El gradual despliegue  de la misión de Jesús en la tierra, podríamos encontrarlo en muchos pasajes  de los Evangelios. Sin embargo, el  incidente registrado en el evangelio de Marcos 8:27-33 captura muchos de los puntos y características que sobre esto encontraríamos en esos pasajes.

Cuando leemos las narraciones e información de la revelación del Señor Jesús, de sus inminentes sufrimientos, su muerte y su resurrección, vemos con más claridad que sus discípulos estaban lejos de comprender la obra que Jesús había venido a realizar, y podemos incluso sentir su frustración ante las afirmaciones del Maestro, que aunque dichas con la intención de aclararles e iluminarles, de hecho, les dejaron desorientados y perplejos. Desde nuestro punto de vista de los hechos, con la evidencia de antemano de lo que sucedería, es fácil pensar que estos hombres eran más lentos de percepción de los que hubiésemos sido nosotros. Pero en las mismas circunstancias, ¿hubiese sido así?…

Observemos que los antecedentes por lo que el Señor reprendió a Pedro en el versículo 33 diciéndole “¡Quítate de delante de mí Satanás! Porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”, está basado en la confesión de Pedro “Tú eres el Cristo” del versículo 29. Pedro estaba totalmente en lo cierto, pero Jesús temiendo que sus amigos quisieran  coronarle como rey, o que sus enemigos actuasen para silenciarle antes de que el tiempo de los eventos se cumpliese, evitó cualquier aclamación como Mesías sobre él.

En lugar de esto, el énfasis que el Salvador hizo en respuesta a Pedro, y después repetidamente a sus discípulos fue la del Siervo Sufriente que nos refiere las palabras del profeta en Isaías 53:3-6 confirmadas por el Señor Jesús en el evangelio de Marcos 8:31-32: “Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitado después de tres días…Esto lo decía claramente…”. Los judíos por su parte, en su esperanza de un Mesías venidero, habían consistentemente ignorado este énfasis. Pero, sin embargo, no había pasado desapercibido para un individuo en particular, que fue  testigo oculto de sus palabras; Satanás  sugeriría un camino más fácil, y utilizaría a Pedro  como vemos en Mateo 16:22, que tal vez por su amor a Jesús o en su ignorancia de las Escrituras, para que insistiera a Jesús con el fin de seguir un camino que frustrara el propósito de Dios de redimir a los pecadores, diciéndole:“Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto de acontezca”.

No debemos de pensar que Pedro estaba poseído del diablo, sino más bien, que la fuente de todo error proviene del enemigo de nuestras almas, Satán. El problema es que las sugestiones de Satanás pueden parecer muy razonables, humanas y  solícitas, como en este caso con Pedro, que trataba de evitar el sufrimiento de Jesús, pero que en el fondo eran pensamientos erróneos puestos en él por Satanás,  dirigidos a prevenir y a deshacer la obra de Dios.

Como Jesús más tarde reveló a los dos discípulos en el camino a Emaús cuando les dijo: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?”, era una parte esencial de su misión. Su camino a su gloria solo podía ser el de un sufriente como portador de los pecados del mundo. Él y solo él pudo llevar esa terrible carga y así quitar de nosotros el aguijón de la muerte. Jesús añadió una advertencia sombría para aquellos que quieran seguirle, a quienes les dice que también deben de estar preparados para recibir parecido tratamiento. “Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame. Porque todo aquel que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Marcos 8:34-35). Sus discípulos entonces o ahora deben de considerar los riesgos de seguir a Jesucristo. Si el precio parece muy alto, reflexione en el coste de rechazar el amor, la paz y la salvación  que supone no aceptar a Jesús como su Salvador. Es la pérdida del alma que incluso ganando todo el mundo no compensaría por la perdición eterna.

Si de una manera vaga y con sentido indefinido, simplemente decimos que la muerte de Jesucristo fue para el bien de otros, no hacemos justicia a nuestro Señor, porque podríamos decir lo mismo de cualquier apóstol o mártir. Pero si el lenguaje significa algo, sus palabras solo pueden llevar el significado de que en dando su vida, Jesús vino a proporcionar la muerte que la justicia de Dios exigía, y así llevando el castigo sobre Él, librar a otros de la muerte que esa justicia demandaba. Esto lo confirma la Palabra de Dios, y esto es lo que podemos leer en la Epístola a los Hebreos 9:26-28 Jesús “…se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio al pecado. Y de la manera que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos”. Y el apóstol Pedro añade “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios…” (1ª Pedro 3:18)

“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Estos “muchos”, en 2ª Corintios 5:25 se transforma en “nosotros”, pues “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”; y por último se convierte en “en mí” en Gálatas 2:20 cuando Pablo dice: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo  en ; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mi. ¿Podemos decir nosotros eso? ¿Puedes decirlo tú?  Ojala que con su ayuda así sea.

Marcos Román Chaparro

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