo, “… polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:19). El ser humano no siente que la muerte sea algo natural a pesar de su cotidianidad, sino que hay un temor hacia ella, viéndola como “una separación antinatural de lo que debe estar unido” (J. Grau).
Hay un tercer tipo de muerte, la más terrible. Es la MUERTE SEGUNDA O MUERTE ETERNA. Alguien dijo que es la “perfección” y la culminación de la muerte espiritual. La ira de Dios cae sobre el pecador no arrepentido. Su horror radica en que la separación de Dios es eterna, para siempre, sin posibilidad de cambio. La muerte segunda o muerte eterna tiene lugar después de la muerte física, y es para todos “… aquellos cuyos nombres no están inscritos en el libro de la vida” (Apocalipsis 20:15). Esto es muerte en el más profundo y horrible sentido de la palabra.
Pero, ¡hay esperanza! Aunque todo ser humano está muerto espiritualmente, “… por cuanto todos pecaron…”, hay forma de escapar de la muerte espiritual, y en consecuencia, también de la muerte eterna. Dios envió a su Hijo Jesucristo para vencer a Satanás, al pecado y a la muerte. Y lo hizo en la cruz cuando sufría la muerte vicaria en lugar del pecador, “Cristo murió por nosotros…: cuando éramos incapaces de salvarnos, siendo enemigos de Dios” (Romanos 5:6). El requisito es creer que la muerte de Jesús es nuestra salvación, “para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga VIDA ETERNA” (Juan 3:16). El pecado nos da a cambio la muerte, la separación de Dios y de sus bendiciones. Dios, en su misericordia y sin merecer nosotros nada, nos ofrece el perdón total de nuestros pecados si arrepentidos vamos a Él, y nos regala vida, vida en plenitud y en abundancia, vida eterna: “… lo mismo que el pecado implantó el reinado de la muerte, ahora será la gracia la que reine restableciéndonos en la amistad divina y conduciéndonos a la vida eterna por medio de Jesucristo, Señor nuestro” (Romanos 5:21).
Esta la única manera, cuando llegue la última batalla, de poder experimentar el propósito por el que Jesús se hizo hombre, “… para liberar a los hombres, quienes habían estado esclavizados toda la vida por temor a la muerte” (Hebreos 2:15).
Elisabeth Ramos
