¡Vaya! ¡Se fundió la bombilla de la nevera! Eso fue lo que pensé al guardar algo dentro de ella. Después de comprobar que sí estaba enchufada se me ocurrió accionar el interruptor de la luz, tras lo cual me di cuenta de que el problema no era la falta de luz en el frigorífico, sino su total ausencia en toda la casa. El cuadro de luces indicaba que todo estaba bien. ¿Qué estaría ocurriendo? Alguien en el vecindario me dijo que todo el pueblo estaba igual, sin luz. El problema iba a mayores. A los pocos minutos mi esposo llega a casa y me comunica que no hay luz en toda España. El cerco, en lugar de estrecharse, se había ampliado exponencialmente. Estábamos ante lo que ya ha pasado a nuestra más reciente historia como “el apagón”.

Sin saber lo que iba a durar tal situación por el recuerdo relativamente reciente de una larga pandemia, me percaté de cuánto dependemos de la energía eléctrica. Todo se paralizó de repente. Casi lo único que podíamos hacer era sentarnos al lado de una ventana y leer un buen libro a la luz del sol.

La Biblia nos habla mucho de la luz, de otra clase de luz. Después de crear Dios los cielos y la tierra, «[…] dijo Dios: Sea la luz. Y fue la luz» (Génesis 1:3). La luz, tan necesaria para reconocer y distinguir las cosas, para moverse sin dificultad y un largo etcétera, es definida por el diccionario como el “agente físico que hace visibles los objetos”. La luz es buena. El primero en decirlo fue Dios: «Y vio Dios que la luz era buena; […]» (Génesis 1:4). La luz fue el primer acto creador de Dios en ese proceso de poner orden y dar belleza a la gran obra comenzada en el principio, «[…] creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). El gran Artífice se reservó para el final de la creación su más precioso trabajo, lo que constituiría el broche de oro: el hombre, hecho a su imagen y semejanza. Todo había sido creado con excelencia, de forma inmejorable, con total belleza, ingenio, inteligencia, exactitud y propósito. Pero cuando Dios crea al hombre, sin excluir nada de lo anterior, hace una obra totalmente diferente. Esa creación tiene la imagen y el aliento de Dios. Este ser creado, Adán, sería un reflejo de Dios mismo en cuanto a su capacidad de dar amor, de comunicarse, de relacionarse, de ser creativo, de vivir con propósito, por cuanto Dios, a cuya imagen y semejanza había sido hecho, le amaba, se comunicaba con él, se relacionaba, creaba y todo cuanto hacía tenía una buena y perfecta finalidad. Terminado todo acto creativo reina completa armonía. Todo está en paz, todo refleja la bondad y el carácter bello de Dios. Y de forma especial, es evidente la relación de amistad entre Dios y el hombre y su esposa. Dios es Dios, y Adán y Eva son criaturas, y lo saben y se someten y gozan de la bondad de su Creador. Hay absoluta comunión. Todo está en orden.

Hasta que llega un momento en que aquellos que todo lo tienen dudan del perfecto Dador, quien solo les había pedido amor y obediencia: «[…]del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17). Y se rebelan. De modo que la desobediencia se abre camino y comienza una larga senda de oscuridad espiritual. La perfecta relación con un Dios bueno se rompe y se produce la separación, primer significado del término “muerte”. Y se emprende un camino solitario, lejos de la fuente de vida y de bendición, lejos de la fuente de luz, Dios. Allí mismo, tras su acto de desobediencia, Adán, así como el resto de la venidera humanidad, quedan separados de su Creador, «[…] como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12).

Pero, como no podía ser de otra manera, Dios no deja en oscuridad a su obra maestra. Podía haberlo hecho, pero esa no es la esencia de Dios. Su carácter es buscar y salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10). El amante Creador sale a buscar a la desobediente criatura, porque ahora el hombre, en lugar de dejarse encontrar, se esconde. Siente culpa. Siente vergüenza. Dios sigue amando a su criatura, ahora desorientada y temerosa de su futuro. Y aunque el momento es siniestro, desde ese mismo instante se encamina hacia una nueva luz. Hay una promesa de restauración y de salvación, de perdón y de bendición: alguien nacido de mujer vencería esta oscuridad porque él mismo sería la luz que la derrota, (Génesis 3:15). «En él (Jesús) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Juan 1:4, 5). Jesús es en persona la luz. Él es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen exacta de su sustancia, (Hebreos 1:3). Ver a Jesús y contemplar su gloriosa persona es ver a Dios. Jesús es la luz por cuanto nos muestra dónde estamos espiritualmente, perdidos, y nos enseña el camino para dejar de estar en esa triste y peligrosa situación de separación. Ese camino es él mismo. Jesús declaró «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12).

De la misma forma que Adán y Eva se rebelaron contra Dios, nosotros también lo hemos hecho. De la misma forma que ellos se escondieron y se excusaron, nosotros también lo hacemos al minimizar nuestro pecado o echarle la culpa a los demás. Igual que ellos, nosotros tampoco queremos asumir la responsabilidad. ¡Cómo nos parecemos! Pero Dios sigue actuando de la misma forma: igual que salió a buscar a Adán sale a buscarnos a nosotros hoy. Y nos ofrece la salvación y el perdón de todos nuestros pecados por medio del sacrificio de Jesús en la cruz sustituyendo a los pecadores. Solo pide que le creamos y descansemos en su promesa. Jesús es la luz verdadera que ilumina a toda persona. Él afirmó: «Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Juan 12:46).

Elisabeth Ramos

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