Todo ser humano tiene un día en el calendario marcado por su nacimiento. Y ya sea que el cumpleaños esté o no sujeto a celebración, ese día es, año tras año, invariable. Tomando el “nacimiento” como protagonista, seguramente que a más de uno se nos ha dicho la típica frase: “Tendrías que volver a nacer…”, producto de una decepción o ante la total incredulidad de un cambio sustancial en el modo de vivir. O quizá somos nosotros los que nos hayamos dicho: “Si volviera a nacer…”, expresando así el pesar por haber hecho ciertas cosas o anhelando hacer otras que ya se han tornado del todo imposibles. Dios nos habla en su Palabra de forma clara y repetida acerca del hecho de que es posible “volver a nacer”. Y no solo posible sino también imprescindible.
En una ocasión un hombre llamado Nicodemo fue a ver a Jesús, comenzando a alabarle por sus prodigios y reconociendo que venía de Dios como maestro. Pero Jesús, sabiendo de la verdadera necesidad de su corazón, le interrumpió y le dijo «[…] Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3). Nicodemo era profundamente religioso, maestro de la ley de Dios y estricto en el cumplimiento de cada uno de sus mandatos. Podría ser llamado un fiel practicante de la religión. Sin embargo, Jesús le dice que para ver el reino de Dios, para participar de él, ha de nacer de nuevo. Lo que Jesús le está diciendo es que no importa lo religioso que sea y la exactitud y entrega de su devoción: si no nace de nuevo no puede tener la vida eterna.
¿Nacer de nuevo? ¿Es posible entrar en el vientre materno y nacer por segunda vez? El mismo Nicodemo se lo plantea, pero, claro, es absurdo. Jesús no está queriendo decir esto en sentido literal. Su argumento es que «[…] el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3:5). Para entrar en el reino de los cielos, para tener vida eterna, se necesita un nacimiento diferente al nacimiento físico. Es imprescindible el nacimiento espiritual. «Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6). La carne habla de la naturaleza humana caída, o sea, con continua inclinación hacia el pecado. Desde Adán y Eva, nuestros primeros padres, todos y cada uno de sus descendientes nacemos pecadores, y por lo tanto pecamos. Y no hay nada que podamos hacer para remediarlo. La naturaleza heredada está manchada por el pecado, y lo único que produce es pecado en mayor o menor nivel, pero siempre pecado. Y el pecado separa de Dios, «[…] muertos (separados, sin vida) en vuestros delitos y pecados» (Efesios 2:1). Miremos a nuestro alrededor y también a nosotros mismos: ¿quién no ha mentido, engañado, robado, sentido envidia, celos, rencor, ira, deseos de venganza…? Todos estamos bajo la esclavitud del pecado. Esa es la naturaleza del ser humano. No hay nada que podamos hacer para librarnos de ella.
Pero sí es posible un nuevo nacimiento, un nacimiento que es nuevo, novedoso. No es físico sino espiritual, «[…] lo que nace del Espíritu, espíritu es». El hombre o la mujer no pueden producirlo. Es Dios mismo quien opera este nuevo nacimiento. Es espiritual porque viene del Espíritu, de Dios. Y ahora, con esa nueva naturaleza, que ya no está dominada por la esclavitud del pecado, el nacido de nuevo tiene vida espiritual. Si antes estaba muerto espiritualmente, separado de Dios a causa de su pecado, ahora está vivo. Y ya no está sometido a la tiranía del pecado sino que es libre para no pecar. Se produce un cambio radical en la persona porque ahora posee una nueva naturaleza, que es espiritual, dada por Dios mismo. La vida espiritual nace del Espíritu Santo. Y el nacido de nuevo, el nacido del Espíritu, es llamado hijo de Dios, «[…] a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).
El esfuerzo humano no es válido para entrar en el reino de los cielos; el hecho de poseer una religión tampoco abre la puerta de este reino. Nicodemo tenía una religión y era escrupuloso en el cumplimiento de sus requerimientos, pero estaba fuera del reino de Dios. Solo se puede entrar si el Espíritu de Dios da nueva vida, vida espiritual. No hay mérito humano que valga. «[…] por gracia sois salvos […]» (Efesios 2:8). La gracia de Dios es el favor inmerecido que él, en su amor y misericordia, ofrece al pecador. El pecador solo es merecedor del infierno. Pero Dios le ofrece su salvación para poder entrar en ese reino suyo. Lo único que le queda al pecador es abandonarse en la obra hecha por Jesús, aquel que fue levantado en una cruz y recibió, de forma sustitutoria, todo el castigo que merecían los pecados de la humanidad. Al pecador solo le queda confiar en la misericordia de Dios, confiar como un niño, sin nada que ofrecer, porque no hay nada que pueda ofrecer. Todo lo hace Dios: da nueva vida, salva, perdona, abre la puerta al reino de los cielos. «El que cree no es condenado […]» (Juan 3:18). Se trata de un creer más allá de lo histórico. Es creer que ese Jesús levantado en la cruz y resucitado al tercer día es el Hijo de Dios, Dios mismo hecho hombre, el cual vino para salvar a todos cuantos, por medio de la fe, se acercan a él. «Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos (Jesucristo)» (Hechos 4:12).
Elisabeth Ramos Enrique
