Cuando nada llena: una esperanza que no defrauda

Carla tiene 28 años y trabaja en una agencia de publicidad. Le encanta el café con avena y escribir pensamientos en su diario. Aparentemente todo va bien, pero en silencio arrastra una inquietud persistente: “¿Y si hoy sí me siento amada?”

Lo intenta con su pareja, aunque a veces la relación se enfría y se queda con más preguntas que respuestas. Lo busca en redes sociales: publica una foto, revisa los “me gusta”, sonríe… pero por dentro todo sigue igual. Lo intenta también en el trabajo, esperando algún reconocimiento, alguna señal de que lo está haciendo bien. Pero ese “buen trabajo” no siempre llega, y cuando lo hace, no dura mucho.

Y ahí, como muchas veces nos pasa, llega el cansancio. No solo físico, sino del alma. Porque cuando ponemos nuestras expectativas en lo que otros nos pueden dar, inevitablemente nos frustramos.

Nos pasa cuando buscamos en lo horizontal lo que solo puede venir de lo vertical. Cuando esperamos que una persona, una circunstancia o un logro llenen un vacío que solo Dios puede ocupar.

La Biblia lo expresa de forma directa:
“Ciertamente vana es la ayuda del hombre.” (Salmo 60:11)
Y también:
“¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.” (Salmo 42:11)

No está mal desear afecto, aprobación o estabilidad. El problema es cuando esperamos que lo finito sostenga nuestro valor, nuestra alegría o nuestro sentido de vida. Lo creado nunca podrá llenar el anhelo por el Creador.

Carla empezó a notar ese patrón. Todo lo que conseguía era bueno, pero no suficiente. Un “te amo” no bastaba. Un elogio se sentía bien, pero desaparecía rápido. Una foto bonita no calmaba la inquietud. Había momentos de alivio, sí, pero no de sanidad. Y entonces comprendió algo profundo: si nada de este mundo logra saciar lo que su alma necesita, quizá su alma fue hecha para algo más.

Como escribió C.S. Lewis:
“Si encuentro en mí deseos que nada en este mundo puede satisfacer, la explicación más lógica es que fui hecho para otro mundo.”

Y la Palabra lo confirma:
“Pusiste eternidad en el corazón del hombre.” (Eclesiastés 3:11)

Dios no nos dice que dejemos de esperar. Nos dice que pongamos nuestra esperanza en el lugar correcto.

“Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.” (Romanos 5:5)
“Bendito el hombre que confía en el Señor, y cuya confianza es el Señor.” (Jeremías 17:7)

Cuando confiamos en Dios, no estamos lanzando una ilusión al viento. Estamos anclando nuestra vida en una promesa que no cambia. Jesús no vino solo a consolar; vino a sanar. No ofrece alivios temporales, sino plenitud duradera.

Carla no se convirtió en otra persona de la noche a la mañana. Pero dio un paso: comenzó a orar, a ser honesta con Dios, a contarle sus vacíos y a pedirle que fuera Él quien llenara primero. Poco a poco, lo que antes hacía para sentirse suficiente —trabajar, amar, publicar, buscar aprobación— comenzó a hacerlo desde otro lugar. Ya no lo hace para llenar un hueco, sino como fruto de la plenitud que encontró en Cristo.

¿Y tú? ¿Estás esperando que alguien te mire, te elija, te diga que vales?

Dios ya lo ha hecho.
“Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.” (Jeremías 31:3)
“No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.” (Isaías 43:1)

No pongas tus anhelos más profundos en manos humanas. Entrégalos a quien te creó y te ama sin condiciones.

Jesús no quiere solo ser parte de tu vida. Quiere ser tu esperanza, tu centro, tu fundamento.

¿Y tú? ¿Has puesto tu esperanza y confianza en Jesucristo como tu Salvador?
Solo en Él hay vida eterna.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3)

Miriam Ruiz García

Leave a Reply