Uno de los poderes que gobiernan este mundo es, sin duda, el poder económico. En esta sociedad, construida a base de talonarios manchados con la sangre de los débiles, el dinero es el dios por excelencia ante el que se postran reyes, gobiernos y autoridades. La esclavitud a la que estamos sometidos permea en todas las áreas de nuestra sociedad, adoctrinando desde pequeños a nuestros niños y grabándoles a fuego que tener dinero es la consecuencia de tener éxito en la vida. Y es que, si no tienes dinero no eres nadie, simplemente eres un fracasado más al que ignorar.
Quizás pensemos que este poder ha aparecido recientemente, pero como sabemos, el poder económico ha estado presente desde los orígenes de la humanidad. En los tiempos de Jesús, este tema era muy relevante, ya que los judíos relacionaban las riquezas con las bendiciones divinas, debido a su correcta relación con Dios.
Un día, un joven rico y religioso, se le acercó a Jesús con una pregunta: ¿Qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le respondió: Sabes los mandamientos. A lo cual, el joven le dijo: Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud. Entonces, Jesús añadió: Una cosa te falta, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. Pero él, afligido por esta palabra se fue triste, porque tenía muchas posesiones (Marcos 10: 17-22).
A primera vista, parece que Jesús estaba diciendo a este joven que la vida eterna se obtiene por hacer obras de caridad o por renunciar a los bienes materiales. Si tenía riquezas, como era el pensamiento judío, era porque había guardado los mandamientos y se merecía el favor de Dios. Entonces, ¿tenia que renunciar a todas estas bendiciones para entrar al cielo?
Bueno, en este caso, Jesús pone el foco, no en los mandamientos o las riquezas, sino en el corazón de este joven. Probablemente, seguir a Jesús no habría sido problema para él, pero desprenderse de todas sus riquezas significaba, entre otras cosas, convertirse en un don nadie, en una sociedad que conectaba la pobreza con el castigo divino. Este joven se fue triste porque entendió que su amor por las riquezas estaba por encima de su amor a Dios. El dinero le ofrecía todo lo que una persona desea en esta vida, seguridad, paz, felicidad, prestigio, honor… y no estaba dispuesto a renunciar a todo esto. Sin embargo, sabiendo Jesús que este joven confiaba más en la seguridad material que en la provisión de Dios por medio de la fe, le retó a desprenderse de sus prejuicios y seguridades materiales a cambio de depositar su confianza en él.
Quizás, en estos momentos, nosotros estemos en la misma situación que este joven. A lo mejor, no son las riquezas, sino el trabajo, la familia, el prestigio… cualquier cosa que nos esclaviza, hasta tal punto que nos impide depositar nuestra fe en la persona y obra de Jesús. Y como el joven rico, no estamos dispuestos a dejar de confiar en estas cosas, porque la seguridad material nos hace sentirnos orgullosos de nosotros mismos, independientes y capaces de afrontar nuestro futuro sin tener que rendir cuentas a nada ni a nadie.
¿Qué haré para heredar la vida eterna? Jesús nos da la respuesta: confiar solo en él como Señor y Salvador de nuestra vida, por encima incluso, de nuestros bienes materiales o cualquier cosa que nos impida reconocerle como nuestro Tesoro más preciado. No hay duda de que el poder económico tiene una gran influencia en nuestra manera de pensar y ver la vida. Pero Jesús nos invita a creer en un poder mucho más elevado, un poder que nos libera de la esclavitud que nos impide confiar en la provisión de Dios y en lo que él quiere para nosotros.
Solo nos falta una cosa: creer en Jesús.
José Valero Donado
