Anunciar el Evangelio abre las puertas del cielo

El pasado mes de agosto publicamos un artículo en el que reflexionábamos sobre la interpretación de Mateo 16:18. A lo largo de la historia, muchos han entendido que Pedro, el apóstol, sería la roca sobre la cual se edifica la iglesia. Sin embargo, al examinar el pasaje con una lectura cuidadosa y teniendo en cuenta su contexto, vimos que el énfasis de Jesús no está en establecer la infalibilidad de Pedro, sino en resaltar la confesión de fe que él acaba de hacer.

El juego de palabras entre Petros y Petra sugiere que Pedro es ciertamente una piedra dentro de la obra que Dios está edificando, pero no el fundamento último. La roca firme, el verdadero cimiento, es Cristo mismo. De hecho, el testimonio del Nuevo Testamento apunta siempre en esa dirección, la iglesia descansa sobre Jesucristo, la piedra angular que permanece firme y nunca falla.

Pero el pasaje no termina ahí. En el versículo siguiente, Jesús pronuncia unas palabras que han suscitado también mucha reflexión a lo largo de la historia, “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra será desatado en el cielo”. Con estas expresiones se abre una nueva cuestión interpretativa que tenemos que considerar con la misma atención al contexto bíblico.

Antes de continuar con el análisis del siguiente versículo, conviene recordar un principio básico de la interpretación bíblica señalado por Craig L. Blomberg en su obra publicada en español como El arte de la Interpretación Bíblica.

En este libro se enseña un criterio fundamental para acercarnos correctamente al texto bíblico: “los pasajes más difíciles deben interpretarse a la luz de los pasajes más claros de la Escritura”. Este principio se apoya en la convicción de que la Biblia forma un todo coherente.

Teniendo presente este criterio hermenéutico, podemos acercarnos ahora a Mateo 16:19. Las palabras de Jesús acerca de “las llaves del reino” y de “atar y desatar” han dado lugar a diversas interpretaciones a lo largo de la historia de la Iglesia.

Existe la idea muy extendida de que Pedro habría sido el primer obispo de Roma y esa autoridad continuaría posteriormente en sus sucesores, es decir, en los papas. En ese marco, las expresiones “atar” y “desatar” se interpretan como la autoridad doctrinal y disciplinaria ejercida por el magisterio de la Iglesia.

Precisamente por eso resulta necesario examinar estas palabras con cuidado, sin perder de vista el conjunto del Nuevo Testamento, para permitir que la enseñanza global de la Escritura nos ayude a comprender con mayor claridad cuál es su verdadero sentido.

Las palabras que Jesús dice a Pedro no se entienden como la concesión de un poder exclusivo a Pedro, ni como una autoridad que deba transmitirse a una línea de sucesores. Más bien se comprenden como la autoridad de anunciar el evangelio que abre la puerta del reino a quienes creen.

El propio desarrollo del Nuevo Testamento muestra cómo esta promesa se cumple. En el día de Pentecostés, Pedro predica a los judíos y dice, “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (Hechos 2:38). Como resultado, el texto añade que “los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2:41). De esta manera, Pedro abre la puerta del evangelio a muchos judíos.

Más adelante, Dios vuelve a usarlo para abrir esa puerta a los gentiles. En Hechos de los Apóstoles 10, el centurión romano Cornelio invita a Pedro a su casa. Allí el apóstol proclama, “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43). Mientras predicaba, el Espíritu Santo descendió sobre los oyentes, demostrando que también los gentiles eran aceptados por Dios. Así, Pedro tuvo el privilegio histórico de ser instrumento para abrir públicamente el evangelio tanto a judíos como a gentiles.

Sin embargo, esto no significa que Pedro recibiera un poder especial transmisible a sucesores. El evangelio enseña en 2ª Timoteo 3:16 que la autoridad de la iglesia se basa en la palabra de Dios y en el evangelio que proclama, no en la supremacía de una persona.

La expresión “atar y desatar” se usaba en el judaísmo del siglo I para prohibir o permitir algo según la interpretación de la ley. En el contexto cristiano entendemos que Jesús habla de la responsabilidad de la iglesia de aplicar fielmente la enseñanza de Dios. De hecho, el mismo lenguaje aparece más adelante cuando Jesús dice a los discípulos, “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo” (Mateo 18:18). Allí el contexto trata sobre la vida y la disciplina dentro de la comunidad cristiana.

Por tanto, “atar y desatar” no significa crear normas humanas, sino discernir y aplicar lo que Dios ya ha revelado en su Palabra.

Pero en el centro de todo este pasaje no está Pedro, sino Jesucristo. Él mismo declaró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Evangelio de Juan 14:6). La iglesia no abre el reino por su propio poder, simplemente anuncia el mensaje que Cristo hizo posible con su muerte y resurrección. Como dice la Escritura, “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” ( 1ª Timoteo 2:5).

Por eso, la invitación del evangelio sigue siendo tan actual como siempre, confiar. Pero no en nuestras propias capacidades ni en estructuras humanas, sino en Cristo. Él es quien ofrece perdón y vida eterna a todos los que ponen en él su fe.

Francisco Fresneda Pérez

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