Mucho se ha hablado durante estos días de ganar y perder, así como sobre las actitudes generadas en ambos casos. Ganar y perder son temas recurrentes a lo largo de la vida, tanto en la infancia como en la edad adulta, podríamos decir que pasamos la vida aprendiendo sobre ello.

“Ganar” tiene un significado positivo: lograr, avanzar, mejorar, prosperar… A “perder” se le adjudica un significado negativo: dejar de tener algo de manera involuntaria, por ejemplo, por descuido. Sin embargo, hay otra manera de perder: renunciar o desprenderse de algo voluntariamente.

A simple vista es mejor ganar que perder, acumular que desprenderse; no obstante, ambas acciones son complicadas.

Hubo alguien que entendió bien estos conceptos. Fue un luchador nato, pasó su vida intentando ganar y sumar logros. En su currículum había muchas entradas: era de “linaje puro”, tenía ciudadanía romana por nacimiento, consiguió una excelente formación ya que fue instruido por el mejor maestro de su tiempo, pertenecía al grupo social y religioso de referencia en su época y era un miembro activo que velaba por la pureza ética y religiosa de su época. Un currículum inmejorable, todo ello le había hecho ganar un gran prestigio y estatus social. Y, obviamente, era algo que él apreciaba mucho.

Sin embargo, un día Pablo escribió: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo” Filipenses 3:7

¿Habían perdido su valor todos sus méritos? No, éste seguía intacto para la sociedad de aquella época, pero no así para Pablo. Él cambió radicalmente sus valores, hasta tal punto que estaba renunciando y desprendiéndose de todo lo adquirido.

¿Qué le hizo cambiar? La respuesta es su encuentro con Jesús. Hasta ese momento, Pablo había confiado erróneamente en sus méritos personales, pensando que ellos le acercaban a Dios y eran su aval para la vida eterna. Después de este encuentro, lo tuvo claro.

Al acercarse a Damasco para cumplir esa misión, una luz del cielo de repente brilló alrededor de él.  Saulo cayó al suelo y oyó una voz que le decía:

—¡Saulo, Saulo! ¿Por qué me persigues?

—¿Quién eres, señor? —preguntó Saulo.

—Yo soy Jesús, ¡a quien tú persigues! —contestó la voz.” Hechos 9:3-5

Este encuentro fue desconcertante y tuvo un efecto completamente transformador. Él, que se afanaba por cumplir la ley hebrea y honrar a Dios “acabando” con los cristianos, se encontró con Jesús cara a cara y descubrió que estaba haciendo justo lo contrario; perseguir a los cristianos es perseguir a Dios.

Ahora tenía la evidencia de que nada de lo que había ganado a lo largo de su vida le hacía merecedor del favor de Dios ni de la vida eterna. Esta fue la causa por la que Pablo decidió desprenderse de ellas.

Él descubrió cuál es la realidad espiritual del ser humano, que sólo Cristo podía cambiar. Así lo explicó en la carta que escribió a los cristianos de Roma:

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” Romanos 3:23,24

Nadie está libre de pecado, basta con examinarnos con objetividad para darnos cuenta de ello. Ningún esfuerzo humano es válido para acabar con el pecado; él lo había intentado todo y, a pesar de sus esfuerzos en cumplir la Ley, Jesús le señaló su pecado.

Sin embargo, Pablo explicó que podemos ser tratados como si hubiéramos cumplido con todos los requerimientos de la Ley. ¡Sí, así es! Cristo pagó el precio de nuestra esclavitud al pecado y de sus consecuencias.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” Juan 3:16

El medio para conseguirlo es la fe, confiar en que Jesús murió por cada uno de nuestros pecados y considerarle nuestro Señor y Salvador.

Pablo creyó en Jesús como su Salvador y por esto no dudó en desprenderse de todo lo que le habían enseñado y de sus prejuicios hacia Jesús y sus seguidores.

Jesús lo explicó con la parábola del mercader que encontró una perla de gran valor “que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” Mateo 13:45-46

¡Busca esa perla y no tengas miedo a desprenderte de todo lo demás!

Marta López Peralta

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