Enfrentándonos a agitaciones y trastornos

By 27/02/2017Reflexiones

En el año 410 AD la ciudad de Roma fue saqueada por los Godos. Roma en sí, debido a su inmoderada rienda suelta a sus deseos y bacanales ya estaba debilitada de una manera drástica; y su estructura basada en gran manera en la esclavitud, estaba desintegrándose, convirtiéndose en fácil victima para los invasores.

En la mente de los ciudadanos romanos, naturalmente el saqueo de Roma fue una catástrofe. Y a los cristianos también les parecía un desastre, especialmente cuando el Estado romano ahora habla reconocido al Cristianismo, y a ellos su nueva situación les parecía una fortaleza en contra el paganismo bárbaro.

Para mitigar tales temores y animar a los cristianos, Agustín de Hipona escribió el sublime y magnífico tratado “La Ciudad de Dios”. En dicho tratado muestra que la Iglesia de Jesucristo está por encima de las remontadas y caídas de los imperios del mundo. La providencia divina no está centrada en las fortunas de los reinos mundanales por muy benévolos que estos sean; sino en el drama de la historia de la Redención por medio de la fe en la obra de salvación de nuestro Señor Jesucristo.

La Iglesia y el Estado no son la misma cosa, sino que tienen diferentes destinos y funciones. Los bárbaros no eran monstruos, sino personas que necesitan ser convertidas a la fe de Jesucristo. En otras palabras, como Martín Lucero escribió: «Eran el remanente de la ciudad de Dios»

La tesis de Agustín de Hipona, continúa como una profunda consolación para los creyentes evangélicos de hoy, especialmente en comunidades enfrentándose a desviación de los establecidos valores cristianos como resultado del colapso moral, político y social del mundo en que vivimos.

El poder del argumento de Agustín de Hipona, ya se ve en el título de «La ciudad de Dios». ¿Cuál es esta ciudad? ¿Es el Cristianismo? ¿Es la unidad externa de todas las clases de «iglesias», o incluso las religiones, sin tener en cuenta sus creencias reales? Muchos piensan que este es el caso y trabajan laboriosamente en toda clase de proyectos religiosos esforzándose en unir las más absurdas, antagónicas e incompatibles «comunidades de fe».

Como creyentes evangélicos tenemos que afirmar que habrá un día glorioso de visible unidad llevada a cabo por la totalidad de la verdadera iglesia de Jesucristo. El Señor Jesús oró al Padre Celestial para que esto sucediera, y dijo: «Mas no ruego solamente por éstos (sus discípulos), sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros…» (Evangelio de Juan 17:20-21). Y esto sucederá, pero solo será cumplido con la Segunda Venida de Jesucristo a la tierra, cuando finalmente la iglesia rescatada será presentada al Salvador «… dispuesta como una esposa ataviada para su marido» (Apocalipsis 21:2).

Pero en el día de hoy hay pocos que creen que la iglesia real en la tierra es de hecho un estado de unidad. Es cierto que la iglesia pueda estar resquebrajada por cismas, angustiada y entristecida por herejías, pero aun así su unidad es más profunda que estas «llagas opresoras»; porque la iglesia está compuesta de todos aquellos que conocen al Señor Jesucristo como su Señor y Salvador.

La iglesia no es un grupo mixto de personas sinceras, que sencillamente se han unido a una causa; sino son todos aquellos que han «nacido de nuevo». El mismo Señor Jesucristo hablando a Nicodemo le dijo: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3); y además han sido bautizados por el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo. «Porque por un solo Espíritu (el Espíritu Santo) fuimos todos bautizados en un cuerpo…» nos dice el apóstol Pablo en 1ª Corintios 12:13.

Los miembros de este Cuerpo se han arrepentido de sus pecados y confiado en los méritos de Jesucristo muriendo en la cruz del Calvario para la remisión de los mismos. Ellos conocen en su corazón que son nacidos de Dios. «El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo… Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.» (la Juan 5:10-11).

Los cristianos evangélicos no confían en la regeneración bautismal o en sus buenas obras para la salvación. Tal vez en algún tiempo confiaron en cosas como estas, pero ahora Jesucristo es su única confianza. Más aún, aman a sus hermanos en Cristo y pertenecen a ellos como miembros de la misma familia espiritual. Su unidad espiritual puede ser dañada por el pecado, pero no puede ser destruida, ya que no depende de maniobras políticas o religiosas sino como nos dice el apóstol Pedro, de «…una fe igualmente preciosa… en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús… por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas…» (2ª Pedro 1:1; 2,4). Esto es lo que define a la Ciudad de Dios. Y esta ciudad nunca perecerá, ni será desarraigada de la mano de Dios. Es lo que nos dice el mismo Señor Jesucristo: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre» (Juan 10:27-29). Todo a pesar de lo loco e insensato que el mundo pueda ser.

Y esto es por lo que los creyentes hoy, como aquellos que vivieron hace más de dos mil años, pueden enfrentarse sin miedo, a trastornos y agitaciones personales o nacionales. Pero, pase lo que pase en nuestras comunidades o países, la ciudad de Dios permanece.

Marcos Román Chaparro