“Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre” S. Lucas 1:42

Estas son las palabras que Elisabeth dirigió a María, nada más verla aparecer en su casa, tras escuchar su voz. Palabras que fueron inspiradas por el Espíritu Santo y que anuncian una gran bendición para María y para Jesús, el Mesías esperado que traería salvación a la humanidad.

Ellas confirmaron la fe de María, que ya había tomado una decisión ante el anuncio del ángel Gabriel: “He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra”.

La alegría y la gratitud que María sintió en ese momento, produjeron el canto de alabanza más hermoso que hemos escuchado jamás. Eran su alma y su espíritu los que daban gloria y honor a Dios, y los que se alegraban en Él, porque Dios era su Salvador. Sus razones quedaron expuestas de esta manera:

“Ha puesto sus ojos en mí, que soy su humilde esclava”

“De ahora en adelante, todos me llamarán feliz”

“Aquél que es todopoderoso, aquél cuyo nombre es santo, aquél que siempre tiene misericordia de aquellos que le honran, ha hecho maravillas conmigo” Lucas 1:48-50

No iban a ser días fáciles. María se expondría al juicio y a la incomprensión de sus contemporáneos, quizá también al rechazo; el relato bíblico no da más detalles. Pero ella estaba segura de la bondad continua de Dios y de su favor, que ya había quedado demostrado al incluirla en su hermoso plan, la concepción de Jesús.

En este punto tan distante de la historia, algo más de dos mil años después, entendemos bien estas palabras y podemos disfrutar de su certeza y alcance. Sin conocer los detalles de este plan, María puso en relieve el poder, la santidad y la misericordia del Señor; pero sus expectativas quedaron superadas por la compasión y el amor perdonador de Dios. Amor que se extiende, sin límite, generación tras generación y llega hasta nuestro tiempo.

Muchos quedaron maravillados por los acontecimientos inexplicables de aquel tiempo: el nacimiento de Juan el Bautista, la aparición de un ángel a los pastores para anunciarles el nacimiento del Salvador, una multitud de ángeles que llenó el cielo alabando a Dios y transmitieron un mensaje de paz a la humanidad, una estrella diferente en el cielo, unos magos que buscaban a un rey… ¿Qué sentido tenía todo aquello?

“Estabais sin esperanza y sin Dios en medio del mundo” Efesios 2:12

Así lo explicó Pablo, ésta es la realidad del ser humano. Sólo Dios podía poner fin a esta situación y éste era el objetivo de aquellos sucesos. Dios vino a este mundo, Jesús nació en Belén, para cambiar esta realidad y darnos una nueva identidad, ser hijos de Dios.

“La luz verdadera, la que ilumina a toda la humanidad, venía al mundo” S. Juan 1:9

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” S. Juan 1:12

Aquel plan incluía la cruz, allí se consumó:

“Y es que, según la ley, prácticamente todas las cosas se purifican mediante la sangre y, si no hay derramamiento de sangre, tampoco hay perdón” Hebreos 9:22

“Les dijo también Jesús: — El Hijo del hombre tiene que sufrir mucho; va a ser rechazado por los ancianos del pueblo, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley que le darán muerte; pero al tercer día resucitará” Lucas 9:22

Desde entonces, las buenas noticias siguen sorprendiendo y alcanzando a cada generación. El mensaje de paz y reconciliación anunciado por los ángeles, la obra de misericordia anunciada por María a todos aquellos que honran al Señor continúa vigente.

La cristiandad celebra hoy el nacimiento de Jesús, ¡no olvidemos su propósito!  La obra de Cristo en la cruz, su muerte y su resurrección, es el aval de nuestra salvación. ¡Haz tuyas las palabras de María!

“Mi alma y mi espíritu se alegran en Dios, mi Salvador”

Marta López Peralta

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