¿Te has parado a pensar alguna vez quién eres? Ya sé que es una pregunta un poco simple o no, pero si te paras a pensar, encontrar tu verdadera identidad puede resolver esta cuestión. La identidad forma parte de lo que somos y, por tanto, cómo vivimos el día a día. Podríamos decir que la identidad del ser humano es un valor intrínseco que se va forjando con el tiempo y que tiene que ver con lo que somos y con aquello que nos rodea.
Recuerdo la conversación de una mujer que estaba contando la experiencia de su hija menor. Resulta que cuando llegó la adolescencia empezó a vestir con los pantalones muy por debajo de la cintura y con el pelo peinado hacia arriba. Lejos de criticar esta clase de estilismo, la adolescente estaba claramente buscando su identidad, en este caso, formando parte de un grupo urbano que diera sentido a su vida. Como bien decía la madre en esta conversación, esto pasó con el tiempo y los pantalones, así como su pelo volvieron al sitio más adecuado.
En la actualidad, mucha gente busca constantemente su identidad en cosas pasajeras, como las modas de turno o experiencias que les hagan sentirse vivas. Es curioso cómo la sociedad va marcando el rumbo y diciendo no solo lo que tienes que hacer, sino lo que tienes que ser, cómo tienes que pensar o cómo tienes que actuar. ¿Es acaso la sociedad la que da forma a nuestra identidad?
La Biblia habla mucho de este tema. En primer lugar, la identidad del cristiano no tiene su origen en modas pasajeras ni en pensamientos que la sociedad pueda manipular. El origen de nuestra identidad está en Dios: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1Corintios 6: 20). Que nuestra identidad esté en Dios significa, entre otras cosas, que mi valor y propósitos existenciales tienen respuesta en la salvación que Cristo ganó para nosotros en la cruz. Por tanto, sé quién soy debido a que Dios me ha dado mi identidad en Él.
En segundo lugar, la identidad del cristiano está en constante transformación conforme a los propósitos de Dios: “…el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1: 6). Es decir, nuestra identidad no es estática, sino que es moldeada según la voluntad de Dios hasta el día que el Señor nos llame a su presencia.
Seguro que encontrar nuestra identidad es un proceso complicado, pero cuando entregas tu vida al Señor todo encaja y tiene sentido. Es importante entender que la vida no es un experimento, es una realidad que nos lleva a conocernos y saber cuáles son nuestros propósitos. Si quitamos a Dios de esta ecuación, estaremos buscando nuestra identidad en un sinsentido. Puede que las respuestas que buscamos nos satisfagan momentáneamente, pero estarán lejos de la verdad y la realidad por la cual hemos sido creados. Nuestra identidad está en Dios, quien nos salvó y nos dio un propósito de vida para su gloria.
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén”. (Romanos 11: 36).
José Valero Donado
