No entres en mi vida, Jesús, no entres.
No toques nada, no cambies nada.
Tu presencia lo trastoca todo:
hace que se vea la suciedad y el desorden,
la basura y el vacío,
el vacío del alma.
¡Déjalo, Señor!
¡Déjalo y déjame!
Durante el tiempo en que Jesús estuvo en este mundo los seres humanos reaccionaron de diferentes formas ante su persona y su mensaje. Es paradójico que aquellos que eran su pueblo, que esperaban ansiosamente al Mesías, lo rechazaran, «Vino a lo suyo, pero los suyos no lo recibieron» (Juan 1:11). De forma especial fueron los líderes religiosos los que más oposición presentaron ante el Hijo de Dios hecho hombre, de tal modo que planearon la forma de quitarlo de en medio dándole muerte.
El propósito de Jesús en esta tierra era mostrar a los seres humanos el camino de salvación y alcanzar esa salvación a través de su propia muerte sustitutoria en la cruz. Sus obras y sus palabras revelaron desde el principio el amor de Dios a la humanidad y el anhelo de su corazón de libertar a las personas de la esclavitud del pecado en sus múltiples manifestaciones. En una ocasión Jesús y sus discípulos llegaron a la región de Gadara, en donde encontraron a un hombre con un espíritu inmundo. Jesús obró sanidad y liberación en este atormentado hombre enviando a los demonios que lo poseían a un hato de cerdos que había cerca. Los animales se precipitaron al mar por un despeñadero y murieron. El hombre en cuestión, si antes nadie podía dominarle, y «De día y de noche andaba gritando por los montes y entre los sepulcros, e hiriéndose con piedras» (Marcos 5:5), «[…] se hallaba ahora sentado, vestido y en su juicio cabal […]» (Marcos 5:15). Es de esperar que los que esto contemplaron se alegraran y quisieran conocer más del poder de Jesús frente a Satanás y sus demonios, frente a la esclavitud y la servidumbre que genera el pecado. Es de esperar que quisieran conocer quién era este Jesús, quien por fin había devuelto la sensatez y la calma a este atribulado hombre a quien nada ni nadie habían podido dominar. Sin embargo, la Biblia dice que cuando le vieron sentado, vestido y en su cabal juicio, «[…] sintieron miedo» (Marcos 5:15). ¿Miedo? ¿Miedo ante el que traía libertad, orden, paz, inclusión? Es verdad que lo desconocido puede provocar miedo. Razón tiene el dicho «más vale malo conocido que bueno por conocer». El ser humano se resiste a los cambios aunque sean para bien.
Tristemente los habitantes de Gadara no fueron los únicos que sintieron miedo ante la presencia de Jesús. Es trágico que sus propios discípulos, los que estaban compartiendo su vida con él y habían visto sus milagros y conocían sus palabras, en diferentes ocasiones también sintieran miedo. En medio de una tormenta en el mar de Galilea, estando los discípulos de Jesús solos en la barca, «[…] al verle caminar (a Jesús) sobre las aguas, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar […] porque se asustaron […]» (Marcos 6:49, 50). Pero después de que Jesús se identificase y les dijera que no tuvieran miedo sino valor, «estaban deseosos de recibirlo en la barca […]» (Juan 6:21). El miedo ante lo desconocido fue cambiado por el anhelo de que aquel que había caminado sobre las aguas estuviera con ellos cerca, muy cerca, en el reducido espacio de una barca.
No fue esta la reacción de los vecinos de Gadara: «[…] comenzaron a rogarle (a Jesús) que se fuera de su comarca» (Marcos 5:17). El miedo los dominaba. Se sentían atrapados por una situación que se escapaba a su lógica: la restauración del endemoniado. Y decidieron, sin darle a Jesús la más mínima oportunidad, que se alejara, que se fuera de su región. Una vez más el único que podía restaurar no solo la vida del endemoniado sino la de todos sus vecinos, había sido rechazado, sin sospechar que al rechazarlo a él, a Jesús, estaban rechazando al único que podía liberarlos de sus propias prisiones y cadenas, de su pecado, de su culpa, de su vergüenza.
En otra ocasión dos hombres iban de regreso a Emaús, su pueblo. Se encontraron con un forastero que, aparentemente, no se había enterado de los últimos sucesos acontecidos en Jerusalén y de los que todo el mundo hablaba. Mientras caminaban le informaron «[…] de Jesús nazareno, un profeta poderoso en hechos y palabras delante de Dios […] le condenaron a muerte y le crucificaron» (Lucas 24:19-24). El enigmático forastero empezó a explicarles la necesidad de que ese Jesús del que ellos hablaban padeciera tal como estaba escrito de antemano en la ley y los profetas. «[…] Quédate con nosotros […]», fue la petición que le hicieron al llegar a la aldea. «[…] Quédate con nosotros. Ya es tarde y la noche se está echando encima […]» (Lucas 24:29). Estos dos hombres, que eran seguidores de Jesús antes de su crucifixión, no le habían reconocido, pero de seguro que se quedaron fascinados, prendados por sus palabras, deseosos de seguir escuchando sus explicaciones y sus argumentos, ya que reconocieron después que sus corazones ardían de emoción cuando les hablaba en el camino y les explicaba las Escrituras (Lucas 24:32). En absoluto se imaginaron que al pedir al peculiar forastero que se quedara con ellos disfrutarían del honor de tener al mismísimo Jesús resucitado sentado a su mesa. «En ese momento se les abrieron los ojos y le reconocieron […]» (Lucas 24:31).
Cuando toda la población de la región de Gadara le pidió a Jesús que se fuera, «[…] Jesús subió de nuevo a la barca y emprendió el regreso» (Lucas 8:37). Jesús no obliga a nadie a recibirle. Invita amorosamente, incluso insiste. Y lo hace de diferentes maneras. En esta ocasión lo hizo impidiendo que el hombre restaurado se uniera a él y a sus discípulos, para que así, quedándose en Gadara, pudiera contar a todos sus vecinos cuán grandes cosas había hecho el Señor con él y cómo había tenido misericordia de su vida (Marcos 5:19).
Diferentes personas, diferentes decisiones, diferentes resultados. No decidir o ser indiferente también es elegir. ¿Cuál es tu decisión?
Ven a mi vida, Jesús,
y cambia lo que tengas que cambiar.
Estoy en tus manos.
Cambia lo que tengas que cambiar,
porque sin ti,
la vida no es vida.
¡Ven a mi vida, Jesús!
Elisabeth Ramos Enrique
