¿Qué aprendemos de la virgen María?

Evangelio de Lucas 1:26-38

La virgen María, la madre de Jesús halló gracia delante de Dios, pero no fue “inmaculada” como algunos suponen. María no nació por concepción milagrosa y sin pecado como estableció sin fundamento bíblico el Concilio Vaticano del año 1870. María a pesar de sus muchas virtudes y perfección moral, no podía dispensar o proporcionar esa gracia a otras personas; y como cualquier otro pecador arrepentido, necesitaba un Salvador, y por eso en su “Magníficat” en los versículos 46-47 María dijo: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”. Con estas palabras, María nos proporciona una estampa maravillosa de cómo debemos de responder a Dios cuando las buenas nuevas, noticias, de salvación se nos ofrece a nosotros.

La gracia mostrada: El ángel le dijo: “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios”(ver. 30). María era una joven normal que probablemente se había criado en Nazaret, donde su familia había arreglado para ella un matrimonio con un joven carpintero. Hasta entonces su vida había sido corriente y normal.

Nazaret era un lugar atrasado y monótono a unos 90 kilómetros al norte de Jerusalén en la región de Galilea. El área estaba poblada por inmigrantes, y de alguna manera menospreciada por los judíos “más puros” que vivían en Judea; por eso la repuesta de Natanael a Felipe en Juan 1:46 fue “¿de Nazaret puede salir algo de bueno?” Pero a pesar de esto, verdaderos judíos vivían allí, incluyendo esta joven pareja que ambos podían trazar su genealogía hasta mil años antes al más grande rey de Israel, David.

Dios había prometido a David un heredero que se sentaría en su trono eternamente, pero esto parecía una posibilidad distante, sobre todo ahora con la dominación romana en control. Pero esperanza de la promesa dada a David subsistía en el corazón de los fieles, apoyada por muchas promesas proféticas, que podían ser seguidas hasta el principio de los tiempos cuando Dios en el libro de Génesis 3:15dijo a la serpiente que tentó a Eva: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza y tú le herirás en el calcañar”. Parece ser que la esperanza era mantenida por esta joven pareja temerosa de Dios, pero poco se imaginaban que estaba tan cerca su cumplimiento, ni tampoco que estrechamente estarían ellos implicados. Y esto es lo interesante.

El funcionamiento de los planes de Dios es diferente a los métodos humanos. Nuestro Dios se mueve en misteriosos y soberanos caminos: Seleccionando un tiempo, un lugar, o una persona; totalmente poco corriente, incluso improbable al ojo o a la mente humana.

Así que … “cuando vino el cumplimiento del tiempo” (Gálatas 4:4), el ángel Gabriel fue enviado por Dios a Nazaret en Galilea a una humilde mujer llamada María. Su mensaje fue uno de inesperada gracia y favor de Dios hacia ella. “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre…” (Lucas 1:28-32).

Dios sigue siendo igual hoy día. Se acerca a nosotros en inesperados momentos y formas con palabras de gracia y de misericordia. Todas las veces que oímos de Jesucristo, el Salvador y su Evangelio de amor, paz y salvación, Dios nos muestra gracia e inmerecido favor. El mensaje se resume en: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

La gracia ofrecida: “… concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo”. El mensaje que María recibió fue único para ella. Por el poder del Espíritu Santo, concebiría y tendría un Hijo. Por medio de un milagro de gracia, el Hijo de Dios entraría en su vientre, y así entrar en el mundo. La particular gracia ofrecida a la virgen María no puede ser repetida, pero el principio de esa gracia se repite cada vez que el Evangelio viene a nosotros y el Dios de gracia nos invita a dejar nuestro orgullo pecaminoso, y recibir su don de perdón conciliador en Jesucristo. El Evangelio nos ofrece, por el poder del Espíritu Santo, la oportunidad de recibir al Hijo de Dios en nuestro corazón. La promesa que Jesús en Juan 14:23 es: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. Cada Navidad se nos recuerda que Dios se ha acercado a nosotros con la oferta de salvación en su Hijo Jesucristo, “Porque no envió Dios al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él” Palabras del mismo Señor Jesús en Juan 3:17. Ahora la gracia de Dios es ofrecida a nosotros.

La gracia recibida: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”. María gustosamente recibió en fe la oferta que Dios le hizo. Al hacerlo se convirtió en la madre del Salvador, y la esperanza nació al mundo. El humilde corazón de María por su fe en Dios, se llenó de gozo y expectación, y cuando ella exclamó: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Pues ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones”.

El niño en el pesebre, está allí porque él quiere que compartamos los beneficios de la Encarnación. Dios tomó forma humana y vivió con un corazón humano. Un corazón lleno con un amor tan grandioso que su impacto completo y su efecto total no sería conocido hasta su sacrificio supremo en el Calvario. Allí hubo tal amor, que el mismo Señor nos dice que nadie podría dar más: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13)

La virgen María figura como un ejemplo para todos los humanos de cómo responder cuando la gracia de Dios se nos ofrece. Creía en la Palabra de Dios que trajo gozo a ella y a otros. Como hemos visto, no titubeo en aceptarla, ni se preocupó con lo que la gente pensaría de ella especialmente en aquellos tiempos, ¡una mujer soltera y embarazada! Recibió y aceptó la promesa del Señor y dejó el resto a Dios. Nosotros también debemos huir de débiles excusas y recibir la gracia que Dios nos ofrece. El mensaje de Navidad sigue actual y positivo: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11). Dios muestra su gracia dándonos su Palabra inspirada por el Espíritu Santo, y nos ofrece esa gracia invitándonos a arrepentirnos del pecado y creer en Jesucristo. La cuestión es ¿recibiremos su gracia, como la recibió María? Depende personalmente de cada uno. Celebremos esta Navidad aceptando la salvación eterna que nos ofrece el Señor Jesucristo.

Marcos Román Chaparro

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