Su nacimiento no fue ni extraordinario ni impresionante: nació en un pesebre. Su vida transcurría dedicada al trabajo: en una carpintería. Sin una apariencia física que destacara entre la de sus contemporáneos, totalmente desapercibido y en el anonimato, allá en el norte, en un pueblo de Galilea, en Nazaret.

Un día, Juan el Bautista, al verlo y por revelación divina, hace una categórica afirmación acerca de Él: He aquí el Cordero de Dios, Juan 1:29. A este hombre que fue creciendo… como un brote, como raíz en tierra de secano, sin aspecto atrayente, sin lozanía, Isaías 53:2, se le da ahora el título de Cordero de Dios. Su vida dejaba ya de ser anónima. Ahora iba a granjearse una fama, cada vez mayor, por su predicación y por sus milagros, que le llevaría a ganarse algunos fieles amigos, pero también muchos y poderosos enemigos. Aquel vecino de Galilea, Jesús de Nazaret, finalmente muere en una cruz, la peor y más vergonzosa muerte que existía, la reservada a los criminales.

Pero esta muerte entrañaba el más profundo y trascendente significado, siendo ya anunciada en muchas ocasiones por los profetas de Dios en la antigüedad. Así, Isaías dice que cargó con nuestros males, soportó nuestros dolores, Isaías 53:4, porque Jesús en la cruz cargaba los pecados de los hombres, como si suyos fuesen, nuestras debilidades, todo aquello que estorba la vida del hombre y le separa de Dios. Herido fue por nuestras faltas, triturado por nuestros pecados, Isaías 53:5. Jesús en la cruz, herido de muerte, tuvo que soportar una agonía que puso fin a su vida. Y esto porque Él tomó sobre sí mismo y de forma voluntaria nuestros propios pecados. Hizo suyas la voluntad torcida y la rebelión del ser humano. Tomó la responsabilidad de la conducta equivocada y pervertida de cada persona. Allí estaba Jesús sustituyendo al ser humano, pagando y muriendo en lugar del pecador. Por darnos la paz, cayó sobre Él el castigo, Isaías 53:5,  el castigo necesario para obtener la reconciliación de Dios con el hombre, proporcionando verdadera paz, esa unión con Él que incluye la identidad integral de la persona, la correcta relación con los demás y, la armonía, seguridad y tranquilidad para con Dios. … con sus heridas fuimos curados, Isaías 53:5, porque había un objetivo en sus heridas, en su sufrimiento, en su muerte: nuestra curación del daño causado por el pecado, el nuestro propio y el de los demás, que indudablemente también nos afecta. Todos íbamos errantes como ovejas, cada cual por su propio camino, Isaías 53:6, ya que todas las personas, como las ovejas, nos extraviamos, apartándonos del camino que debemos seguir, yendo de un lado para otro por senderos equivocados que nos producen decepción, dolor, y muerte. …y el Señor cargó sobre él las culpas de todos nosotros, Isaías 53:6. Dios hizo caer sobre su Hijo el violento castigo que nosotros merecíamos. La severidad que deberíamos haber sufrido nosotros, fue volcada sin piedad sobre Él.

La completa declaración de Juan el Bautista sobre Jesús añade unas palabras más, palabras de inmenso e intenso alcance: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, Juan 1:29. Desde el principio y, a causa del pecado del hombre, Dios había decretado un sistema de sacrificios de animales, en los cuales, un animal inocente moría en lugar de la persona que había pecado. El animal moría, no porque hubiera hecho ningún mal, sino para que el ofensor no muriese. El cordero era el sustituto del que había pecado.

Jesús es el Cordero de Dios, el cual ya estaba provisto y destinado para el sacrificio por la humanidad. Él no cometió pecado alguno, pero, por causa nuestra, Dios le trató como al pecado mismo, para que así, por medio de Cristo, podamos ser declarados justos, 2ª Corintios 5:21. Jesús fue nuestro sustituto, Él murió, para que nosotros podamos tener vida. Él pagó lo que nosotros jamás podríamos pagar ante la perfecta santidad de Dios. Y solo queda confiar en la muerte sustitutoria de Jesús. Solo aquellos que vienen a Él con fe y se acogen al perdón que gratuitamente Dios ofrece, serán declarados justos y podrán gozar de la paz de Dios.

Pequé, y en la cruz solo te dejé

haciendo frente a la culpa que yo debía pagar.

Me rebelé, pero no supe cómo contestar.

Tú en mi lugar respondías,

entregando tu vida por la mía.

Pequé, y allí mirando me quedé,

viendo como morías por la culpa que era mía.

Has sido mi Sustituto, honor te tributo.

Ya no hay más desesperanza,

en Ti pongo toda confianza.

Elisabeth Ramos

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